
Milan Kundera tenía una forma bastante filosa de hablar de lo kitsch. No lo veía como algo simplemente cursi o de mal gusto, sino como una trampa emocional. Para él, lo kitsch es ese acuerdo silencioso de sentir todos lo mismo, al mismo tiempo, sin hacernos demasiadas preguntas. Es la lágrima fácil, la baratija de feria, la compra innecesaria, el almanaque de almacén colgado detrás de la puerta de la cocina, el cuadrito del Cristo recortado de la revista o la foto recortada de la revista.
Dicho en un tono más de sobremesa, más cercano: lo kitsch es cuando la emoción viene ya saboreada. Como si alguien te dijera qué tenés que sentir, cuándo y cómo. Es esa postal perfecta donde nada molesta, donde el dolor es prolijo y la felicidad tiene brillo de publicidad y encandita. Todo encaja demasiado bien, aunque algo haga ruido, y, justamente por eso, desconfía.
Kundera lo llevaba más lejos todavía: decía que lo kitsch elimina lo incómodo, lo contradictorio, todo aquello que nos recuerda que la vida es un poco desordenada. En ese sentido, es casi una negación de la realidad. Pero también —y acá está lo interesante— es irresistible. Porque a todos, en algún momento, nos gusta creer en esa versión más simple, más linda, más digerible del mundo. Aunque sepamos, en el fondo, que no es del todo verdad.

“Nunca lo esperé”, de Juan Carlos Karakeosian, no es un libro de cuentos en el sentido clásico. Es más bien una colección de piezas breves, fragmentarias, a veces casi poemas en prosa, donde lo narrativo se diluye y lo que queda es una sensación: el amor, el deseo, la pérdida, la memoria, todo atravesado por una imaginación desbordada.
El libro se construye como un mosaico. Cada texto —algunos de apenas unas líneas— funciona como una escena aislada, pero todos comparten un mismo universo: un mundo donde los objetos sienten, donde la comida se vuelve lenguaje erótico, donde las relaciones humanas aparecen como algo inestable, casi onírico. Hay bares, mesas, platos, cuerpos, pero nada es exactamente lo que parece.
Uno de los ejes más fuertes es el amor, aunque no un amor romántico tradicional. Aquí el amor es fugaz, incompleto, muchas veces frustrado. Aparece como un roce, como una posibilidad que se escapa en el momento en que parece concretarse. En textos como “Por fin” o “Telegrama”, se percibe esa idea de encuentro fallido, de timing equivocado, de vínculos que no terminan de cuajar.
También hay una fuerte presencia del deseo, pero expresado de una forma extraña, casi surrealista. El cuerpo y la comida se mezclan constantemente: un “petit cruasán”, un “paté”, una “ducha” o un “postre” se transforman en escenas cargadas de erotismo, donde lo sensorial domina por completo. Comer, tocar, mirar, oler: todo se funde en una misma experiencia.
Otro elemento clave es la soledad. A pesar de la intensidad de los encuentros, hay una sensación persistente de vacío. Los personajes —si es que podemos llamarlos así— parecen moverse en una especie de limbo emocional, donde todo sucede pero nada termina de anclarse. La repetición de gestos, la imposibilidad de sostener el vínculo, la nostalgia de algo que no fue del todo, atraviesan gran parte del libro.
El lenguaje es, quizás, lo más distintivo. Karakeosian escribe de forma libre, desbordada, con imágenes que a veces rozan lo absurdo. Hay asociaciones inesperadas, frases que parecen no cerrar del todo, pero que generan una atmósfera muy particular. No importa tanto entender cada texto de manera lógica, sino dejarse llevar por lo que provoca.
En ese sentido, “Nunca lo esperé” es un libro más para sentir que para interpretar. Invita a una lectura fragmentaria, sin apuro, donde cada texto puede funcionar como un pequeño impacto emocional o sensorial. Es un libro que juega con el lector, que lo desconcierta, pero también lo seduce con su intensidad.
En definitiva, no hay una historia única, sino muchas pequeñas explosiones de sentido: momentos de amor, deseo, absurdo y melancolía que aparecen y desaparecen, como si el libro entero fuera, justamente, eso que nunca se esperaba pero que, de alguna forma, termina dejando huella.
Para leer, escuchando algún viejo long-play -que ahora les dicen vinilos- de los que Juan escucha todo el tiempo, en La Esquina del Mundo.

