Diario de viaje: crónica de un yorugua en Uzbekistán (I) | Alain Mizrahi

Todos los viajes son únicos. Son vivenciales y cada uno vive y revive esas experiencias en cada momento. Algunas personas, ordenadas y pacientes, suelen describir esas experiencias en cuidados diarios de viaje. Es lo que hizo el amigo Alain Mizrahi, durante un particular viaje a Uzbkistán, una tierra lejana, para un yourugua, como él se denomina. Generosamente comparte ese viaje en Delicatessen.uy en esta y varias entregas.

Día 1

Aterrizamos en Tashkent a las 03:30 en un vuelo de Aeroflot que venía de París vía Moscú, y puedo decir que fue un aterrizaje tanto en sentido propio como en figurado: gran caos en la fila de la oficina de migraciones, bah, 47 filas para tres ventanillas y todo el mundo agolpado como si fueran a sacar entradas para un clásico. Una vez pasada la ventanilla de migraciones tenés que llenar un formulario escrito en alfabeto cirílico que podría haber sido en chino cantonés o mandarín y daba lo mismo. Increíblemente conseguimos uno en inglés y pudimos completarlo. Ah, era en dos ejemplares pero nadie te lo dice. Al flaco de la aduana le digo «Hello» y al ver mi pasaporte francés me contesta «Bonjour Monsieur» con una sonrisa. Me siento estúpido, ¿cómo pude imaginar que los gringos les resultarían más simpáticos que los franceses? Craso error! Primer aprendizaje: los uzbecos aman Francia.

A la salida del aeropuerto nos esperaba nuestro guía Pulat, francófono, muy joven, estudiante de lenguas en la universidad, y muy simpático por cierto. Nos llevó en taxi por las calles desiertas de Tashkent mientras ya iba saliendo el sol (¡a las 4 de la mañana!). El taxi era digno de un museo del automóvil pero limpio.

El Uzbekistan Hotel es muy correcto, quizás algo avejentado y con reminiscencias de algún pasado más ostentoso durante la era soviética. La ficha de registro es una hoja de papel berreta fotocopiada.

Nos instalamos en la habitación a descansar apenas un ratito ya que sobre las 9 ya nos venían a buscar para recorrer Tashkent.

Lionel se acaba de bañar y se pasea en pelotas por la habitación, la verdad es que la situación es muy poco sexy. Veremos qué nos depara la convivencia. Por ahora viene bien, nos reunimos anoche en el aeropuerto de Moscú – él llegaba de Zurich y yo de París – y nos tomamos varias cervezas para hacer el viaje más soportable.

Día 2

Uzbekistán es uno de los cinco países de Asia Central junto con Kazajistan, Tadyikistán, Turkmenistán y Kirguistán. Para ustedes que creen que es todo lo mismo, les cuento que efectivamente tienen cosas en común, que no son pocas:

1) Todos salvo Tadyikistán están poblados por etnias de origen turco. Sus lenguas son de origen turco, y también sus costumbres. No es que de la actual Turquía se hayan expandido hacia el este sino al revés: son los turcos de Turquía los que llegaron desde las estepas de Mongolia y Asia Central hace muchos siglos, y se fueron quedando por ahí en el camino antes de cruzar el mar Caspio e instalarse también en la actual Azerbaiyán y finalmente más al oeste en Turquía.

2) Todos fueron repúblicas soviéticas luego de que los zares rusos invadieron esta zona (antiguamente llamada «Turkestán», desde el mar Caspio hasta China) a mediados del siglo XIX y quedaron bajo el régimen comunista después de la revolución de 1917.

3) Las fronteras de estos cinco países son totalmente artificiales y fueron diseñadas por Stalin en los años 20. No tienen que ver ni con etnias ni con lenguas ni con nada. O sea que hay Uzbecos en Tadyikistan, Kazajos en Uzbekistán, y así sucesivamente. Se calcula que en Uzbekistán conviven más de 100 naciones. Además, estas repúblicas fueron una especia de «basural» de Stalin, donde deportó sucesivamente a todos los que no le caían en gracia: alemanes de la zona del Volga (instalados allí desde Catalina de Rusia), disidentes rusos, coreanos de extremo oriente, etc. etc.

La debacle de la URSS hizo que estos cinco países emergieran como independientes, a veces a pesar de ellos mismos ya que no estaban preparados para serlo ni lo habían pedido. Y quienes eran los capos de los Partidos Comunistas locales hicieron lo necesario para simplemente cambiarle el nombre al partido, darle un barniz democrático y hacerse elegir presidentes … de por vida, o casi. Todos son regímenes autoritarios, nepotistas y muy policíacos por cierto.

Esta mezcla de poblaciones de diferentes orígenes, sumada a que históricamente Uzbekistán estuvo en la encrucijada de los caminos entre Oriente y Occidente – la Ruta de la Seda es un ejemplo – y también entre el imperio ruso al norte y el inglés al sur – India y Pakistán – hace que en Tashkent se vean todos los tipos de población imaginables: rubios de ojos azules, morochos con rasgos mongoles, turcos, y todas las combinaciones posibles. Y si bien es un país de mayoría musulmana, no es un estado islámico sino laico, y la religión no está omnipresente como en otros países. Se ven mujeres tapadas de la cabeza a los pies pero pocas, otras con el «hijab» tradicional, y otras vestidas a la europea con jeans, camisetas sin mangas y maquillaje. Un poco como lo que recuerdo de Turquía.

Tashkent no es una ciudad muy agraciada. Mantiene importantes secuelas de la «arquitectura» soviética, con grandes avenidas, grandes edificios, monumentos imponentes… pero todo de bastante mal gusto. Como ya mencioné, nuestro hotel es un claro ejemplo de estas reminiscencias de la era soviética. Edificio imponente, anuncia cuatro estrellas pero tener agua caliente para bañarse es algo bastante aleatorio. Hasta el momento, de dos duchas una fue con agua helada y la otra con agua tibia. Pero el hotel tiene wifi en las habitaciones, un sauna que no me animé a ir a ver, y algo que llaman «gym» que preferí no conocer. El desayuno fue copioso y muy turco: pepinos crudos, yogures y quesos frescos, y aceitunas, además de los alimentos occidentales.

Visitamos un mercado muy pintoresco, con un sector de frutas (duraznos, peras, moras, uvas), otro de especias, y otro de frutas secas. Todo el mundo es super amable y hospitalario, pero no con esa onda de querer venderte algo a toda costa sino más por curiosidad por conocerte. Te dicen «amigo», «huésped», «invitado», te regalan frutas para que las pruebes, y cuando lográs explicarles que venís de Uruguay te dicen «Suárez» y te muestran el 9 con los dedos. Ojalá no los invada el turismo y sigan teniendo esa cosa casi ingenua hacia el visitante extranjero.

También recorrimos dos escuelas coránicas, una de ellas en medio de un verdadero complejo religioso con mezquita, mausoleo de sabios y profetas, y un Corán escrito en piel de gacela del siglo VII, absolutamente alucinante. Por suerte es época del Ramadán mezclado con vacaciones, así que hay muy poca gente en las calles. Eso sí, un calor sofocante aunque seco así que bastante soportable: 36 grados hoy a las 2 de la tarde.

Mañana de mañana saldremos en avión para la zona occidental del país, casi sobre la frontera con Turkmenistán (mirá en el mapa, no seas boludo), a una ciudad llamada Urgench pero en realidad es para visitar Khiva, muy cerquita de ahí, una de las ciudades más antiguas del mundo. Veremos si los aviones de Uzbekistan Airways despegan realmente o son de utilería. Me voy a dormir ya que el despertador va a sonar a las 4:30.

 

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Alain Mizrahi Director de Grupo RADAR desde la creación de la empresa en 1997. Trabaja en el área de la investigación de mercados desde 1989. Egresado de la EM LYON School of Business (Lyon, Francia), y posgrado (Diplôme d’Etudes Supérieures Spécialisées, DESS) en Economía del Desarrollo Rural de la Université de la Méditerrannée (Marseille, Francia). Ex catedrático asociado de marketing en la Universidad ORT Uruguay y docente de investigación de mercados y de marketing estratégico. Presidente de CEISMU (Cámara de Empresas de Investigación Social y de Mercado del Uruguay). Representante de ESOMAR-World Research en Uruguay desde 2002.