Diario de viaje: crónicas de un yorugua en Uzbekistán (IV) | Alain Mizrahi

Todos los viajes son únicos. Son vivenciales y cada uno vive y revive esas experiencias en cada momento. Algunas personas, ordenadas y pacientes, suelen describir esas experiencias en cuidados diarios de viaje. Es lo que hizo el amigo Alain Mizrahi, durante un particular viaje a Uzbkistán, una tierra lejana, para un yourugua, como él se denomina. Generosamente comparte ese viaje en Delicatessen.uy en esta y varias entregas.

Día 6

¡Assalam Aleikum, amigos! A eso me contestás “Aleikum salam” y ambos nos llevamos la mano al corazón. Me encanta ese gesto de los uzbecos.

Anoche habíamos decidido que hoy seguiríamos la visita de Bujará con la pareja de veteranos suizos boludos, porque ellos tenían un mejor guía que nosotros – Sujrob, el dueño de la agencia. Así que muy interesadamente nos hicimos amigos de ellos y acordamos hacer la visita con los dos guías, el suyo y el nuestro. Pero esta mañana en el desayuno apareció un tercer guía que nos explicó que Sujrob tuvo que ir a un entierro y no iba a poder hacer el recorrido con nosotros así que lo había mandado a él. Al principio nos pareció muy simpático y que sabía mucho así que aceptamos, demostrando sabiduría, tolerancia y ausencia de prejuicios. Pero al entrar a la fortaleza de Ark se nos fueron esfumando todos esos sentimientos positivos. El flaco no paraba de hablar, en un tono estridente y monocorde, y en sus explicaciones mezclaba información relevante con una cantidad de datos anecdóticos sin importancia alguna. Lionel y yo venimos de la misma “escuela” francesa: andá al grano, no te pierdas en detalles inútiles, no payes, ¡¡sintetizá, flaco!! ¡Me importan un pito la historia de los dinosaurios del desierto de Izil Krum y el museo de bichos embalsamados y escorpiones en formol! Además el tipo iba para atrás y para adelante en el tiempo cuando nos daba explicaciones históricas y ya es bastante difícil entender la diferencia entre las dinastía Cheibánida, la Timúrida y la Samánida sin que me la compliques saltando de una a otra sin transición. Por suerte hace 27 años que viajo con Lionel y con un par de muecas nos hicimos entender uno al otro que el flaco nos tenía los que te jedi como dos huevos de brontosaurio al plato. Así que agarramos a Pulat – nuestro guía desde el inicio –, le explicamos la situación muy claramente diciéndole que preferíamos seguir solo con él y nos rajamos.

La fortaleza de Ark es uno de los pocos monumentos que quedan anteriores al siglo XV. Bueno, en realidad solo se puede visitar un 20% de lo que era, pues el resto fue bombardeado por los bolcheviques en su avance luego de la revolución de octubre. Se ve aun la inmensa montaña de escombros, esperando que algún día se consigan los fondos para que los arqueólogos intenten reconstruir algo más. Una pena.

Visitamos luego los dos únicos monumentos que quedan anteriores a la invasión de los mongoles de Gengis Khan: el primero es un mausoleo, ya que los mongoles destruían, saqueaban, quemaban y mataban … pero no se metían con los muertos y menos si se trataba de algún profeta. El muerto de este mausoleo y cuya tumba está a la vista, cubierta con un simple manto bordado, era un tal Ayyub, mencionado en el Corán… y en la Biblia con el nombre de Job. Tuve que recurrir a Wikipedia para convencerme de que nuestro guía no me estaba tomando el pelo.

El segundo monumento, muy imponente, que sobrevivió a los mongoles e increíblemente a los bombardeos bolcheviques, es un minarete de 45 metros de altura. Tiene 1100 años, sí, mil cien años, y sigue tan campante y derechito cuando la torre de Pisa se está cayendo.

Almorzamos en un simpático boliche con ambiente muy familiar. En todos los lugares de comida tenés dos formas de sentarte: hay mesas comunes como en cualquier lado, o tenés la opción de unas tarimas con almohadones y alfombras en las que colocan una mesita muy baja. Te sacás los zapatos, te subís a la tarima, y te sentás como podés para comer en la mesita. Un poco incómodo al principio pero después que te acostumbraste a comer reclinado sobre los almohadones no querés volver a comer de otra forma. En realidad no es muy diferente de mi casa… lo cual confirma una vez más que tengo ancestros beduinos por algún lado. Y hablando de comida, y para quienes de ustedes que se preocupan por saber qué pasó con la diarrea que tenía anoche, les cuento que esta mañana me tomé unos comprimidos milagrosos que traía Lionel en su botiquín ambulante, que tuvieron al menos el mérito de espaciar mis deposiciones de una cada tres horas a una cada doce, así como transformar su color del verde caqui al amarillo, lo cual en realidad no sé si es bueno o malo. Esta fue la nota escatológica del día.

A las siete de la tarde nos instalamos en el inmenso patio de una antigua “madrasa” (escuela coránica) transformada en restaurante con chóu para turistas. El chóu consistía en danzas tradicionales uzbecas que alternaban con… ¡un desfile de modas! Las danzas tradicionales constaban de una banda de unos diez instrumentos de cuerdas y percusiones con un cantante, y cinco mujeres que bailaban, cada tema con un vestido diferente. Mucho menos erótico que las danzas árabes por cierto, acá los movimientos no son de caderas sino con los hombros y la cabeza, y por supuesto con las manos. La música es muy muy muy turca. Eso sí, no me pidas que distinga más que eso, a mí todas las danzas me parecieron iguales mientras que Pulat me explicaba cuál era de la región de Khorezm, cuál del valle de Ferghana, y cuál era de Bujará. Supongo que si ellos vienen al Río de la Plata y les mostramos una chacarera, un malambo y un chamamé les va a parecer todo igual también, ¿no?

El desfile de modas fue surrealista. Las modelos iban desde una rusa tan banca y rubia como puede ser una rusa, hasta una morocha te diría que casi india (india de la India, no india guaraní, no seas brut@). Era el fiel reflejo de la mezcla de etnias que hay en Uzbekistán. Y los vestidos eran muy para uso local, veo difícilmente a una occidental ponerse alguna de las pilchas que desfilaron. Aunque vi a varias europeas veteranas y gorditas ir a probarse algunas inmediatamente después del desfile.

Mañana parece que nos llevan a un balneario sobre un lago, a 60 km de acá. Estoy ansioso por saber a qué se parece un balneario en un país doblemente enclavado. ¿Sabías que Uzbekistán es el único país del mundo doblemente enclavado, o sea que hay que cruzar dos fronteras para poder llegar al mar? Bueno, ahora sí lo sabés.

Día 7

Arrancamos tempranito para la playa. Sí sí, no te estoy jodiendo, estamos a miles de kilómetros del mar más cercano pero nos fuimos a la playa. El mar de Aral ya casi no existe (ver algún capítulo anterior de esta crónica), para llegar al Caspio hay que cruzar Kazajistán o Turkmenistán, y para llegar al Indico tenés que animarte a cruzar Afganistán e Irán o Pakistán y que no te secuestre algún talibán. O sea: estás enclavado en el centro del universo. Pero, como te decía, agarramos el short de playa, el gorrito con visera, protector solar, toalla y picnic y nos fuimos a un lago. Se trata de un lago artificial formado con agua del río Amú Daryá y que usan como reserva de agua dulce para el riego en caso de sequías prolongadas. Y a unos 60 km de Bujará, sobre ese lago, hay… ¡una playa! Bueno, es un decir. La arena es gris, mezclada con cantos rodados que te destrozan los pies, hay bastante mugre – tapitas de botellas de plástico, puchos, papeles de caramelos, piel de fruta reseca, etc. -, y como el sol raja las piedras pusieron largos techitos de chapa sobre puntales de madera para hacer sombra. Y debajo de esos techitos hay reposeras hechas con caños de hierro y tablones de madera. Para levantar una necesitás tres fisicoculturistas mongoles entrenados pero se logra. El ambiente es muy familiar y te diría comunitario ya que las reposeras están tan cerca una de otra que convivís con tus vecinos de reposera.

Acá no hay turistas extranjeros, son todos uzbecos. ¡Y qué apetito tienen! Traen picnics que son verdaderas orgías de comida y bebida. Sujrob había llevado un pollo entero ya cortado, un tupper lleno de arroz, pan para un sitio de cinco días, un melón del tamaño de una sandía, un botellón de cinco litros de agua, platos, vasos (¡de vidrio!), salsa de tomate, sal, cubiertos, no faltaba nada. Todo eso para cinco personas (y sí, los veteranos suizos boludos eran de la partida).

Lo más increíble de ese enorme lago es que habían olas, y no de las más pequeñas. Supongo que el calor era tal que generaba esa fuerte corriente de aire desde el agua hacia la tierra, dale, revisá tus apuntes de física de 4º año de liceo: la tierra se calienta más rápido que el agua, por lo tanto el aire caliente sube del lado de la tierra, genera vacío, y entonces el aire que está sobre el agua se mete en el vacío porque a la naturaleza no lo gusta el vacío ¿viste? Así se provoca el viento, igual que la virazón en Punta del Este después del mediodía. ¡Tomá! Me di el lujo de nadar unos cientos de metros con lentes de natación y todo, ¿qué tal?

A la vuelta paramos aun por un par de lugares históricos, entre ellos el palacio de verano del último Khan de Bujará, derrocado por los bolcheviques y muerto en exilio en Afganistán. Lo más interesante del palacio, de estilo muy San Petersburgo – el Khan era un vasallo del zar -, es una inmensa piscina en la que el tipo hacía jugar a sus cuarenta concubinas mientras comía tranquilamente una manzana. Tiraba la manzana a la piscina y la concubina que llegara primero a la manzana tendría el honor de pasar la noche con él. Según Sujrob la competencia por la manzana era feroz. Lionel miró mi cara pensativa, adivinó mis pensamientos admirativos hacia el Khan, y me dijo “si vos fueras el Khan te dirían que prefieren las ciruelas a las manzanas”. Esos son mis amigos…

La otra anécdota suculenta del Khan es que se había enamorado de una francesa de San Petersburgo y se la quería llevar a Bujará, pero no podía declararla como su esposa porque no era musulmana, así que la declaró como su … ¡enfermera! Preparó una habitación para ella en el palacio de verano, toda decorada en oro, pero en eso llegó la primera guerra mundial y luego la revolución de octubre y la esposa, digo la enfermera, nunca pintó.

De regreso a Bujará quise visitar el cementerio judío y allá me llevó Sujrov, que increíblemente nunca había entrado a pesar de ser guía de turismo y oriundo de esa ciudad. Ahí le hice yo de guía y Sujrov no podía creer lo parecidos que son los rituales de entierro judío y musulmán. Me tradujo una cantidad de lápidas, todas escritas en tadyiko y caracteres cirílicos, y en hebreo. Muchas tienen la foto de la persona como estampada en el mármol, y no eran pocos los fallecidos en el frente ruso de la segunda guerra mundial en cuya foto estaban con el uniforme del ejército rojo. La parte más antigua del cementerio tenía tumbas mucho más sencillas, sin lápida vertical y con inscripciones totalmente borradas por el tiempo. Y mientras sacaba fotos seguía pensando en el fenómeno del Khan. Cuarenta concubinas peleando por una manzana en una piscina, ¡qué maestro!

De regreso al hotel fuimos a negociar nuestras alfombras a un local llamado La Caverna de Alí Babá, nombre que ya anunciaba que el regateo iba a ser duro. Efectivamente lo fue pero nos fuimos contentos con nuestras compras. Me llevé una alfombrita para poner al pie de mi cama y un “suzani”, tela de algodón bordada con hilos de seda multicolores para poner en la pared.

De noche Sujrob nos había invitado a cenar a su casa, en las afueras de Bujará. Allí estaban su hermano menor Pulat – nuestro otro guía -, su esposa, sus pequeñas hijas, su padre y su madre. Su padre, apenas mayor que nosotros, es el catedrático de francés en la universidad de Bujará. Cenamos opíparamente, incluyendo vodka uzbeco, vino, y el plato nacional de la región autónoma de Karakalpakstán (no, no es un trabalenguas), la provincia más grande, más al oeste, más remota y más despoblada de Uzbekistán pero que tiene un estatus de república autónoma y aun no entendí muy bien por qué, es otro más de los kilombos étnicos de esta región del globo. El plato en cuestión tenía como unos raviolones muy finitos con una salsa en la que lo único que pude reconocer era choclo y carne picada. Muy sabroso por cierto.

Qué fenómeno el Khan de Bujará tirando la manzana, un tipo refinado sin duda alguna…

 

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Alain Mizrahi Director de Grupo RADAR desde la creación de la empresa en 1997. Trabaja en el área de la investigación de mercados desde 1989. Egresado de la EM LYON School of Business (Lyon, Francia), y posgrado (Diplôme d’Etudes Supérieures Spécialisées, DESS) en Economía del Desarrollo Rural de la Université de la Méditerrannée (Marseille, Francia). Ex catedrático asociado de marketing en la Universidad ORT Uruguay y docente de investigación de mercados y de marketing estratégico. Presidente de CEISMU (Cámara de Empresas de Investigación Social y de Mercado del Uruguay). Representante de ESOMAR-World Research en Uruguay desde 2002.