
No conocía a Gustavo “Pacho” Martínez (1950-2025). Pero sí, conocía a Gustavo “Pacho” Martínez. Durante cuarenta años escuché su voz en el disco de MonTRESvideo, el grupo formado a instancias de Fernando Cabrera (1956), junto a Daniel Magnone (1949-2022). Cuarenta años es mucho tiempo. Es casi una vida. En ese tiempo uno cambia, envejece, descubre músicas, abandona algunas certezas, se entusiasma con otras. Pero hay canciones que permanecen. Y hay voces que se convierten en una forma de compañía. La de Pacho fue una de ellas.
No puedo decir que lo conociera, de hecho lo vi una sola vez en mi vida. No compartimos ni conversaciones, ni mesas de café, mucho menos historias de amistad. Sin embargo, siento que lo conocí durante décadas. Porque la música tiene esa extraordinaria capacidad de crear intimidades entre desconocidos. Una voz puede acompañarnos en momentos que su dueño jamás imaginará. Puede ayudarnos a entender una emoción, a descubrir una belleza, a detenernos en un detalle que de otro modo habría pasado inadvertido.
Con aquella voz, tan bien rodeada por sus dos cofrades, y con aquella música, fui aprendiendo también a cultivar mi sensibilidad. A escuchar de otra manera. A descubrir una forma de mirar el mundo. Los artistas enseñan cosas sin proponérselo.

Por eso, cuando el año pasado tuve la oportunidad de entrevistarlo en Sábado Sarandí, pedí especialmente conocerlo. No quería dejar pasar la ocasión. Había algo pendiente, aunque él no tuviera la menor idea. Era una deuda de gratitud que llevaba cuatro décadas esperando su momento.
Lo vi por primera y única vez el 18 de octubre de 2025. Recuerdo especialmente lo que necesitaba decirle. Antes que cualquier pregunta, antes que cualquier consideración sobre su trayectoria, y el motivo de la entrevista, quería agradecerle. Agradecerle por haberme acompañado durante tanto tiempo. Por aquella voz que había entrado en mi vida cuando yo era un adolescente y que, sin embargo, había seguido allí, atravesando los años. Se lo dije.
No sé si llegó a comprender del todo lo que significaba para mí aquel agradecimiento. Probablemente los músicos no siempre sean conscientes de la dimensión que adquieren sus canciones en la vida de los demás. Una grabación puede durar unos pocos minutos, pero su eco puede prolongarse durante décadas.
Una semana después de aquel sábado 18, el 25 de octubre, cantó con La Folclórica. Y pocas horas después murió.
Desde entonces pienso en lo extraordinario de aquel encuentro. Durante cuarenta años su voz había estado cerca de mí, pero él había sido una presencia lejana, casi abstracta, habitante de un disco y de mis recuerdos. Y cuando finalmente pude decírcelo el tiempo decidió que no habría otra oportunidad. ¡Pucha! A veces la vida tiene estas formas extrañas de organizar sus despedidas. Nos permite llegar justo a tiempo para decir gracias, aunque no sepamos que estamos diciendo adiós.
Hoy, un año después, La Folclórica lo recuerda y homenajea con una canción de Fernando Cabrera.
Me conmueve pensar en ese homenaje. Porque Pacho era uno más de ese grupo, pero también, me he enterado, que era uno de sus integrantes más queridos, de los que impulsaban, entusiasmaban y ayudaban a que las cosas sucedieran. Las personas muchas veces se miden por lo que hacen, pero también lo que despiertan en los demás. Por su capacidad de reunir, de contagiar entusiasmo, de sostener proyectos colectivos. La Folclórica ha elegido recordarlo de la mejor manera posible: haciendo música. Devolviéndole, en forma de canción, algo de todo lo que él entregó.
Pienso entonces en ese extraño recorrido de las voces. La de Pacho salió alguna vez de un estudio de grabación, quedó guardada en el disco de MonTRESvideo, hace más de cuarenta años y llegó hasta un adolescente que, desde San José, durante cuarenta años, la hizo parte de su propia historia. Ese oyente finalmente pudo conocer al hombre detrás de la voz, estrechar su mano y agradecerle al aire. Y ahora, cuando ese hombre ya no está, otros músicos vuelven a convocarlo a través de una canción.
Por suerte la música es una conversación que nunca termina. De voces que responden a través del tiempo. De artistas que siguen acompañándonos. Y ahora comprendo que, de alguna manera, voy a seguir escuchándolo durante el resto de mi vida.
