Tengo muy claro que la película que más vi en una sala de cine -sospecho que algo más de una docena- fue Solos en la madrugada. La película española protagonizada por José Sacristán (1937) y dirigida por José Luis Garci (1944). La vi siendo un joven veinteañero, cuando volvía la democracia a Uruguay (1985), pese a haber sido un filme de 1978. Yo ya hacía rato largo que quería hacer radio y había comenzado a estudiar la incipiente y desconocida carrera de comunicación social. Pese a que ya tenía un breve camino recorrido, la radio todavía era una ilusión, pero no una profesión. Y llegó aquella película que me mostró, con más fuerza de la que yo había vivido en mi pueblo, en CW 41 Broadcasting San José, que las madrugadas tenían algo de misterio, de territorio prohibido y fascinante para hacer radio. En aquellos años, la voz de un locutor podía ser más importante que la de un político, un médico o un cura. Un tiempo después, en la misma España, llegó Jesús Quintero, con El loco de la colina, con ese estilo tan personal, que evocaba Solos en la madrugada.
Desde este lado del Río de la Plata, aquella España se miraba con una mezcla extraña de admiración y cercanía emocional. La transición democrática española se seguía casi como una historia por capítulos. Y en medio de aquel tiempo apareció la película de Garci, conocido como el director de la transición, con una película anterior, Asignatura pendiente (1977) y una posterior, Las verdes praderas (1979). Fueron películas, que hablaban de libertad, sí, pero también de divorcios, de hijos, de amores agotados, de la soledad en las ciudades y de la necesidad de decir lo que uno piensa, aunque sea en voz baja, sin gritos ni consignas y de madrugada. Aquella película, para el joven que quería a como diera lugar hacer radio, trabajar en un estudio o en un control, fue una conmoción íntima. Por suerte la vida me lo permitió, aunque jamás hice un programa de madrugada, hice un programa de noche, como la película que provoca esta nota.
Parte del gancho extraordinario de Solos en la madrugada no estuvo solamente en el argumento. Lo que la volvió inolvidable fue el tono. Ese clima de conversación honesta, cercana, empática. De noches en las que alguien habla por radio y uno siente que le está hablando directamente a uno. En un estudio -en aquella época- con ceniceros tapados de colillas de cigarrillos.

Garci logró transmitir que las personas también están hechas de dudas. Y la película hablaba justamente de eso. De hombres -en una sociedad machista, claro, aunque también las mujeres- vulnerables, confundidos, intentando encontrar su lugar en un tiempo nuevo. Vista hoy, sigue conservando intacta esa mezcla de ironía, ternura y tristeza que tienen las buenas películas cuando hablan de la vida real. La vida de un Madrid húmedo, nocturno, lleno de taxis, bares, apartamentos pequeños y radios encendidas cuando los semáforos envían sus señales para nadie, como en la larga escena final. Una ciudad que también estaba aprendiendo a ser libre. Parece que hasta la propia Madrid también actuaba. Una ciudad que se despertaba, tras cuatro décadas de letanía. Lo más cerca de hacer radio de madrugada, es empezar Sábado Sarandi a las seis de la mañana. Y no en vano la presentación, desde hace años, dice «el país y la ciudad se desperezan….»
Y en el filme llegan los ocho minutos finales. El monólogo de Sacristán, que volví a ver hace dos días, sigue siendo uno de los momentos más conmovedores del cine español. Volvió a emocionarme. No por grandilocuente, sino por humano y profundo. Un hombre frente a un micrófono tratando de entenderse a sí mismo mientras intenta entender el tiempo que le toca vivir, pero también hablándole a sus oyentes, del presente, pero sobre todo el futuro. Y de no anclarse, porque «no podemos seguir hablando cuartenta años, por los próximos cuarenta años.»
Muchos crecimos con ese monólogo. Muchos sentimos que allí había algo más que cine. Había una manera de mirar el mundo. Una idea de convivencia, de tolerancia, de libertad, de poder de decisión, de democracia entendida no solamente ir a votar, que en ese momento, ya fue una conquista en sí misma.
Anoche fui al Teatro Bellas Artes de Madrid y a la salida del teatro, pude hablar unos minutos con Sacristán. Y le comenté el impacto que causó en aquel adolescente, ese monólogo. Y no fue menos impactante escucharlo hablar de aquella escena con resignación. En ese encuentro breve, apenas un instante, pero suficiente para advertir en él cierta ira y tristeza. Sin ironías, sin gritar, pero en tono alto, que él maneja con maestría, me dijo que me olvidara de aquel monólogo, «hay que olvidarse de aquello que no sirvió para nada. A tal punto no sirvió para nada, si no, miren a Milei en Argentina”, remató. Y la frase quedó flotando.

Aquello no fue solamente un comentario político. Había detrás algo más profundo: la desilusión de, por lo menos, una generación que creyó en forma honesta, que algunas conquistas culturales y democráticas eran irreversibles.
Pocos días antes, en este viaje a Madrid, cumplí el sueño de entrevistar a Garci, con el que pude hablar largamente. Y la sensación fue parecida. A veces uno tiene la impresión de estar frente a personas que ayudaron a construir una parte sentimental de nuestra propia vida. Porque eso hicieron sus películas. Nos enseñaron a conversar, a mirarnos a un espejo honesto, sin cinismos, a aceptar que la vida rara vez se parece a los finales felices y perfectos de los cuentos infantiles o de las comedias romanticonas del cine norteamericano.
Garci siempre filmó el paso del tiempo con una delicadeza poco frecuente. Sus personajes viven entre la nostalgia y la esperanza, por momentos algo amargos. Solos en la madrugada, creo, que probablemente sea la película de aquellos tiempos que mejor retrató el estado de ánimo de toda una generación.
Pero este viaje todavía tenía reservado otro momento inolvidable: ver a Sacristán, por primera vez, en vivo, en escena, en El hijo de la cómica, en el Teatro Bellas Artes. Fue una lección de actuación y humanidad. La obra, basada en las memorias de Fernando Fernán Gómez, tiene humor, emoción, inteligencia y memoria. Todo junto, en un gran combo.
Sacristán llena el escenario sin necesidad de artificios. Cada pausa, cada silencio, cada mirada tiene sentido. Hasta cada sorbo de agua. Y mientras lo veía actuar pensaba, inevitablemente, en aquel locutor nocturno de Solos en la madrugada. En ese hombre solo frente a un micrófono tratando de entender el mundo y de entenderse a sí mismo. Tal vez porque Sacristán nunca dejó del todo de ser ese personaje, aunque él hoy no lo reconzca y hasta se enoje al recordarlo.
Todo este recorrido ha sido encontrarse con obras y personas que me ayudaron a ser quien soy. Descubrir que detrás de las películas que uno amó hay seres personas reales, cargadas de entusiasmo, decepciones y memoria. Un claro ejemplo son Garci y Sacristán aun, con sus diferencias y con sus coincidencias.
Por todo eso —por las conversaciones, las películas, el teatro, las caminatas madrileñas y extremeñas y las emociones que ha generado todo este periplo -un libro y una muestra de caricaturas— hacen de este viaje algo inolvidable.
