Jorge Abbondanza fue, ante todo, un maestro del periodismo. Maestro en el sentido más profundo y más antiguo de la palabra: alguien que enseñaba con su trabajo, con su rigor, con su curiosidad insaciable y con esa mezcla de severidad y ternura que solo tienen quienes creen de verdad en el oficio. Creía que las palabras importan, que el periodismo importa, que el público merece respeto.
Quienes lo conocimos, quienes lo escuchamos en la radio o lo leímos durante años, sabemos que no estoy revelando nada nuevo. Apenas estoy diciendo en voz alta algo que él mismo dejaba ver con naturalidad. No lo escondía. Y quienes estábamos atentos lo percibíamos con claridad.
Su trabajo periodístico fue amplio, constante, paciente. Fue un cronista en el sentido más noble del término. No se conformaba con contar lo que ocurría en una pantalla, en un escenario, en una galería o en un libro. Quería entenderlo. Interpretarlo. Darle una forma.
Por eso sus crónicas no son simples registros de hechos. Son textos donde conviven la precisión del dato y la intuición del artista, la mirada crítica y una profunda comprensión de lo humano. Y hablo en presente porque muchas de esas crónicas siguen aquí. Se leen. Siguen respirando.
Tal vez uno debería decir que, después de tantos años, “sorprendentemente” siguen vigentes. Pero tratándose de Abbondanza, en realidad no sorprende.

Jorge entendía el periodismo como un acto de cultura. Sabía que una crónica podía rozar la literatura sin renunciar a la verdad, que un perfil podía retratar una época y que una entrevista podía convertirse en una escena donde las voces revelaban mucho más que información.
Escribía y hablaba con esa conciencia: la de estar construyendo memoria, archivo, una forma de interpretar el presente.
Fue riguroso, sí. Pero nunca rígido. Fue exigente, pero jamás distante. En cada texto, en cada intervención radial, incluso en las conversaciones de pasillo, estaba esa convicción casi artesanal de que el periodismo no es un trámite ni un adorno. Es una forma de pensamiento. Una responsabilidad cívica. Un modo de estar en el mundo.
Si lo dijéramos con un concepto más contemporáneo, que está de moda: Jorge sabía que haciendo cultura también se construye ciudadanía.
Y todavía hoy, con libros como este, sigue enseñando. Sus alumnos visibles e invisibles —los que trabajaron con él, los que lo escucharon, los que lo leyeron, incluso los que aprendieron sin darse cuenta— siguen repitiendo algo de su método, de su respeto por la precisión, por la belleza, por la verdad.
Eso es lo que hacen los verdaderos maestros: continúan enseñando incluso cuando ya no están.
Jorge fue también, en el sentido más amplio, un hombre renacentista. Un espíritu del Renacimiento extraviado entre los siglos XX y XXI. Periodista, sí, pero también artista plástico, observador sensible, explorador de lenguajes.
Miraba el mundo con los ojos del cronista y con la sensibilidad del creador. Sabía que una noticia tiene textura, que una entrevista tiene ritmo, que una obra de arte puede decir tanto sobre una época como un editorial.
Escucharlo en la radio también era una forma de aprendizaje. Primero en Revista Sarandí, por las tardes, junto a María Eloísa Galarregui —que se nos fue hace poco— y María Teresa Villanueva. Y más adelante, en la segunda mañana de En vivo y en directo, en los años ’90, junto a Ligia Almitrán, en aquel espacio llamado Palabras autorizadas. Un nombre que, por cierto, también su homenaje, yo sigo usando hoy en Sábado Sarandí.
Su voz… su voz era una forma de hospitalidad. Tenía una dicción clara, precisa, casi pedagógica, pero nunca fría. Cada palabra parecía llegar con una pequeña cortesía, como si pidiera permiso para quedarse en el oído del oyente.
Hoy, en tiempos de gritos y estridencias, uno imagina que Jorge seguiría apostando por lo mismo: la modulación, el matiz, la pausa. Era un verdadero artesano del aire radial.
Muchos recordarán esa sensación de escuchar a alguien que sabía de qué hablaba, pero que además sabía por qué hablaba.
Jorge era un hombre de las reflexiones necesarias. En un tiempo de velocidad, él elegía la profundidad. En una época de ruido, apostaba por la claridad.
También estamos hoy aquí para celebrar una tarea que es, en sí misma, una verdadera proeza cultural. Primero fue la compilación de sus crónicas en tres tomos realizada por Óscar Larroca. Un trabajo titánico, paciente y amoroso. Casi arqueológico.
Larroca rescató textos dispersos en diarios, revistas, archivos y memorias, y los ordenó para devolverlos a los lectores. Esos tres volúmenes no son solo libros. Son un mapa de una época. Una cartografía del pensamiento de Jorge. Una pequeña escuela portátil de periodismo y sensibilidad.
Y celebramos también la aparición de este nuevo libro. Cada publicación póstuma de Jorge Abbondanza es, en cierto modo, un acto de justicia. Justicia con su trabajo, con su legado, con la cultura que ayudó a construir.
Pero también es una invitación: que Jorge llegue a nuevas generaciones.
Hace pocos días, el 6 de marzo, se cumplieron 90 años de su nacimiento. Pisciano, como yo, que cumplo el 5. Me gusta pensar que algo de esa sensibilidad compartida tiene que ver con su forma de mirar el mundo.
Ojalá los jóvenes periodistas, los estudiantes, los lectores del futuro descubran en estos textos que el periodismo puede ser profundo sin ser solemne, crítico sin ser cruel, elegante sin ser elitista.
Es verdad que los modos de leer han cambiado. Los tiempos, también. Vivimos en la era del streaming, de la velocidad permanente. Pero justamente por eso la mirada de Abbondanza hoy sería especialmente necesaria.
También se extraña a Homero Alsina Thevenet. Aunque, siendo sinceros, HAT tenía un filo más terminante. Probablemente hoy cortaría más grueso. Jorge, en cambio, tal vez observaría con más calma los tiempos que corren.
Con aquellos tres tomos y con este nuevo libro —reitero— se está haciendo justicia con Jorge Abbondanza. Pero esa justicia debería ser expansiva, contagiosa, generacional.
Sus crónicas deberían circular por las facultades de comunicación, por talleres de periodismo, por redacciones. Deberían leerse como se consulta a un clásico contemporáneo: como una brújula en medio de la intemperie informativa.
Porque Jorge Abbondanza nos enseñó algo esencial: que el periodismo puede ser una forma de arte sin dejar de ser una forma de verdad. Que la cultura no es un lujo, sino una necesidad. Que la voz humana —bien usada— puede tender puentes entre las ideas y las personas. Nos enseñó que la precisión no está reñida con la emoción. Y que la ética no es un discurso, sino una práctica cotidiana.
Por eso hoy no solo lo recordamos. Lo celebramos.
Celebramos al periodista, al cronista, al artista, al hombre de radio, al hombre de teatro, al maestro. Celebramos esa herencia invisible que dejó en generaciones de periodistas, oyentes, lectores y ciudadanos.
Celebramos la elegancia de su pensamiento, la sobriedad de su estilo, la calidez de su presencia.
Y tal vez la mejor manera de homenajearlo, a 90 años de su nacimiento, sea seguir escuchándolo —aunque sea en la memoria— que nos pedía, sin levantar la voz, que pensáramos un poco mejor. Que miráramos un poco más hondo. Que respetáramos un poco más las palabras.
Porque, quizá, el gesto más revolucionario de Jorge Abbondanza fue justamente ese: tomarse en serio las palabras.
En una época —la nuestra— donde el periodismo a veces parece una carrera por decir primero y pensar después, Jorge hacía lo contrario: pensaba primero y recién entonces hablaba, escribía.
Hoy, ese gesto podría parecer casi subversivo. Su rigor podría confundirse con elitismo. Su calma, con lentitud. Su profundidad, con falta de espectáculo. Pero en realidad era todo lo contrario. Era una forma radical de respeto: respeto por el lenguaje, por los hechos, por los oyentes, por los lectores. En tiempos de influencers, Jorge Abbondanza fue algo distinto: un intelectual con máquina de escribir y con micrófono.
Y créanme: es una figura cada vez más escasa.
Y cada vez más necesaria.
NOTA La base de esta nota que publica Delicatessen.uy, fueron las palabras pronunciadas en ocasión de la presentación del libro Escribe Jorge Abbondanza, un trabajo fantástico de recopilación de Óscar Larroca, editado por Ediciones de la Plaza, el 12 de marzo de 2026, en Montevideo. JC
