
Cuando uno empieza a recorrer las páginas del libro El destino de la palabra, de Adan Kovacsics (Chile, 1953), tiene la ilusión —o la ingenuidad— de aprender algo sobre el lenguaje, sobre la traducción, sobre literatura. Al final, uno termina con más preguntas que respuestas. Se trata de un libro breve, pocas páginas, pero de una particular profundidad.
Publicado por la editorial Subsuelo, este libro es un curioso ensayo dividido en tres capítulos muy diferentes. No es un tratado académico en el sentido árido del término. Tampoco es un manual para traductores. Es más bien una meditación apasionada —y apasionante— sobre el poder, la fragilidad y la responsabilidad de la palabra.
Kovacsics sabe de lo que habla. Ha traducido a gigantes como Franz Kafka, Karl Kraus o Joseph Roth. Y esas experiencias, esas horas de vuelo, se notan. Traducir, nos sugiere, no es trasladar significados: es sentir el pulso de una lengua y tratar de reproducirlo sin traicionarlo. Es asumir que cada palabra tiene un destino.
El título del libro no es casual. ¿Cuál es el destino de la palabra? ¿Ser pronunciada? ¿Ser comprendida? ¿Ser manipulada? En tiempos donde la palabra circula con vértigo —en titulares estridentes, en redes sociales, en discursos que se deshacen al día siguiente—, Kovacsics nos invita a detenernos. A sospechar. A recordar que el lenguaje no es un instrumento neutro, sino un territorio en disputa.
Hay en este ensayo una defensa casi ética de la precisión. Una reivindicación del matiz. Una advertencia contra la banalización. Y, al mismo tiempo, una celebración de la literatura como espacio donde la palabra encuentra su máxima intensidad. No porque allí todo sea bello, sino porque allí cada término importa.
El libro dialoga con la tradición centroeuropea -donde ha estado radicado muchos años el autor, tras dejar su país de origen- pero no se encierra en ella. En estas páginas hay una preocupación contemporánea: la degradación del discurso público, la inflación verbal, la pérdida de espesor. ¿Qué ocurre cuando las palabras se vacían? ¿Qué pasa cuando “verdad” significa cualquier cosa y “libertad” se usa como consigna sin contenido? ¿Qué pasa cuando las palabras mueren? Kovacsics no grita. No pontifica. Reflexiona. Y en esa reflexión invita.
Leer El destino de la palabra es también reconciliarse con el silencio. Porque el autor nos recuerda —sin solemnidad, pero con firmeza— que hablar implica elegir. Y elegir implica renunciar. Cada vez que decimos algo, dejamos de decir otra cosa. Esa conciencia, que parece mínima, es revolucionaria en una época que premia la acumulación y la velocidad.

El estilo es claro, pero no simplista. Es sereno, pero no tibio. Kovacsics escribe lo que ha pensado largamente. Y esa densidad se agradece. No hay frases de efecto ni fuegos artificiales. Hay, en cambio, una construcción paciente de ideas que nos acompañan mucho después de cerrar el libro. Esto sucede, incluso, cuando se lee la última parte, donde aparentemente, uno cree que se trata de un relato de autoficción.
Tal vez lo más provocador del ensayo sea su defensa de la lentitud, a la manera de Kundera. En un mundo que nos empuja a opinar antes de comprender, a reaccionar antes de leer, este libro propone lo contrario: demorarse. Escuchar. Revisar. Traducir —en el sentido más amplio— lo que creemos entender.
Quien se acerque a estas páginas buscando respuestas definitivas se llevará una sorpresa. Kovacsics no ofrece recetas. Ofrece preguntas. Y las preguntas, cuando están bien formuladas, son más fértiles que cualquier certeza.
Hay también una dimensión moral en este libro. No moralista, sino moral en el sentido profundo del término: ¿qué hacemos con las palabras que heredamos? ¿Cómo las usamos? ¿Qué responsabilidad tenemos cuando escribimos, cuando informamos, cuando opinamos? En tiempos de ruido, esta reflexión es un llamado a la conciencia.
Pero no se asusten: El destino de la palabra no es un libro oscuro ni inaccesible. Es un libro que conversa. Que interpela sin agredir. Que acompaña. Que puede leerse en pequeñas dosis, como quien saborea un café fuerte, o de un tirón, como quien necesita entender algo urgente.
Quizá la mejor manera de describirlo sea decir que es un libro necesario. No porque esté de moda hablar del lenguaje. No porque la traducción haya ganado prestigio. Sino porque estamos rodeados de palabras y, paradójicamente, cada vez pensamos menos en ellas.
Kovacsics nos recuerda que la palabra no es un objeto descartable. Que tiene memoria. Que tiene consecuencias. Que puede construir o destruir. Que puede iluminar o confundir. Y que su destino, en última instancia, depende de nosotros.
En un tiempo de consignas rápidas y frases diseñadas para desaparecer, «autodestruirse en cinco minutos….» (Miisión Imposible dixit), este libro propone algo distinto: que la palabra sea un lugar de encuentro. De reflexión. De resistencia. Leerlo es, de algún modo, volver a confiar en que el lenguaje todavía puede ser un puente. Y eso, hoy, no es poca cosa.
El destino de la palabra. Alan Kovacksis. Ediciones del Subsuelo, 2025. 95 págs.
