Tendría alrededor de ocho años cuando mi padre me llevaba a alguno de los tablados del barrio. Entre los actores, destacaba un humorista vestido completamente de blanco y muy histriónico. Lo que más me llamaba la atención era que todos se reían, especialmente los hombres mayores. Ante mi pregunta: «¿Cuál es el chiste?», ellos me respondían: «Cuando seas más grande, vas a entender».
Por supuesto, aquel humorista era Roberto Capablanca. Su estilo, sin embargo, no sería considerado políticamente correcto en los tiempos que corren. Años después, aprovechando la oportunidad de haberlo encontrado —ya de mayor— vendiendo sus revistas en un ómnibus, saqué mi pequeño grabador.
—Don Roberto, es un placer tenerlo. Usted es una leyenda del humor uruguayo y, sin embargo, muchos lo conocen más por su revista en el ómnibus que por su medio siglo de carnaval. ¿Cómo se lleva con esa ironía?
—Pero claro que me llevo bien —respondió Roberto Capablanca—. La gente en la calle es la que te mantiene vivo, no los que te miran desde el palco. ¿Sabés qué pasa? Los cómicos de hoy te hacen reír con luces, sonido y veinte guionistas. Yo te hago reír entre la parada de Propios y Larrañaga, mientras te doy un cambio de diez pesos que no tengo. ¡Eso es un doble mérito!
—Su revista, Varieté, la vendía junto a su esposa Graciela. Muchos se emocionaban al ver a una figura tan histórica haciendo ese trabajo con tanto cariño.
—Gracielita es el ochenta por ciento del negocio. Si yo fuera solo, nadie me compraría. La gente me ve y dice: «Pobre viejo, mirá en lo que terminó». Pero ven a la señora y dicen: «¡Qué pareja! Un aplauso para la compañera». Y aparte, la revista tiene el mejor precio de plaza: es el único medio donde el que la compra no tiene que leerla. Con el ómnibus en movimiento, te leen dos chistes al azar, me dan cincuenta pesos y ya tengo para el café.
—El humor ha cambiado mucho. Usted, que viene de la época de los tablados, la revista y el radioteatro, ¿qué opina del humor de ahora, el de la stand-up comedy?
—(Se ríe fuerte) Por supuesto que cambió. Antes, si no tenías gracia, te tiraban un zapato. Hoy, si no tenés gracia, te dan un micrófono. Es como la milonga: antes era un hombre y una mujer; ahora es un hombre, un micrófono y cuarenta minutos hablando de sus problemas.
—Pero sus chistes, como el del «cuyanito» o las imitaciones de relatores, ¿no eran sencillos?
—Eran sencillos, pero con oficio. Yo salía a hacer veinte tablados en un día. Te puedo asegurar que el chiste que no funcionaba en el primero, lo cambiabas en el segundo y lo pulías en el tercero. Ahora suben el video y, si tiene pocos «me gusta», lo borran y culpan al algoritmo. Antes, si la gente no se reía, te echaban la culpa a vos y tenías que irte caminando, con la cabeza baja.
—Una pregunta de principiante: ¿Qué le diría usted a los jóvenes cómicos que recién empiezan?
—Les diría dos cosas. La primera: que miren un poco más a la gente y un poco menos al espejo. El mejor chiste está en la señora que lleva la bolsa del mandado o en la que duerme con el auricular puesto. Y la segunda… —se acercó con tono de confidencia— …que guarden la plata. Porque un día van a tener que vender revistas en el ómnibus y van a tener que dar cambio.
—Una última, Don Roberto. ¿Alguna vez le aburre hacer reír?
—Jamás. Para aburrirme tengo las cuentas y las rodillas. Para hacer reír tengo la vida entera. Y mientras me suba a un bondi y alguien me diga: «Capablanca, ¿cómo anda, maestro?», ahí sigue el espectáculo.
Aprovecho que estoy en el 156 y me dirijo al Cerrito.
