
Las artes han sido desde siempre campo de acción política. Desde la lejana Eneida encargada por Augusto para justificar la filiación mítica de Roma con la Troya de la ilíada, al Guernica de Picasso. Por citar solo dos ejemplos archicélebres. Soy parte de una generación que debe mucho de su formación política a los eventos generados alrededor de las giras de Amnistía Internacional en la década del 80. Década del fin de las dictaduras latinoamericanas, de la denuncia permanente del Apartheid sudafricano, de los eventos masivos que buscanban juntar dinero para paliar en algo las hambrunas brutales que siguen asolando Africa.
“Esta canción fue escrita en una habitación de hotel en Nueva York, por la época en que nuestro amigo Little Steven estaba armando un disco de artistas en contra del Apartheid” dice Bono en la versión en vivo de Silver and Gold incluida en Rattle and Hum. Era 1988, Little Steven es el Steven Van Zandt de la E Street Band, el Silvio Dante de Los Soprano.
“Ellas danzan con los desaparecidos, ellas danzan con los muertos, ellas danzan con amores invisibles, ellas danzan con silenciosa angustia”, recita Ruben Blades en medio de They dance alone, de Sting. El mismo año, U2 cerraba su disco más icónico con Mothers of the dissappeared. Años antes Peter Gabriel había grabado Biko, y el mismo Blades había editadoDesapariciones.
¿Por qué los nombro? Porque junto con artistas como Tracy Chapman o Bruce Springsteen, dos de los retratistas más reconocidos del desencanto del sueño americano que jamás fue para todos, ni mucho menos justo; son quienes solían estar en las giras mundiales de Amnesty International.
Allí anda la lucidez de Bob Dylan, la rebeldía envuelta en humo de ganga de Bob Marley o Peter Tosh, la crítica mordaz teñida de humor de Paul Simon, el espíritu combativo y contagioso de los Clash o los Pistols. De las letras y el origen del blues, las mil formas del samba canción en Brasil, o la enorme obra de quienes cimentaron el canto de raíz folclórica que los nacidos luego de 1950 reconocemos (Yupanqui, Mercedes Sosa, Viglietti, Los Olimareños, Zitarrosa, Quilapayún, por sólo nombrar algunos), podemos hablar otro día. Lo mismo con los músicos de Raros peinados nuevos de las salidas de nuestras dictaduras, De Titás y Paralamas a Estómagos o Traidores, pasando por Los Prisioneros y el infaltable Charly García.
El esquema es sencillo, le cantan a la vida de la gente común y corriente, de carne y hueso, que baila, canta, sufre, yuga la vida entera para llegar a fin de mes, padece todas las injusticias de un capitalismo racista y patriarcal. Retratan vidas, retratan un mundo en que estas vidas pelean un día sí, y otro también por hallar un sentido, un respiro. Ubican al ser en el mundo, el orden social como un cúmulo de dominaciones e injusticias. Denuncian. En ocasiones, como los profetas bíblicos, anuncian un mundo mejor por venir, por construir, por hallar -como si estuviera escondido-. Las diferencias ideológicas sobre el mundo por venir se traducíann en verbos sencillos…
Todos exitosos, todos artistas, o bien masivos, o bien de largas carreras, y de larguísimo recuerdo. Todos han perdurado. Porque todos tuvieron siempre algo que decir. Por eso mismo, cuando tomaban una postura política, salían en una gira en defensa de los DDHH, de denuncia de dictaduras brutales (siempre al sur, siempre financiadas y sostenidas por los EEUU y sus agencias, siempre a favor del extractivismo más salvaje, base del capitalismo del siglo pasado); marcaban un hecho político. Ponían la vida en común y la organización social del trabajo y el reparto de las ganancias en cuestión. Dicho en criollo, además de bailar y cantar, te ponían a pensar. Aunque hubiera que tomarse el trabajo de conseguir letras y traducciones. También así aprendimos que la ciudadanía plena implica tomarse el trabajo de ser ciudadano.
Hubo, hay, habrá siempre una música que es política, y que por ello mismo, cuando se planta, resulta creíble.
Hubo, hay, habrá siempre otra forma de música, que no se atreve jamás a preguntarse por el orden del mundo, que más bien tiende a reforzarlo, que estira y exacerba todos los estereotipos sobre los cuales construimos un orden social injusto. Desde Kiss hasta Led Zeppelin. Desde Carlos Vives o Juanes, hasta Bad Bunny.
Claro que dentro de este grupo de músicos “centrados en la música, alejados de la política” hay excepciones dignas. En 2008, los AC/DC declaraban a la Rolling Stone que no le veían sentido a subir a un escenario como los de LIVE AID o Amnistía Internacional y cantar Highway to hell, o Back in black. Nadie los iba a tomar en serio, y se corría el riesgo de que tampoco se tomara en serio la causa que convocaba un recital masivo que los incluyera. Ruidosos, pero conscientes los reyes de la electricidad.
Hace una semana o dos, todo el mundo habla del valor político de la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl. Y algo me hace un ruido espantoso en las tripas. Un ruido blanco que no deja de atormentarme.
Esta sociedad del espectáculo muestra un especial interés en vendernos como abanderado de la nueva resistencia a un tipo que lo único que ha hecho una y mil veces es recitar con desgano, joyitas de alto vuelo como “…vas a extrañarme cuando abras la cartera y no tengas nada/ cuando él te lo meta y no sientas nada” (Ni bien ni mal, 2018) o “Y yo se lo voy a dar a la hora que sea/ si yo bajo pa’ alla abajo, va a subir la marea” (Perfumito nuevo, 2025). Por solo elegir al azar dos letras de dos discos, el primero y el último.
Si el reggaeton y el trap no son más que un producto aburrido y soso, basado en un ritmo repetitivo, salpicado de voces y acentos que suenan a analfabeto empastillado hasta babear, como la única salida posible para la música de consumo masivo. Un único mundo feliz y posible. Dominación y resistencia en una misma pastillita, servida con bombos, platillos y coreos en un supertazón de mala película de matiné de televisión abierta…
Lo miro, y no lo puedo creer. Mejor dicho. No le puedo creer. Tal vez la persona detrás de Bad Bunny sea hiper honesta en lo que hizo, eso lo sabrá Benito Martínez Ocasio… El artista Bad Bunny, está dando un paso que suena a cálculo para congraciarse con ese trocito del mercado que siempre busca un mínimo de sentido en lo que consume.
La distancia entre su estética de meneo de caderas, perreo, cadenas de oro, gorritas y mujeres que mueren porque el rey de la latinidad se las meta, y una resistencia política a los desbordes autoritarios de un Imperio en franca decadencia, son brutales. Alguna izquierda aplaude como foca en pleno viaje de anfetaminas. Otra izquierda, menos centrada en sumar votos, obsesionada en citar a Adorno y Horkheimer para seguir sonando seria, muestra que el producto portorriqueño, es eso, un producto admitido y festejado porque no tiene ni filos ni asperezas.
No sé si tiene razón una postura u otra. Simplemente siento, como parte de ese enorme mercado que somos todos aunque nos guste creer que no, la urgente necesidad de levantar mi voz -una voz solita y sola, sin pretenciones de representación- para decir que no. No le creo. No compro. El plástico envuelve, brilla y contamina. Paso.
Quizá por eso mismo, cuando veo en redes y en cuanto sitio sea posible, gente de las izquierdas más impensadas festejando “la rebeldía latina en el corazón del imperio”, o a mil reggaetoneros despolitizados señalarme a este nuevo Che Guevara que menea el coolo, me acuerdo de Tabaré Rivero. Como a él, también “a mí me parece que me están jodiendo”x
