
El 26 de julio de 2026, Montevideo amanecía con 10 °C, bajo un cielo nuboso que por momentos se abría, mientras en Dublín faltaban pocos minutos para las once de la mañana. Irlanda atravesaba un mes excepcionalmente cálido, seco y soleado, al punto de que aquel julio terminaría convirtiéndose en uno de los más calurosos desde que existen registros, pero aquella mañana el termómetro marcaba 17 °C. Dos ciudades separadas por un océano y por siglos de historia compartían, sin saberlo, una misma mañana fresca.
Cuando llegamos al puente O’Donovan Rossa, apareció ante nosotros la costa sur del río Liffey. Mientras miraba aquellas aguas tranquilas, imaginaba que diez siglos antes los drakkar vikingos habían surcado el río, con cabezas de dragones y serpientes talladas en las proas para espantar a los espíritus de las nuevas tierras. Aquella flota, obedeciendo las órdenes del rey Sitric Silkenbeard, tenía como propósito levantar una iglesia de madera sobre una loma situada a unos quinientos metros de la costa. Aquella humilde construcción estaba destinada a sobrevivir a sus fundadores y a convertirse, con el paso de los siglos, en la Christ Church Cathedral. Las ciudades tienen esa extraña costumbre: esconder sus comienzos dentro de edificios que, con el tiempo, parecen eternos.
Dejamos atrás el puente y comenzamos a subir por Winetavern Street. Poco a poco, apareció ante nosotros la silueta de la catedral, cuya historia se remontaba al siglo XII, cuando los normandos comenzaron a reconstruirla en piedra.
Pero el edificio que teníamos delante era también hijo de otra época: la gran restauración emprendida en el siglo XIX le había dado buena parte de su actual apariencia neogótica. De la catedral medieval permanecía, casi como un mundo enterrado bajo el edificio visible, la gigantesca cripta, considerada la estructura intacta más antigua de Dublín.
Debajo de nuestros pies dormía el poblado original, aquel que habían conocido los vikingos, los normandos y todos aquellos hombres cuyos nombres se habían perdido, mientras las piedras continuaban allí, obstinadas en recordar.
Al llegar a St Michael’s Hill, nos detuvimos. Sobre la calle se levantaba un covered passageway, un puente elevado y techado que había sido construido a finales del siglo XIX para que los miembros del sínodo y el clero pudieran desplazarse de un edificio al otro protegidos de la nieve dublinesa. Sus arcos de piedra y sus ventanales repetían las formas de ambos edificios y hacían que la catedral y el Synod Hall parecieran formar parte de una misma construcción, como si la primera hubiera extendido uno de sus brazos sobre la calle para alcanzar el actual museo de Dublinia, dedicado a la historia vikinga y medieval de la ciudad.
Contemplando aquel pasaje, escuchamos las campanas de la iglesia.
No era un sonido mecánico, regular, de esos que anuncian la hora. La resonancia era viva, humana; las campanas conversaban entre ellas, cambiando de voz y de ritmo, como si se estuvieran contando una historia que nosotros no comprendíamos.
—A ver, Juanpi, googleá –le dije a mi hijo.
Él buscó en el teléfono.
—Acá dice que podemos estar escuchando “una sesión en vivo de change ringing, toque de campanas con variaciones, ejecutado manualmente por el gremio de campaneros de la catedral”.
—¿Qué más dice?
Juanpi siguió leyendo:
—“El campanario de Christ Church alberga diecinueve campanas de bronce. Cada una requiere que una persona tire físicamente de una cuerda desde el piso inferior. No interpretan una melodía convencional: producen patrones matemáticos complejos, llamados peals o cambios, alterando continuamente el orden en que suenan. La más pequeña pesa alrededor de un cuarto de tonelada y la mayor, el tenor, supera las dos toneladas.”
Después de escuchar aquello, las campanas cambiaron para nosotros. Ya no eran solamente bronces sonoros. Detrás de cada golpe había una persona tirando de una cuerda, una mano obedeciendo a la memoria, un cuerpo entero participando en aquel antiguo ritual. El sonido descendía desde la torre y se extendía por la plaza, haciendo vibrar las piedras y despertando, por un instante, todo aquello que parecía dormido.
Al entrar en la plaza descubrimos que un grupo de turistas japoneses no podía acceder todavía al interior de la iglesia. Las campanas cesaron. Inmediatamente, comenzó a escucharse un coro.
—A ver, Mario, googleá –sugerí a mi otro hijo.
—“Es el Trinity Choir de la Trinity Episcopal Church de Indianápolis. Están realizando una gira de peregrinación musical por Irlanda. Las visitas turísticas ordinarias se reabrirán a partir de las 12:30, cuando termine el servicio religioso… ¡pah, falta una hora y media!”
Una pareja de parroquianos pasó junto a nosotros rumbo a la iglesia. Los seguimos caminando tan juntos que, por un momento, parecíamos una sola familia. Saludaron a la celadora y entraron. La vigilante me miró; señalé a los ancianos que acababan de entrar y le dije:
—My friends.
La pequeña ficción funcionó. Nos dejó pasar al interior de la nave de la catedral.
Cerca de la cúpula, unos cuarenta integrantes del coro cantaban para apenas una veintena de fieles, dispersos por un espacio que podía albergar cerca de quinientas personas sentadas. La escena parecía un sueño: una catedral enorme y casi vacía, unas pocas personas sentadas en silencio y cuarenta voces que llenaban todos los espacios.
La primera sensación fue la de haber dejado atrás el bullicio de Dublín para entrar en un espacio más íntimo, cercano y envolvente. Los arcos, las columnas y las bóvedas parecían reunirse alrededor de nosotros, como si la piedra hubiera aprendido a guardar las voces y los pasos de todos los que habían pasado por allí y ahora mezclara esos recuerdos con la música de un coro estadounidense.
Nos sentamos en la última fila. Los antiguos bancos habían sido sustituidos por elegantes sillas con almohadones rojos, un detalle inesperadamente cálido en medio de aquella severidad de piedra. Bajé la mirada. El suelo de la nave estaba cubierto de mosaicos y azulejos de colores intensos, con dibujos geométricos que contrastaban con la austeridad de los muros. La catedral parecía incapaz de pertenecer a una sola época: había elementos normando, medieval, gótico y mucho de restauración victoriana. La impresión final era la de estar dentro de un edificio que había sobrevivido precisamente porque había sabido transformarse. Christ Church no parecía congelada en una época determinada: había acumulado las épocas sobre sí misma, como un hombre que conserva en la memoria todas las edades que ha vivido. Quizá fuera esa mezcla la que la hacía tan particular de observar: cada objeto guardaba una historia diferente, mientras el conjunto conservaba una atmósfera silenciosa y misteriosa que obligaba a detenerse.
Fue entonces cuando Mariana me tocó el hombro y me señaló hacia atrás.
A pocos metros, sobre la pared, se encontraba una escultura serena y solemne, con las alas extendidas y una larga túnica que le daba un aspecto celestial. ¿Podía tratarse de Vica Pota, la diosa romana que simbolizaba la victoria y la conquista? Debajo de ella se encontraba un busto que a primera vista desconocía, pero que, por la toga romana, con ese aire de los antiguos guerreros, propio del neoclasicismo, representaba sin duda a un militar. La posición de la diosa, extendida sobre él, parecía casi la de una protectora que velaba por su memoria, como si su misión fuera impedir que el tiempo borrara su recuerdo.
Volví entonces la mirada hacia el busto. Seguí el pliegue de la tela sobre su hombro izquierdo y mis ojos se desplazaron apenas unos centímetros, hasta detenerse en la inscripción lateral.
Entonces leí:
“The Capture of MONTE VIDEO in South America”.
Me quedé inmóvil.
Montevideo.
Había entrado en aquella catedral sin buscar nada relacionado con Uruguay y Mariana acababa de encontrar, casi por accidente, una puerta abierta hacia la historia del paisito, a miles de kilómetros.
Desplacé la mirada hacia el otro lado y descubrí el nombre del hombre representado:
Sir Samuel Auchmuty Kt.
Auchmuty había sido uno de los generales británicos más destacados durante las invasiones inglesas al Río de la Plata, y su nombre estaba directamente ligado, en el terreno bélico, a la “Brecha” y a la conquista de Montevideo; en el ámbito cultural, a los auspicios para que en la Banda Oriental se imprimiera el primer periódico: The Southern Star; y, en el ámbito administrativo, a haber sido el primer gobernador británico de la ciudad de Montevideo.
Sentí entonces una extraña cercanía con aquel hombre, a quien hasta unos minutos antes jamás había imaginado encontrar y que, por una de esas casualidades que depara el viaje, había venido a encontrarme allí.
Pensé en mi propia entrada a la catedral.
Había ingresado casi por asalto, aunque mi irrupción fue mucho más inocente que la de Auchmuty: el combate del 3 de febrero de 1807 dejó más de 900 muertos de ambos bandos y casi 800 heridos, mientras el propio general salvó la vida por muy poco, cuando una bala abatió su caballo en plena batalla.
La comparación me hizo sonreír. Dos siglos de distancia, dos hombres distintos, dos maneras de entrar sin invitación a un lugar.
El coro seguía cantando.
Las voces continuaban llenando las bóvedas mientras permanecía frente a aquel monumento. El viaje me había llevado hasta Dublín, pero allí, inesperadamente, Montevideo había salido a mi encuentro, como si hubiera cruzado el océano para recordarme de dónde venía.
No había ido a buscar aquel pedazo de historia. Había estado allí, esperándome desde 1822, en la pared de la catedral.
Y comprendí que algunas historias no necesitan que uno las busque: basta con entrar en un lugar para que salgan a nuestro encuentro.
Supe entonces que tenía que escribirlo, aunque el olvido terminara llevándose la mitad.

