Durante varios meses, convocado por el artista plástico y amigo Óscar Larroca, trabajamos en el diseño de una muestra retrospectiva conjunta, de dos grandes artistas, ambos fallecidos, lamentablemente olvidados. Se trata del maragato Nelson Romero (19051-2012) y Jorge Satut (1931-2013). La muestra estaba programada para ser expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNAV), en Montevideo, durante el año 2025. Se seleccionaron las obras, se enmarcaron, se invirtió dinero y se trabajó en un catálogo, con textos curatoriales incluidos. Todo estaba pronto. Solo era celebrar el acontecimiento. Las familias de los artistas estaban contentas, ya que se haría justicia por el reconocimiento a la trayectoria, tanto de Romero como de Satut. Sin embargo, las nuevas autoridades del Museo y de la Dirección de Cultura del MInisterio de Educación y Cultura de Uruguay, no autorizaron la muestra que ya estaba programada, con argumentos vinculados a las orientaciones de la nueva administración. Una pena. Una injusticia más, para con los dos artistas, con el agravante de quienes tomaron la decisión es gente de la cultura. Ojalá se pueda realizar esta exposición en algún momento, en algún otro lugar y se pueda editar el catálogo. Romero y Satut lo merecen. Por todo esto, es que por lo menos, comparto mi texto dedicado a Jorge Satut, que fue un destacado artista plástico, aunque en lo que sigue, resalto su faceta, no menos importante, que fue la de caricaturista de la mítica revista de Cinemateca Uruguaya, el semanario Opinar y El Dedo.

Ilustración y sátira, documentos de la historia
El historiador inglés Francis Haskell, especialista en el análisis de imágenes, escribió sobre la importancia de la caricatura de prensa para el análisis de la historia: “Durante largo tiempo, los historiadores de lo social y lo político han visto a la caricatura moderna y contemporánea como un documento histórico sin autonomía propia, un indicador menor, o anecdótico; una suerte de anexo de la historia de la prensa. Ya no es el caso hoy en día. El trabajo de investigación de los historiadores, basado en fuentes, pasa no solo por los documentos escritos u oficiales, sino también por los documentos ilustrados (grabados, diseños, fotos, filmes y caricaturas)”.
Laurence Van Ypersele, investigadora belga, estudió a la caricatura política como una forma de mirar los acontecimientos políticos a través de la mirada de los otros, y define a la caricatura como “todo dibujo cuyo objetivo es hacer reír por la deformación, la disposición o la manera en que se presenta un tema: ya sea para afirmar una opinión generalmente de orden político o social, mediante la exageración o bien para poner en evidencia una de las características o elementos de un sujeto, sin tener necesariamente por objetivo último provocar la hilaridad.”
“Otro elemento que hace a la caricatura tan singular es que, para que funcione en código de mensaje humorístico, necesita de una cierta complicidad con el lector, pues una viñeta forzosamente contiene una facción de la información respecto de la situación o el personaje aludido. El resto del cuadro es completado por el lector a través de sus emociones mediante la información de contexto que muestra respecto del tema tratado en la imagen. En tal sentido, siempre es un mensaje por completo, y es generalmente en esta adición cuando se produce la química y el efecto humorístico”, escribió el investigador chileno Manuel Gárate Chateau. Y sobre esta complicidad, se puede mencionar al escritor Salman Rushdie, que suele repetir un concepto interesante para definir la relación entre el libro y el lector: “Intimidad entre desconocidos”. En su libro Cuchillo, explica que se trata de “una expresión que he empleado a veces para describir esa cosa jubilosa que acaece en el acto de leer, esa feliz unión de las respectivas vidas interiores de autor y lector.”
En el caso de las caricaturas políticas, en determinados contextos, también podríamos hablar de esa “intimidad entre desconocidos”, porque entre el público y el caricaturista se manejan códigos -la mayoría no escritos- que permiten generar el relato o la idea, la mayoría de las veces sin palabras: el “zapato rojo” de María Julia Muñoz y “el brazo” de Jorge Batlle, en Arotxa; o la figura de Carlos Gardel y las alitas, en Menchi Sábat. Y agrega el chileno: “Desde un punto de vista histórico, la caricatura es también el espejo de una época, pues relata -a su manera- todos los grandes y pequeños acontecimientos de la vida en sociedad, registrando aquello que ha impactado a la opinión pública en un momento del pasado”.
“El caricaturista, en este sentido, a través de sus dibujos anuncia, denuncia o muchas veces simplemente recuerda a los ciudadanos -de una forma risible- sobre temas específicos que son de interés común. En su mayoría, nos encontramos con acontecimientos que se vuelven simplemente imposible de ser tratados en la esfera social, pero la caricatura política constituye una herramienta crítica a la que se le permite decirlo todo sin restricciones de ningún tipo. Toda caricatura política representa y posee una postura ideológica”, escribió la ecuatoriana Fanny Alicia Rodas. Además, “la caricatura, el humor, tienen la particularidad que no necesitan una decodificación: son un lenguaje popular, fácilmente entendible”, dijo el humorista argentino Carlos Loiseau, Caloi.
Si observamos con atención el siglo XX, Uruguay era definido con algo de indulgencia y sobreestima como un país ilustrado bajo varios sinónimos que lo ubicaban por encima de la media del continente en materia cultural, ya sea por su alfabetización, por su producción literaria o sus intelectuales. Para ser una pequeña penillanura suavemente ondulada de tres millones de habitantes, podríamos también agregar un número importante de destacados caricaturistas e ilustradores de prensa que abundaban en una gran variedad de medios impresos. Sin embargo, esta forma de expresión visual no ocupaba los lugares de preferencia en el mundo de las artes plásticas que, con el tiempo, ha integrado con éxito. Este catálogo y esta retrospectiva son una muestra de los cambios que se han generado durante esta cuarta parte del siglo XXI. Por nombrar solo algunos de esos ilustradores, hay que mencionar a Hermenegildo Sábat (abuelo) de la revista Caras y Caretas desde fines del siglo XIX, su nieto y homónimo Hermenegildo Sábat (Menchi), radicado por más de cuarenta años en Buenos Aires, Rodolfo Arotxarena (Arotxa), Fermín Hontou (Ombú), Horacio Guerriero (Hogue), Francisco Graells (Pancho) dibujante en el diario francés Le Monde, Jorge Satut, Domingo Ferreira (Mingo), Pedro Seoane, Leonardo Galeandro, Jorge Centurión (Cent), Julio E. Suárez (Jess), Diógenes Héquet, Guillermo Fernández, Miguel Casalás, Gustavo Serrano, Hugo Barreto, William Ferreira, Ignacio González, Hugo Burel, Pepe Infantozzi, entre otros. Seguramente hay más, allegados muchos de ellos a semanarios y revistas de humor de diferentes momentos del país, sobre todo durante la última dictadura. Justo es decir que las generaciones siguientes de caricaturistas se nuclean, ahora, en grupos digitales y sitios de internet, ya que las publicaciones en papel no abundan.
En ese grupo fermental, creativo, sólido intelectualmente, básicamente autodidacta, con humor y con una técnica puntillosa, se ubica un nombre importante que no tuvo la visibilidad que tuvieron otros artistas y que esta muestra hace justicia: Jorge Satut (1938-2013).
El desfile del dibujante
Los primeros dibujos de Satut que pudimos encontrar son caricaturas realizadas a fines de la década del cincuenta para la revista del Cuadernos del Cine Club Montevideo, publicación dirigida por Antonio J. Grompone y Jorge de Arteaga. Allí aparecen dibujos a tinta negra, con una base de color muy discreta (dado por la impresión serigráfica y no porque el artista lo incluyera) que muestran un estilo definido de trazos firmes, libres, con mucho movimiento. “Terminé descubriendo que tampoco el color era lo que buscaba, Entonces reduje todo al blanco y negro”, explicó en entrevista a Marcha, cuando tenía 33 años.
El trazo paciente y delicado permite conjeturar que Satut realizaba sus dibujos sin prisa, más bien en forma lenta, generando luces y sombras, relieves, pliegues y profundidades con gran técnica, sin perder la esencia del personaje caricaturizado. Este modus operandi lo continuó durante toda su carrera, más allá de los materiales que fue utilizando (pinceles, pluma, plumín, lápices, rapidograf o bolígrafo). Esa será su impronta como ilustrador en las diarios, revistas y semanarios; independiente de su obra plástica, que iría por otros carriles.
Seguramente fue un atento observador de dibujantes de su época, de los cuales extrajo algunos recursos gráficos. Por poner un ejemplo, los pliegues de los trajes en sus caricaturas remiten indiscutiblemente al trazo de Quino. También fueron muy características las formas de las manos, con sus dedos largos y enormes. Impresiona el manejo de luces y sombras, que sólo se explicaría a partir de una formación académica clásica, que no es el caso, porque salvo las visitas esporádicas al taller de Nelson Ramos, como relata en este catálogo Oscar Larroca, “prácticamente autodidacta, ensayó distintos tipos de registros: puntillismo, texturas y fondos realizados con regla “T”, varios tipos de filigranas y superposición de capas con la finalidad de construir delicados tejidos en escalas de grises”.
Ese dato de la regla es interesante, porque si nos acercamos a esas tramas, observaremos una perfección increíble, con líneas que van y vienen, y que lo muestran como dueño de una perseverancia envidiable. A juzgar por algunos testimonios, como decía Rimbaud, con una “ardiente paciencia”.
Insisto: basta mirar con detenimiento y atención los trazos y las tramas que Satut generó en sus dibujos, forjados -seguramente- en muchas horas de estoico trabajo. Ese estilo dista mucho de los trazos libres, abiertos, de su primera etapa. Sin embargo, algunos de los límites de las figuras quedaban sin unir, mientras los humos de los cigarrillos o pipas se extendían hasta romper en el borde de la hoja. Todo ello le daba un aire y un juego de espacios en blanco que combinaba perfectamente con la infinita cantidad de líneas que se entrelazaban. Sus personajes, ya fuera en Opinar o en Cinemateca Revista, se caracterizaron por tener los brazos apoyados en una base imaginaria, lo que le permitía un equilibrio perfecto en el centro de la composición.
En 1977, en la galería de la antigua sede de la Alianza Francesa de Montevideo (en la calle Soriano), Satut realizó la muestra Equis andacalles. Allí se incluyó “una serie de dibujos de 1974, junto a la obra reciente.” En los créditos, aparece el músico y periodista Elbio Rodríguez Barilari como responsable de la ambientación sonora. “Yo tendría unos 22 o 23 años” -recuerda Rodríguez Barilari-. “Como la exposición era un diálogo entre el arte tradicional clásico y la visión de Satut, hice lo mismo. Incorporé fragmentos, citas de piezas musicales del barroco y del período clásico, en medio de una trama electrónica y de sonidos «concretos»: sonidos varios en un gran collage de 45 minutos de duración. Pensamos que era más o menos lo que alguien iba a dedicar a ver la muestra. Y era constante, volvía a comenzar, como un loop eterno, ya que la exposición tampoco tenía un principio o un final determinados. (…) Eran dibujos en tintas de colores, de un enorme virtuosismo. Seguramente me recomendó Rubén Castillo o Jorge Abbondanza. Satut era amigo de ambos. Pero fue una experiencia buenísima. Empecé a ir a su casa en Malvín, a ver los dibujos cuando todavía estaban en proceso. Conversamos mucho, era un tipo de una cultura enorme, y fuimos delineando el concepto. Una vez que tuve las ideas, armé la cinta en lo de Coriún (Aharonián), en el Parque Posadas, cuando recién empezaba a estudiar con él. Fue una gran experiencia e hicimos una gran amistad. Satut era un tipo, como dije, muy culto, con un gran sentido del humor, muy calentón, gran conversador y muy mal hablado, muy «boca sucia» (jajaja), que era una cosa que se estaba poniendo de moda en esa época. Esa amistad la mantuvimos hasta el final. También hice la música para unos videos con dibujos suyos, que no sé a dónde habrán ido a parar.”
En el año 2011, en el programa que se hizo para la muestra Cinecaturas en la Sala Cinemateca de la calle Lorenzo Carnelli 1311, Jorge Abbondanza escribió que “las caricaturas de Jorge Satut son inseparables del resto de su producción dibujística, no sólo porque comparten con ella una fineza expresiva que envuelve la totalidad como un manto, sino porque a lo largo de esa obra personal el denominador común es la agudeza de cada vistazo, la comprensión penetrante de cada rasgo, el ojo clavado en lo que circula por debajo de las apariencias y el trasluz que perfora lo exterior, atravesándolo con la fuerza de lo profundo.” Agrega que “desde hace décadas, la unidad de los trabajos de Satut se ha dado a través de algo más que su virtuosismo o su consumado oficio: ese algo más es la intención de plasmar los contrastes, ironías, dobleces y contradicciones del mundo, empleando para ello la mirada crítica, el distanciamiento razonar y la sagacidad que el artista siempre esgrime en su actitud ante las cosas sustanciales de la vida y que reitera en su faena sobre el papel, que le ha dado un sitio de primera línea en la plástica de este país”.

Al margen de lo que describe en este catálogo, Larroca comentó en una nota en La Pupila, que “su obra se caracterizó por la elaboración rigurosa de una idea (temía desvanecerse en el panfleto) antes de vehicularla con plumines y aguadas a través de un registro cercano al trampantojo: marcos, roturas en los bordes de una cartulina, moscas (el dibujo sobre el dibujo), diarios arrugados, y cinta adhesiva, eran detallados con precisión absoluta. La tinta, debido a su uniformidad, es una técnica más fría que el pastel tiza o el grafito (solo provee de trazos duros, no esfumables), pero el autor igualmente se las ingeniaba, mediante la paciente construcción de una delgada urdimbre de líneas, para extraer la ilusión del brillo, las sombras y los volúmenes en los objetos que elegía como motivos.”

De otro caricaturista -Al Hirschfeld- del que seguramente Satut observó mucho el manejo de la línea y la paciencia del plumín, el dramaturgo Arthur Miller dijo que “ha encontrado, ingeniosamente, un estilo y un rasgo de los que usted nunca es consciente. Inevitablemente, de hecho, hay algo cómico en esto, algo absurdo y, a la vez, algo mortífero, serio, es una combinación: nunca cesa de sorprender y permanentemente nos perturba.” Así también son los dibujos de Jorge Satut. Agrega Larroca: “de los pliegues deformantes de la caricatura extrajo la ironía, y de los umbrales del surrealismo desgajó climas y contrastes literarios. Debido a esa delicada mixtura, su obra se salvó de ser fagocitada por la ilustración convencional. La ironía, además, implicaba disfrute. Un disfrute que ha sido colocado, por momentos, en la misma bolsa de quienes producen una obra epidérmica.”
Opinar y Cinemateca
En noviembre de 1980, el Dr. Enrique Tarigo fundó el semanario Opinar, que, junto a un puñado de publicaciones, se anticiparon a la llamada “época de los semanarios”. El redactor responsable fue Luis Hierro López, quien recuerda los primeros tiempos de esa fundación: “Habíamos logrado reunir un conjunto de intelectuales para acompañar las columnas políticas del semanario; críticos de arte, de teatro y de cine, escritores que analizaban las novedades editoriales y periodistas que compilaban otros temas de interés. Todas esas contribuciones fueron de primer nivel, pero los dibujos y caricaturas de Satut, publicados en la primera página, no sólo fueron notables por sí mismos, sino que también forjaron el carácter de Opinar. Alejandro Bluth, quien estuvo en el diseño y en el ingenio del semanario desde el principio, fue quien propuso su nombre y lo fue a buscar para convencerlo, lo que no le costó nada porque Satut aceptó con entusiasmo. Eso significaba un acto de valentía y de compromiso ciudadano, porque todos sabíamos que participar en la publicación de un semanario opositor era riesgoso en aquellos tiempos de férrea censura. Desde sus primeras caricaturas Satut mostró su genio y su lápiz. Era un gran dibujante, detallista, cuidadoso, preciso. Pero más que esas características de su plástica, lo que importaba era la intención de mostrar una cuestión política más allá de las palabras. Como se sabe, los textos de Opinarbuscaban necesariamente un equilibrio, porque no podíamos decir todo lo que deseábamos, aunque íbamos abriendo rendijas y avanzando todas las semanas y en muchas ocasiones la caricatura de la tapa era más inteligentemente combativa que el propio editorial. Recuerdo una de ellas, muy expresiva, del presidente de facto Aparicio Méndez – quien había hecho una cadena de televisión de tono agraviante – y Satut lo escrachó con un dibujo concentrado en sus arrugas faciales, con suficiente malicia como para destratarlo. El joven periodista Javier Fernández complementaba la caricatura con leyendas igualmente pícaras y aviesas.”

El aludido “joven periodista” Javier Fernández -radicado en Italia- era un veinteañero que se paseaba por la redacción alternando y coordinando la faena del semanario en aquellos primeros números, en un salón pegado a la sala de linotipistas de El País. Recuerda que Satut “pasaba por la redacción y a lo sumo hacía algún bosquejo en lápiz, pero después se iba a la casa a terminar todo con tinta. Era muy detallista y perfeccionista en sus dibujos, como un ilustrador más que un viñetista: Arotxa –que también andaba por la redacción de El País – se pasaba haciendo caricaturas improvisadas en papelitos volantes. Satut no. Junto con Guntín, nuestra labor consistía esencialmente en darle manija: era obviamente muy anti dictadura y no hacía falta motivarlo políticamente, lo que hacía falta era discutir con él acerca de cómo figurar, de manera alegórica, el concepto que había que pasar. No era un cliente fácil, porque pataleaba y discutía, pero tenía un fondo de mala leche (en el mejor sentido de la expresión) al que siempre se podía apelar para recargar su entusiasmo. Le decías ‘Y ahora con ésta lo vamos a escrachar a éste’ y con eso alcanzaba.”
En esa historia, hay un punto culminante que menciona Hierro López. La carátula en la que aparece el presidente de la época, Aparicio Méndez. Fernández recordó que “sin lugar a dudas su mejor dibujo – y uno de los mayores éxitos editoriales de Opinar, en términos de tiraje e impacto – fue el de la tapa de ‘Una despedida a todo color’. Una vez más, alcanzó con explicarle a Satut el concepto del dibujo y a él le salió la hilacha más cáusticamente destructiva: la cara de Aparicio Méndez, su expresión, su ridículo puro en la mano…todo era excelente. A eso se sumaba el chiste de la clave de colores para el dibujo, que fuimos inventando juntos (Guntín, Satut y yo) entre carcajadas. Aún estoy orgulloso de ese ‘blanco oficialista’ de la camisa, porque ésa es mía. Pero obviamente esa portada no gustó mucho al gobierno y por eso los llamaron a declarar a Jefatura a Tarigo (como director), Guntín (como redactor responsable, cargo que había asumido porque Hierro estaba impedido por otra queja judicial por otra tapa que nos había llevado a otro cierre) y Satut. Cuando lo supe me fui al bar de enfrente de la Jefatura a ver si había novedades, y fue allí que uno de los abogados (es posible que uno de ellos fuera Adela Reta, pero no estoy nada seguro) me entregó el dibujito que me mandó Satut, garabateado entre interrogatorios. El mensaje final (‘Aprontate a declarar, que los tres te cagamos’) es la síntesis misma del sentido del humor de Satut: explícitamente cínico e implacable, pero que en realidad escondía un llamado a la camaradería, a la solidaridad. Lo que me estaba diciendo era que no me preocupara demasiado por su situación, y que había tenido suerte que no me agarraran también a mí.”
En cuanto a la temática en general, se puede decir que las caricaturas a personajes políticos -locales e internacionales- y de la cultura, sobre todo del cine, fueron los temas que predominaron en su producción. Otra continuidad, de la cual solo podemos mencionar una sola experiencia, es una tira de humor político para Opinar. Ese personaje fue Don Opi, un sesentón, un uruguayo medio que comentaba la realidad en varios cuadros.
En el trabajo de investigación para esta muestra, también apareció una decena de dibujos acuarelados, coloridos, basados en cuentos de Don Verídico, el personaje creado por Julio César Castro, Juceca, que no se pudimos confirmar si fueron publicados o si formaban parte de algún proyecto más ambicioso.
Podemos definir el estilo de Jorge Satut en su caricatura de prensa, enmarcada en la escuela clásica del género, por técnicas, estilos y principios vinculados a la exageración y a la anamorfosis; es decir, a la deformación de la imagen para ofrecer una perspectiva diferente, sin recurrir necesariamente a una síntesis simplificadora. Se destacan y deforman esos rasgos corporales como brazos y manos, para resaltar la esencia de los personajes, sin perder ser reconocidos. Su trazo es firme, claro y fluido, con las variaciones necesarias para dar sensación de movimiento, claroscuro o pliegues. En la serie de Don Verídico son bien identificables cada uno de los personajes de la “fauna” creada por ese absurdo costumbrista de Juceca.
Por varios motivos que no vienen al caso analizar, son muchos los caricaturistas e ilustradores de prensa que complementan, viran o mutan hacia la pintura. A veces prosiguen con el estilo caricaturesco -es el caso de Satut o gran parte de la producción de Menchi Sábat- y otros se apartan para transitar una estética diferente.
Las pinturas de Satut son chanzas a obras clásicas del arte universal, desde la Gioconda y Carlota Ferreira, pasando por el David o El Pensador. La ironía y la irreverencia son monedas corrientes en esos cuadros porque aparecen elementos de la vida cotidiana: desde una caja de fósforos, un pancho, una botella de vino, el embalaje del papel -roto o atado por una cuerda, nudos con moñita incluidos- o una mosca (clara influencia/homenaje de Peloduro). Irreverente sí, pero de profunda admiración artística a los clásicos.

En sus caricaturas de prensa, óleos o aguadas, Satut desarrolla el trampantojo utilizando la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos para crear una sensación de relieve y una realidad ficticia. Durante los últimos quince años de su vida canalizó su desacato y su sarcasmo hacia los grandes maestros de la pintura. Y no tuvo piedad. Hay, en esta muestra, varios ejemplos de ello.
Sobre fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, acompañó al humorista Jorge Sclavo en la ilustración de los libros Petiso Larrosa Ilustrado (1987), Los bleques del Cuque (1988) Los tangos del Cuque (1990), El quiosco del Cuque (1991), Enciclopaedia Cuquess (Diet) (1992), Los abominables Cuques (1993) y Cuque contraataca (1994).
Tanto Opinar, como publicación iniciática de los semanarios de discusión política, y Cinemateca revista, como hito cultural de los últimos años setenta e inicios de los ochenta, ubicaron a Jorge Satut como un reconocido caricaturista y, posteriormente, como un más que estimable artista plástico. En esa época, llegó a hacer la colorida tapa del número 4 de la revista de humor El Dedo, de noviembre de 1984. Sin embargo obtuvo escasos reconocimientos: Premio “Mención a la Creatividad” (Cámara Uruguaya del Libro, 1987), Premio de dibujo 2do. Concurso Nacional de Artes Gráficas (Club de Grabado de Montevideo, 1987) y Morosoli de Plata en la categoría Humor Gráfico, Caricaturas e Historietas (Fundación Lolita Rubial, 2001).
Ha pasado una docena de años desde la muerte de Satut. Ha tenido que pasar un buen tiempo para la consolidación de la caricatura y la ilustración de prensa en el mundo de las artes visuales. Esfuerzos como “El Dibujazo”, u otras iniciativas de conformación de un movimiento, han resultado de vuelo corto, por muchos motivos. Hoy, en esta exposición, junto al maragato Nelson Romero, que hizo de sus trazos silenciosos su refinada forma de comunicar, se van ubicando en su lugar estos talentos de bajo perfil que no brillaron más, no solamente porque así lo eligieron ellos, sino también por un ambiente cultural que se encandilaba con otras luces.

