En una época en la que el éxito empresarial suele asociarse con la inteligencia estratégica y la previsión, la vida de Timothy Dexter parece una broma prolongada. Nacido en 1747 en Massachusetts, con escasa educación y una infancia humilde, Dexter no parecía destinado a la riqueza. Sin embargo, acabaría convirtiéndose en millonario gracias a una combinación casi imposible de intuición, suerte y decisiones que, sobre el papel, eran completamente absurdas.
Su ascenso comenzó de forma relativamente convencional: trabajó desde niño y, tras casarse con una viuda acomodada, pudo abrir su propio negocio. Pero su verdadera fortuna llegó cuando decidió comprar grandes cantidades de moneda continental, una divisa prácticamente sin valor tras la Guerra de Independencia estadounidense. Lo que parecía una inversión ruinosa terminó siendo un golpe maestro cuando el gobierno permitió canjear ese dinero por bonos. Dexter, que había comprado barato, se hizo rico de la noche a la mañana.
A partir de ahí, su carrera se convirtió en una sucesión de decisiones inexplicables… que funcionaban. En una ocasión, sus conocidos le sugirieron —probablemente para burlarse de él— que exportara carbón a Newcastle, una ciudad inglesa famosa precisamente por sus minas de carbón. Contra todo pronóstico, cuando su cargamento llegó, los mineros estaban en huelga, lo que le permitió venderlo con grandes beneficios. En otra ocasión, envió calentadores de cama a las cálidas Indias Occidentales; lejos de fracasar, logró venderlos como cucharones para la industria azucarera.
Pero si sus negocios eran extraños, su personalidad lo era aún más. Obsesionado con el reconocimiento social que nunca logró del todo, Dexter se autoproclamó “Lord Timothy” y construyó una mansión extravagante rodeada de estatuas gigantes de personajes históricos… y de sí mismo. En una de ellas se definía como “el mayor filósofo del mundo occidental”.
Su necesidad de atención alcanzó niveles casi surrealistas cuando decidió organizar su propio funeral en vida para comprobar quién acudiría a llorarle. Miles de personas asistieron al evento, pero Dexter no quedó satisfecho: al parecer, llegó a enfadarse con su esposa por no mostrar suficiente tristeza durante la ceremonia.
Como colofón a su extravagancia, en 1802 publicó un libro titulado A Pickle for the Knowing Ones. La obra, medio autobiografía y medio desahogo personal, es célebre por carecer completamente de puntuación y estar plagada de errores ortográficos. Ante las críticas, Dexter respondió de una forma muy suya: en la siguiente edición añadió una página entera llena de comas, puntos y signos para que los lectores los colocaran “donde quisieran”.
Cuando murió en 1806, dejó tras de sí una fortuna considerable y una reputación difícil de clasificar. Algunos lo consideraban un genio excéntrico; otros, simplemente un hombre afortunado con una mente caótica. Quizá la clave de su historia no esté en elegir una de esas dos versiones, sino en aceptar que, en ocasiones, el éxito no sigue ninguna lógica evidente. Y que, como demostró Timothy Dexter, incluso las peores ideas pueden triunfar si el mundo decide, por alguna razón, ponerse de tu lado.
Delicatessen.uy publica esta nota con expresa autorización del autor. Originalmente aquí
