Hablar del descubrimiento de Umberto Eco es, para mí, hablar de una experiencia intelectual que fue también una experiencia vital. No porque Eco haya cambiado mi vida en un sentido épico —no hace falta exagerar—, sino porque me enseñó a mirar la cultura con otros ojos. Y eso, cuando ocurre, ya no se deshace.
Mi entrada a Eco fue a comienzos de la década del 80, a través de Apocalípticos e integrados. Llegué a ese libro casi por azar, o por curiosidad, que suele ser una forma más honesta del azar. Recuerdo con nitidez la tapa: en un libro que se suponía “serio”, académico, aparecía Superman. El mismo Superman de las revistas con las que yo me había criado. Esa imagen era, en sí misma, una declaración de principios. Algo estaba diciendo ese autor antes incluso de empezar a leerlo.

El libro era caro. Muy caro. De la editorial Lumen. Y sin embargo, todavía recuerdo que valió cada peso. No solo por el contenido, sino por lo que implicaba: la idea de que la cultura popular —los cómics, la televisión, los productos de masas— merecía ser pensada con el mismo rigor que la alta cultura. Eco no bajaba el nivel para hablar de Superman; elevaba a Superman al terreno del análisis serio. Todavía tengo aquel ejemplar, todo ajado y remendado como una Biblia.
Ahí apareció el primer deslumbramiento. Eco no despreciaba nada. Analizaba. No ironizaba desde arriba; pensaba desde adentro. Y eso, para quienes veníamos formándonos entre lecturas “legítimas” y consumos culturales que parecían culposos, fue una revelación. De pronto, todo podía ser objeto de reflexión: una historieta, una canción popular, una novela policial.
Después pasó lo que quizás nos pasó a muchos: la fascinación se volvió adicción. Uno iba de Eco en Eco. El semiólogo, el medievalista, el ensayista, el novelista. El nombre de la rosa fue otra puerta, distinta pero igualmente potente. Una novela erudita que se leía como un policial. O un policial que obligaba a pensar como un tratado filosófico. Eco demostraba que el placer y la inteligencia no solo podían convivir, sino que se potenciaban.
Con el tiempo entendí que Eco no era solo un autor brillante, sino una actitud frente al conocimiento. Una ética del lector. Eco confiaba en la inteligencia de quien lo leía. No simplificaba, no explicaba de más, no seducía con frases fáciles. Invitaba a trabajar. Y al mismo tiempo, a disfrutar.
Hoy, tantos años después de su muerte, Umberto Eco sigue deslumbrando. No porque esté de moda —de hecho, nunca lo estuvo del todo—, sino porque su obra resiste el paso del tiempo. En una época de lecturas rápidas, de opiniones instantáneas y de certezas ruidosas, Eco sigue proponiendo duda, contexto, complejidad. Sigue recordándonos que entender el mundo requiere paciencia, humor y una buena dosis de curiosidad.
Hace algún tiempo le escuché a una reflexión al escritor español Juan José Millás que decía más o menos que si alguien hoy, en tiempos de tanta corrección política y cancelaciones, lleva a una editorial una primera novela, que transcurre en la Edad Media -año 1327- , donde todo ocurre dentro de una abadía, donde solo actúan hombres que hacen de monjes, que intentan resolver el misterio descubriendo que, en realidad, unas muertes giran alrededor de la existencia de un libro envenenado, un libro que se creía perdido: el segundo libro de la Poética de Aristóteles, seguramente esa editorial echaría a patadas a ese escritor. Pues sí, ese libro fue El nombre de la Rosa, con apostillas y todo. Y con una película que hace honor a la obra magnífica. Con Umberto Eco me pasa como con Woody Allen: son tan brillantes, que les perdono los diferentes niveles de calidad de sus creaciones, porque hay que reconocer, que sus novelas, no llegaron a la estatura de El nombre de la Rosa. No importa: Eco es Eco, el erudito, el críptico, el crítico literario, el semiótico, el escritor, el cascarrabias, el sibarita, el fumador.
Confieso que odio cuando los fanáticos tratar con exagerada familiaridad a los artistas, sobre todo si no los conocen, claro está. Termino estas palabras con un gesto que Umberto Eco odiaría y tras el cual me mandaría a freir espárragos, pero no me importa, por cursi que sea, “Gracias Umberto por todo lo que nos diste. Nos enseñaste que pensar también puede ser un placer.”
- NOTA: El 19 de febrero se recuerdan los diez años de la muerte de Umberto Eco (1932-2016). Gracias a una invitación de Dimitri Papanikas, participé de la maratón que organizó la Fundación Bottega Finzioni y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, para rendirle homenaje al «genio de la invención»: el semiólogo, filósofo, bibliófilo, ensayista y novelista que supo anticiparse a su tiempo e imaginar el mundo que vendría. Eco Eco Eco – A World-Wide Talk for Umberto, se transmitió por los canales de YouTube de la Fundación Umberto Eco y de la Fundación Bottega Finzioni ETS, desde el 18 hasta el 19. Este es el texto base de mi participación en el evento. Para seguir la maraton aquí .
