
Es difícil hablar de Washington Carrasco y Cristina Fernández sin que se mezclen la admiración y el afecto. En los últimos tiempos, nos unen horas compartidas, conversaciones, encuentros, risas, asados, guisos de lentejas, tartas de choclo, tortillas, historias, vino, otros beberajes, habanos, por decir algunas vituallas. Por eso, cuando pienso en ellos, no aparecen solamente los escenarios, las canciones o los aplausos que durante años han estado presentes en mi vida. Aparecen, sobre todo, dos personas entrañables, de una generosidad que no necesita proclamarse porque se manifiesta en los pequeños gestos.
Medio siglo de música no es poca cosa. Mucho menos en un país donde la cultura suele abrirse camino a fuerza de convicciones, perseverancia y una obstinada confianza en la sensibilidad de los demás. Washington y Cristina han transitado ese camino sin renunciar a una identidad artística reconocible, alimentada por las raíces populares, la poesía, la memoria y una profunda vocación de encuentro.
Sus voces han sabido dialogar con el cancionero uruguayo y latinoamericano sobre todo, con las tradiciones musicales que nos identifican y con esa palabra cantada que, cuando encuentra sus mejores intérpretes, deja de ser solamente una canción para convertirse en patrimonio.

Pero sería injusto reducir su trayectoria a una enumeración de conciertos, discos y reconocimientos. Lo que destaco, es la coherencia de una vida dedicada a la música. Han atravesado épocas, cambios culturales, transformaciones en las formas de escuchar y consumir canciones. Y allí siguen, defendiendo la belleza de una melodía, el sentido de un poema, el poder de la palabra y la importancia de cantar juntos.
Hay algo particularmente conmovedor en esa permanencia. Porque cincuenta años compartiendo una vocación también significan cincuenta años aprendiendo a escucharse, a respetar los silencios, a descubrir nuevas maneras de decir lo que parecía ya dicho. La complicidad artística de Washington y Cristina tiene esa rara virtud de parecer siempre natural. Y acaso en esto resida una de las claves de su permanencia: nunca perdieron la cercanía. No levantaron una muralla entre el escenario y la gente. Por el contrario, hicieron de la música una forma de hospitalidad.

Lo sé por experiencia. He tenido el privilegio de compartir con ellos horas que no figuran en ninguna biografía ni en ninguna discografía. Horas en las que el artista deja paso a la amistad, aunque en realidad nunca haya existido una frontera entre ambos. Washington y Cristina tienen esa virtud infrecuente de hacer sentir cómodo al otro, de escuchar con interés genuino, de regalar tiempo, afecto y atención. Y en un mundo donde tantas veces se confunde notoriedad con importancia, esa sencillez constituye una forma superior de grandeza.
La generosidad no es un atributo secundario en su historia. Es parte de su identidad. Está en la manera de compartir su arte, en el reconocimiento a otros artistas, en la disposición permanente al encuentro. Nunca he sentido que la amistad con ellos estuviera condicionada por sus trayectorias. Al contrario: cuanto más se conoce su dimensión artística, más admirable resulta su dimensión humana.
Celebrar estos cincuenta años es también celebrar una manera de entender la cultura uruguaya. Una cultura que no se agota en los grandes acontecimientos ni en los nombres consagrados, sino que se construye cotidianamente, en el intercambio, en la conversación, en el respeto por la palabra y en la voluntad de tender puentes.
Washington y Cristina han puesto música a buena parte de nuestra memoria colectiva. Sus canciones pertenecen a varias generaciones y seguirán encontrando nuevos oídos, porque lo auténtico tiene esa misteriosa capacidad de no envejecer.
Yo quiero celebrar, además, a mis amigos. A esas dos personas queridas con quienes he compartido varios momentos y de quienes sigo aprendiendo que el talento puede convivir con la humildad, que la sensibilidad no termina cuando se apagan las luces del escenario y que la amistad también es una forma de arte.
Cincuenta años después, Washington Carrasco y Cristina Fernández siguen cantando. Y nosotros seguimos teniendo la fortuna de escucharlos. Pero, sobre todo, de quererlos.
PD El viernes 13 -día del cumpleaños de Cristina- y el sábado 14 de noviembre, ahora en pocos días, estarán celebrando este medio siglo de música y poesía en el Teatro Solís, a las 20 hs.


