
«Nadie está protegido —dice Fritz—. La vida es eso: intemperie».
Quienes me conocen saben que José Ovejero es uno de esos escritores a los que vuelvo con interés. He leído buena parte de su obra y me gusta que se mueva por territorios literarios muy diferentes. Poesía, relatos, novelas, ensayos, teatro… Le gusta explorar, cambiar de registro, experimentar y no acomodarse en una fórmula. Por eso, nunca sé qué me voy a encontrar en su siguiente libro.
Hace tiempo tuvimos una conversación sobre novela negra. Le conté que no es un género que me interese especialmente y que incluso me cuesta entrar en él. Entonces me dijo que estaba escribiendo una historia de ese tipo y que tendría que leerla. Yo le contesté que ya veríamos.
Cuando por fin tuve la novela entre las manos, ni siquiera había leído la contraportada. No necesitaba saber de qué trataba. Con José me pasa eso: confío en que, sea cual sea el tema que elija, encontraré algo que me interese en su manera de contarlo. Da igual de qué vaya la historia, quiero leerlo.
En Bajo la luna negra, su nueva novela editada por Galaxia Gutenberg, una familia llega a un pueblo junto al mar para pasar las vacaciones. Han alquilado la casa y el coche de sus sueños. El niño roba el sombrero de un vagabundo y sus padres apenas dan importancia al gesto. Sin embargo, ese pequeño incidente desencadena una sucesión de acontecimientos que va cargando de tensión lo que parecía una vida tranquila. Poco a poco, las apariencias dejan paso a una realidad mucho más inquietante.
En esta lectura, me ha llamado especialmente la atención la forma de narrar. Las descripciones minuciosas, las frases breves y los capítulos cortos me han hecho leer más despacio, detenerme en detalles que quizá habría pasado por alto en otro tipo de narración. Cada escena está construida con mucha precisión. La narración en presente refuerza la impresión de estar viendo lo que sucede ante nuestros ojos.
Al principio me desconcertaba esa manera de contar. Me preguntaba si era necesario detenerse tanto en algunas cosas y qué pretendía el narrador al mostrárnoslas con tanto detalle. No tengo una respuesta definitiva, ni me atrevería a decir que esos detalles sobran. Apenas sabemos de los personajes más que lo que hacen y dicen. El narrador observa y cuenta, sin explicarnos qué sienten ni cómo debemos interpretar sus actos.
Después he comprendido que esa distancia me permitía observar de otra manera. Es como asomarse a una ventana y contemplar lo que sucede desde fuera. Su frialdad apacigua mis propias emociones y me ayuda a leer con más lucidez. En lugar de compartir lo que sienten los personajes, me fijo en cómo se comportan y en lo que dejan entrever. Sus actos y sus palabras son las pistas con las que tengo que construir mi propia interpretación.
A través de Fritz, el vagabundo de la historia, Ovejero me ha hecho pensar en la indiferencia y el desprecio con los que tratamos a quienes viven en la calle. Las diferencias entre sus vidas y las nuestras son evidentes, pero eso no debería convertirlas en personas ajenas a nuestra realidad. Esa distancia que ponemos entre ellas y nosotras me cuesta entenderla. Y la incomodidad no termina ahí: la historia acaba llevándome a reconocer comportamientos que censuro en otras personas, aunque puedan adoptar formas distintas en mi propia vida.
El sombrero parece un objeto insignificante, pero acaba teniendo un peso enorme en la historia. Lo que empieza como un gesto al que apenas se da importancia termina mostrando hasta dónde podemos llegar para conseguir lo que deseamos. Lo inquietante no es solo el daño que podemos causar, sino nuestra capacidad para justificar lo que hacemos, incluso cuando sabemos que perjudicamos a alguien. Encontramos razones para convencernos de que nuestro comportamiento tiene una explicación, como si eso bastara para librarnos de la responsabilidad. El daño causado, sin embargo, no siempre se puede reparar.
Esta lectura me confirma que las etiquetas y los géneros dicen poco, por sí solos, de lo que un libro puede ofrecernos. Lo que importa es la manera en que quien escribe nos conduce por la historia, la mirada que nos propone y el espacio que nos deja para interpretar lo que sucede. Y yo vuelvo a comprobar que me gusta cómo me lleva José Ovejero: que no suavice la violencia ni me proteja de ella, que no condicione mi juicio ni me diga qué debo pensar. Que me deje mirar, sentir y decidir por mí misma.
Y esa es la literatura que me pellizca y me hace sentir viva.
BAJO LA LUNA NEGRA, José Ovejero, Galaxia Gutenberg 2026, 176 págs.

LA AUTORA Inma Rodríguez es gestora cultural española, desde la ciudad de Zafra, en Extremadura. Comprometida con la difusión de la cultura y el encuentro entre distintas expresiones artísticas, desarrolla una activa labor de promoción cultural. Es coconductora de La Tercera Orilla, un espacio dedicado al diálogo, las ideas y la creación. También es columnista de Delicatessen.uy, donde aporta su mirada sobre la cultura y sus protagonistas. Su trabajo se caracteriza por la sensibilidad, la curiosidad y la vocación de tender puentes culturales entre España y América Latina. Ha organizado y realizado la curaduría de varias muestras de Jaime Clara.
