
Llegó a mis manos un pequeño libro, en formato y en cantidad de páginas. Entra sin problemas en el bolsillo de atrás del pantalón, por lo que no dudo que también entra cómodamente en la cartera de la dama: El viaje, del escritor italiano Luigi Pirandello (1867-1936). Tenía muy pocas referencias y, confieso, comencé a leerlo con esa prevención inevitable que producen los autores demasiado importantes y solemnes. Pero, en este caso, bastaron unas pocas páginas para que todo eso desapareciera. Ya no está el Premio Nobel, ni el gran dramaturgo, ni el autor de Seis personajes en busca de autor. Está Adriana. Y está la vida, que de pronto se le presenta cuando quizá ya sea demasiado tarde. Eso es lo primero que sorprende del cuento: su sencillez.
Pirandello no necesita montar un gran escenario. Tampoco necesita recurrir a las complejidades que solemos asociar con su literatura, aunque estén allí, discretamente escondidas. Cuenta la historia de Adriana Braggi, una mujer siciliana, viuda, madre, encerrada durante años en una existencia determinada por las costumbres familiares, el luto, las obligaciones y esos poderosos mandatos que durante tanto tiempo regularon la vida de las personas: el sometimiento y lo que hay que hacer.
Adriana vivió prácticamente secuestrada, sin estarlo, o en una cárcel en su propia casa, sin advertir necesariamente que lo era. Porque las costumbres tienen esa extraordinaria capacidad: la repetición permanente hace que esos mandatos sociales se transformen en la realidad. Las cosas son así porque siempre fueron así. Se vive de determinada manera porque no se conoce otra. Se acepta una renuncia porque nadie la llama renuncia.
Y entonces llega el viaje, como resultado de una razón dolorosa. Adriana está enferma y debe salir de Sicilia para consultar médicos. Cesare, su cuñado, la acompaña. Bastaría contar eso para resumir buena parte del argumento. Pero sucede que el verdadero viaje ocurre en otra parte. Adriana empieza a descubrir el mundo. Y esto es casi literal. Durante años su geografía había sido reducida. La familia, los hijos, la viudez, el recuerdo del marido, las convenciones de una sociedad siciliana que la miraba con lupa. Pero pasan cosas. Y aparecen los trenes, otras ciudades, hoteles, paisajes nuevos y hasta gente nueva por conocer. Hay otros aires. Y está Cesare, su cuñado.

El vínculo entre ellos otro de los puntos neurálgicos del cuento. Pirandello no cae en la tentación de convertirlo todo en una historia romántica convencional. Entre Adriana y Cesare existe algo más complejo, precisamente porque venga de lejos y no nada se haya dicho. Hay afecto, cercanía, cuidado, deseo contenido y también una mezcla de culpa y temor que aparece cuando un sentimiento amenaza con alterar el orden de las cosas.
Pirandello conoce bien el territorio del alma humana. El viaje fue publicado en 1910 y luego pasó a formar parte del enorme universo de Novelle per un anno, el proyecto con el que el escritor siciliano quiso reunir cuentos para cada día del año. En esas narraciones aparecen una y otra vez los asuntos que recorren toda su obra: quiénes somos, quiénes creemos ser, quiénes creen los demás que somos y qué sucede cuando esas imágenes dejan de coincidir. Es el Pirandello de El difunto Matías Pascal. Es el de Uno, ninguno y cien mil. Y naturalmente es también el de Seis personajes en busca de autor, aunque en El viaje todo aparece despojado de grandes mecanismos teatrales.
El autor podría haber convertido esa situación en melodrama. No lo hace. Y quizá por eso emociona más. Su escritura mantiene una notable contención. No subraya. No pide compasión. No coloca música cursi detrás de la escena. Simplemente deja que el lector descubra el mundo, los mundo, junto con Adriana. Por eso sus personajes resultan tan cercanos. Han pasado más de cien años, cambiaron las costumbres, las familias, la manera de viajar y seguramente muchas de las reglas que condicionaban a una mujer como Adriana. Pero seguimos enfrentados a la misma pregunta: cuánto de nuestra vida elegimos y cuánto simplemente aceptamos. Y pensé también este es uno de los privilegios de la literatura: permitirnos hacer algunos viajes antes de que sea demasiado tarde.
EL VIAJE de Luigi Pirandello. Editorial Nórdica. 64 págs. 2012
