Para Inma y Miguel,
los mejores amigos y los mejores anfitriones
Desde hace algunos años, cuando pienso en detener un poco el ritmo y volver a encontrarme con una España humana y serena, elijo ir a Zafra, en Extremadura. No es casualidad. Hay lugares que generan afecto verdadero. Y Zafra tiene esa virtud. Una cosa es leer sobre un lugar y otra muy distinta caminarlo. Porque Zafra se descubre andando despacio.
La primera vez que me quedé allí, fue en un apartamento de una construcción muy antigua -seguramente siglo XVIII- pero hermosamente cuidado, en el corazón del casco antiguo, sobre la Plaza Chica. A unos pocos pasos, la Plaza Grande. Desde el minuto uno entendí que el pueblo tenía algo especial. Las galerías, los balcones, las mesas de los cafés, el movimiento tranquilo de la gente, todo parecía conservar una armonía difícil de encontrar en otros sitios. Hay pueblos hermosos que se vuelven decorado. Zafra, en cambio, sigue siendo vida cotidiana.
Está el paseo inevitable por la calle Sevilla, quizás una de las callecitas más movidas que conserva la elegancia, pese a que, dicen, ha vivido tiempos mejores. Allí conviven pequeños comercios, edificios históricos y esa sensación de escala humana que tantas ciudades han perdido. Caminar por Zafra es entender que todavía existen lugares donde no todo está dominado por la velocidad ni por las franquicias.
Cada regreso puede incluir la visita al imponente Parador de Zafra, instalado en el antiguo Alcázar de los Duques de Feria. Hay algo profundamente emocionante en entrar a ese edificio y pensar en la cantidad de siglos que sobreviven en sus muros. El patio interior, la piedra, las torres, el silencio elegante de sus pasillos… uno siente que la historia no está encerrada detrás de vitrinas: sigue respirando allí.
A pocos pasos aparece otro sitio histórico, la Iglesia de la Candelaria. Tal vez no tenga la fama de otras grandes catedrales españolas, pero posee una belleza íntima, serena, profundamente ligada al espíritu de Extremadura.

Y después está el mercado, las pequeñas tiendas, las confiterías tradicionales, los bares donde todavía sirven jamón de la tierra con orgullo auténtico. Porque en Extremadura la gastronomía forma parte de la identidad cultural. No es solamente comer bien; es una manera de relacionarse con el tiempo y con los demás.
Cada mañana camino, a veces tomo hacia el recinto ferial, pensando en la enorme tradición ganadera de la ciudad y en esa histórica feria internacional que convirtió a Zafra en un punto clave del sur español, del que tanto me hablan, pero que no he coincidido en fecha. Allí uno comprende que el pueblo no vive únicamente de la nostalgia o del patrimonio. Hay actividad, movimiento, historia productiva, raíces verdaderas.
También disfruto perderme por calles menos conocidas, lejos del centro más fotografiado. Aunque pase cinco veces por la misma esquina en cada recorrido. Porque el pueblo se cruza fácilmente. Y porque Zafra tiene algo muy valioso: incluso sus rincones silenciosos conservan personalidad. Las fachadas encaladas, las ventanas con macetas llenas de flores, las puertas antiguas, los pequeños patios escondidos… todo parece contar historias.
En tiempos donde muchas ciudades españolas parecen competir por atraer turistas a cualquier precio, Zafra conserva identidad. No necesita disfrazarse. No intenta parecer otra cosa. Sigue siendo profundamente extremeña, profundamente suya.
Me ocurre algo curioso allí: bajo las revoluciones. Camino distinto. Miro distinto.
En Zafra hice mis primeras dos muestras de caricaturas, hace un par de años, y eso marcó un camino que no se ha detenido. Por eso, también, es un lugar muy especial en lo personal. Y por si fuera poco, haco unos días, se presentó allí mi libro de cuentos editado en España, Cambio de hora (Velasco Ediciones) y fue una inolvidable velada. Fantástica, en la que mi querida Inma Rodríguez hizo una presentación que llevaré conmigo siempre. Y lo compartió con un público entusiasta y curioso.
Cuando uno encuentra un sitio donde todavía es posible sentirse parte, aunque haya nacido lejos, entiende que ya no está viajando solamente por turismo. Está siempre volviendo, dijera Pichucho.
