Hay una interesante categoría literaria tan exigente como fascinante y poco explotada, al menos en los tiempos que corren: la de los libros construidos a partir de conversaciones. Me vienen a la memoria los diálogos entre J. M. Coetzee y Paul Auster reunidos en Aquí y ahora (2012), donde la amistad se convierte en reflexión sobre el mundo contemporáneo y la literatura. También las memorables conversaciones de François Truffaut con Alfred Hitchcock (1966), que dieron origen a uno de los libros más influyentes sobre cine, o los diálogos entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato (1976), donde la inteligencia y la erudición encontraron a dos protagonistas perfectos. Como esas obras, Trece noches (Editorial Planeta, 1999), demuestra que una conversación profunda puede alcanzar una dimensión literaria capaz de sobrevivir al tiempo.
Trece noches. Así se llama el libro que recoge los diálogos entre el periodista Jesús Quintero (1940-2022) y el escritor y dramaturgo Antonio Gala (1930-2023). Más que una entrevista, más que una conversación, más que un intercambio de preguntas y respuestas, es el testimonio de un encuentro entre dos hombres que se conocen, se respetan y se admiran. Aunque también se tiran algunos dardos, en definitiva no dejan de ser dos amigos que se permiten hablar sin urgencias, sin artificios y sin la necesidad de demostrar nada a nadie y quien quiera oír, que oiga.
Vivimos en tiempos donde las entrevistas suelen ser veloces. Preguntas cortas, respuestas breves y la obsesión por la frase que pueda convertirse en titular o en tendencia, que se haga viral. “Que sea para redes”, te exigen muchas veces. En Sábado Sarandi trato de hacer lo contrario -no por cabeza dura, que suelo serlo- porque estoy convencido que el arte de conversar sin apuro, ayuda, aporta y nutre. Lo que ocurre en las páginas del libro que leí de un tirón en un largo viaje Madrid – Montevideo, va en ese sentido contrario: no hay premuras de ninguna clase, hay pausas y están los clásicos silencios del periodista Quintero. Ambos se tomaron el tiempo necesario para pensar y , sobre todo, hablar con profundidad. “No es lo mismo ser profundo, que haberse venido abajo” dice una canción de Ma. Elena Walsh .
Jesús Quintero fue uno de los grandes entrevistadores del periodismo. Cultivó, con un estilo personalísimo -siempre se menciona su particular forma de hablar y de no hablar- el arte de conversar cara a cara. No buscaba la declaración escandalosa sino que se acercaba la confesión inesperada de su interlocutor. Sabía preguntar. Parece sencillo, pero les puedo asegurar que es una de las artes más difíciles del periodismo. Llega un momento en que nos obsesionamos por hacer la pregunta perfecta, la pregunta justa en el momento indicado. Y justamente, las preguntas de Quintero nunca eran un trámite para llegar a una respuesta. Eran invitaciones a recorrer territorios íntimos. Tenían algo de poesía, algo de filosofía y mucho de curiosidad genuina, como debe ser. Escuchaba antes de preguntar, se tomaba su tiempo para pensar y preguntaba para conocer.
En Trece noches despliega ese talento con una naturalidad admirable. No interroga a Gala; conversa con él. Lo acompaña. Lo provoca con inteligencia. Le ofrece el espacio necesario para que sus ideas tomen cuerpo y se desarrollen. Y Antonio Gala responde como Antonio Gala sabía hacerlo: sabiamente.
El libro es entretenido porque se trata de una larga conversación dividida en trece capítulos. Pero hay que aclarar que si bien está pensado como libro, no deja de ser la transcripción, editada y cuidada de las entrevistas televisivas realizadas entre octubre de 1991 y enero de 1992, emitidas a través del canal autonómico español Canal Sur Televisión.
Leer este libro hoy es recordar la estatura intelectual, tanto de Quintero como periodista, sino también de un hombre que fue mucho más que un escritor de éxito. Antonio Gala fue novelista, dramaturgo, poeta, ensayista y articulista, pero sobre todo fue un observador excepcional de la condición humana. Sus respuestas recorren los temas esenciales como el amor, la soledad, la muerte, la religión, la política, la amistad, el deseo, la memoria y el paso del tiempo. Temas universales, que pueden parecer alejados de cada uno de nosotros, pero que es al revés, hacen a la esencia misma de nuestra condición. Cada respuesta contiene tanto con una gran lucidez como una profunda claridad. Por momentos el lector tiene la sensación de asistir a una conversación privada, aunque como dije, esto fue un programa de televisión. Pero es como si uno estuviera sentado, junto a ellos, en la mesa escuchando hablar a dos amigos durante una de esas largas madrugadas. Ninguno de los dos está en personaje.
Quizás por todo esto el libro conserva intacta su vigencia. Porque las preguntas son las mismas que seguimos haciéndonos todos. ¿Qué hacemos con el amor cuando llega? ¿Cómo convivimos con las pérdidas? ¿Qué significa ser libre? ¿Por qué envejecemos? ¿Qué lugar ocupa la felicidad en nuestras vidas? ¿Cómo encaramos el manejo del dinero?
También resulta inevitable sentir cierta nostalgia. Nostalgia de una época en la que la conversación ocupaba un lugar central. En la que dos personas podían dedicar horas a hablar de lo esencial. En la que la radio, territorio natural de Quintero, era capaz de detener el ruido del mundo para escuchar una voz.
Muchos podrán criticar por antitelevisivo a Trece noches porque muestra a dos personas conversando sin más. Eso es olvidar que la televisión también puede y debe ser pensamiento. Quintero apostó por algo más difícil: sostener la atención con inteligencia, silencios y palabras. Lo verdaderamente aburrido no es la conversación, sino la falta de contenido. Una buena charla entre personas que tienen algo para decir sigue siendo uno de los espectáculos más fascinantes que existen. Y también uno de los más necesarios.
Quintero entendía que el silencio también comunica. Que una pausa puede ser más elocuente que una frase brillante. Esa filosofía atraviesa todo el libro. Incluso cuando leemos las palabras impresas, sentimos la cadencia de aquellas noches, el ritmo pausado de una charla sin reloj.
Trece noches es, además, una lección para quienes aman el periodismo. Enseña que una buena entrevista no consiste únicamente en formular preguntas inteligentes. Exige escucha, empatía, preparación y respeto por el otro. Quintero reunía todas esas virtudes.
Y es también una lección para quienes aman la literatura. Porque Antonio Gala convierte cada respuesta en una pequeña pieza literaria. Algunas son aforismos. Otras parecen fragmentos de un ensayo impregnados de una gran sensibilidad.
Al cerrar el libro queda una sensación extraña y agradable. La de haber acompañado una conversación que nos ha hecho mejores. No porque nos entregue certezas, sino porque nos invita a seguir preguntando.
Mi enorme gratitud a Andrea Quintero, que me regaló este libro. Hay lecturas que llegan en el momento justo y dejan una huella perdurable.
