Un himno a la vida, las memorias de Gisèle Pelicot, es un libro que marca. Y sin embargo, lo que empieza como un relato que duele —y mucho— termina siendo una experiencia profundamente luminosa. Y también increíble.
Todo comienza una mañana de noviembre. Una escena cotidiana que se rompe de golpe: una llamada a una comisaría, un dato inquietante, y la revelación de una vida paralela que Gisèle no conocía. Su marido, durante casi una década, había llevado adelante un horror silencioso: la drogaba, abusaba de ella e invitaba a otros hombres a hacer lo mismo. La dimensión del crimen no solo es estremecedora, sino difícil de procesar. Hay que imaginarse una fila de hombres que se violan a una mujer que no tienen ni idea lo que pasa, que es un cuerpo inerte, que cuando se ve en una foto, no se reconoce, y por supuesto, no recuerda nada, aunque la hayan violado cinco o seis tipos. Pero el libro no se queda ahí.
Cuatro años después, el caso llega a juicio. Y es en ese momento donde aparece la figura pública de Gisèle Pelicot, con una decisión que lo cambia todo: renunciar al anonimato. “La vergüenza debe cambiar de bando”, dice. Y en esa frase —tan simple, tan contundente— hay una toma de posición que resuena mucho más allá de su historia personal. Hay una ética. Una forma de plantarse en el mundo. Aunque en el fondo, y por el costado, aparecían las preguntas de «¿cómo que no sabía?», «¿está segura que alguna vez no le gustó?»
El libro, escrito junto a la periodista y novelista Judith Perrignon, no es un ajuste de cuentas ni un catálogo del horror, aunque por momento lo parezca. Tampoco busca la compasión fácil. Lo que hace es otra cosa, más difícil: reconstruir una vida. Volver sobre la infancia, el amor, la maternidad, el trabajo, los gestos mínimos que hacen a la identidad. Y hacerlo con una prosa que sorprende por su sobriedad y su elegancia. Es un libro, un relato, donde no hay golpes bajos.

Hay algo muy potente en el tono. Gisèle no grita. No exagera. No se presenta como víctima en el sentido más convencional. Cuenta. Y en esa narración se reapropia de su historia, le quita el control a quienes intentaron robársela. Se la lee una mujer libre y segura, aunque haya llorado mil veces a escondidas.
Quizás por esto el libro se ha convertido en un fenómeno editorial traducido a más de 30 idiomas. Pero más allá de las cifras, lo que impacta es su capacidad de interpelar. Porque lo que cuenta Gisèle no es solo su historia: es también una conversación incómoda sobre la violencia, el consentimiento, la intimidad y el poder. Sobre aquello que muchas veces se prefiere no ver, mucho menos denunciar. A la propia Pelicot -que sigue usando su apellido de casada, el de su marido- le costó dejar de amar a quien la había acompañado por décadas y es el padre de sus hijos.
La crítica internacional lo ha entendido así. Desde Le Monde hasta The New York Times, pasando por voces del mundo cultural, el consenso es claro: se trata de un libro increíable. Pero no en el sentido espectacular del término, sino en el más humano.
Hay una imagen que queda flotando después de la lectura. La de alguien que atravesó el infierno —como escribió el periodista Daniel Verdú— y que, en lugar de quedarse en las llamas, decidió usarlas para iluminar su camino. Esa es, quizás, la clave del libro.
Un himno a la vida no es un libro cómodo. Tampoco pretende serlo. Pero sí es necesario. Porque en tiempos donde el ruido es constante y las historias se consumen rápido, este testimonio recuerda algo esencial: el poder de la palabra cuando está puesta al servicio de la verdad.
Y también —quizás sobre todo— deja una certeza: incluso en los contextos más oscuros, hay formas de volver a empezar.
Un himno a la vida. Mi historia. Gisèle Pelicot. Editorial Lumen, 2025. 286 págs.
