
Murió Antonio Pippo Pedragosa (1943-2026). Era periodista. En realidad, era EL periodista de la familia. Primo hermano de mi padre, hijo de Estelita, antigua locutora de la 41, la radio de San José, pertenecía a esa generación de periodistas que aprendió el oficio cuando todavía había que salir a buscar las noticias, preguntar, escuchar, desconfiar un poco -o mucho, cómo él lo hacía- y volver a preguntar. Una generación para la que escribir no era llenar espacios, sino asumir una responsabilidad. Pippo fue un periodista de los de antes. Riguroso, informado, apasionado y, también, con pocas pulgas.
Lo de las pocas pulgas no es una crítica. O capaz que si. Bepi no era de los que se quedaban callados para quedar bien. Tenía opiniones y las defendía. Eso le hizo perder más amigos que encontrarlos. Podía ser duro, irónico y provocador. No le interesaba demasiado la corrección política, ni esa costumbre tan extendida de decir lo que conviene. Prefería decir lo que pensaba, cueste lo que cueste.
Tuvo una larguísima trayectoria en el periodismo uruguayo. Pasó por diarios, semanarios, todos los informativos de televisión, y distintos medios, y fue también docente y escritor. Trabajó, entre otros, en El Día, El Diario, La Mañana, Ahora, El Observador y Búsqueda. También escribió libros y dedicó buena parte de su trabajo a una de sus grandes pasiones: el tango. En realidad creo que en el fondo esa era su verdadera vocación, la del recuerdo, la de la bohemia, la de la cultura popular. Un hombre con un solo dios: Osvaldo Pugliese. Llegué a alentarlo a hacer un proyecto de programa en Sarandí, una experiencia tan efímera como disfrutable: Bien polenta.
Pero los antecedentes profesionales, las publicaciones y los cargos cuentan solamente una parte de una persona. La otra está en las charlas. Y con Bepi se podía hablar durante horas. Ahí aparecía otro, el de la conversación larga, el recuerdo preciso, la anécdota inesperada, la referencia cultural, la discusión que podía empezar en el periodismo y terminar vaya uno a saber dónde. Seguramente en González Tuñón o su entrañable y siempre citado Paco Espínola.
Tuvo además la generosidad de colaborar con Delicatessen.uy. Sus textos y sus relatos forman parte de ese espacio que para mí siempre fue, además de un sitio de contenidos, una manera de reunir personas, historias y miradas. Hay algo especialmente entrañable en que aquel periodista de la familia haya sido también parte de un proyecto periodístico propio.
Bepi tenía pasión por lo que hacía. Esa quizá sea la palabra que mejor lo define. Pasión. Incluso cuando discutía. Incluso cuando se enojaba. Incluso cuando uno sabía que no iba a ser sencillo convencerlo de algo. Había detrás de todo eso una convicción profunda: la de que el periodismo importaba.Y eso hoy parece casi una rareza.
Se fue ayer Antonio Pippo, se murió Bepi. Queda su trabajo, quedan sus textos, sus libros, quedan sus historias y queda, para quienes tuvimos la suerte de conversar con él, algo menos tangible pero mucho más difícil de perder: su voz, esa voz aguardentosa, muchas veces empujada por un pertinaz asma, que le hizo pasar las mil y una. La del periodista de pocas pulgas. La del hombre apasionado. La del primo de mi papá, la del hijo de Estelita. La del tío que venía de Montevideo a los cumpleaños familiares en San José, al que le gustaba tomarse una y otra también. La del periodista de la familia.
Y como hace tiempo que no hablábamos, porque bueno, Bepi era a veces un poco tajante con sus vínculos, quiero destacar algo que había detrás de esa coraza malhumorada que parecía tener siempre: una enorme sensibilidad por el oficio y por las personas. En uno de sus libros, que todavía conservo, editado por Fin de Siglo, me dejó una dedicatoria que recuerdo especialmente. Casi me pedía perdón por no haberme dado una mano en mi carrera periodística. Aquellas palabras me conmovieron entonces y hoy adquieren otro significado. Porque nunca tuve nada que reclamarle. Si alguna vez sentí que había una distancia o una ayuda que no llegó, la vida también me enseñó que cada uno tiene sus tiempos, sus circunstancias y sus propias batallas. Yo sé que como tío estaba orgulloso de mi carrera. Por eso hoy quiero agradecerle. Agradecerle por aquella dedicatoria, por haber pensado en eso sin que nunca hubiéramos hablado, ni sobrevolado, por haberlo escrito.
