
Uno podría decir que que los lugares se caminan para conocerlos. También, repetir que si uno se pierde en una ciudad, la puede conocer. Lo que seguramente nadie daría crédito es a la afirmación que una ciudad como Berlín se descubre nadando. Sin embargo es lo que se propuso hacer el escritor argentino Juan Vitulli. No sólo lo probó, sino que lo contó en un libro muy entretenido.
No es una mala solución para alguien que llega a Alemania en pleno invierno de pandemia, sin hablar alemán y con la sensación bastante cierta que las palabras, en lugar de ayudarlo a orientarse, levantan una barrera entre él y el mundo. En Mis piletas alemanas, Vitulli cuenta esa experiencia a partir de una obsesión que, de a poco, deja de parecer extravagante: recorrer las piscinas públicas de Berlín y unirlas mentalmente como si fueran estaciones de una enorme línea de agua. La idea tiene algo de juego infantil y algo de método científico. Pero, sobre todo, tiene mucho de escritor.
Juan Vitulli nació en Rosario en 1975. Estudió Letras y en 2003 se fue a Estados Unidos. Desde 2007 vive en South Bend, Indiana, donde enseña Literatura Española en la Universidad de Notre Dame y se dedica, entre otras cosas, a estudiar el Barroco. Es decir, lleva años viviendo en lugares que no son el lugar de donde salió. Él mismo ha llamado a lo que escribe “literatura argentina de Indiana”. En su caso, la distancia no parece ser solamente geográfica: es también una manera de mirar.
Quizá por eso Berlín aparece en este libro de una forma bastante distinta a la de las guías de viaje. No están las postales habituales. O están, pero corridas de lugar. La ciudad aparece en sus piscinas, en los vestuarios, en las normas, en los viejos que nadan despacio, en los guardavidas, en los cuerpos que comparten un espacio sin necesidad de hablar demasiado.
Y ahí está una de las claves del libro que conocí gracias a la recomendación de mi admirada amiga Hinde Pomeraniec. Mientras uno acompaña a Vitulli de piscina en piscina es difícil no acordarse de El nadador, el extraordinario cuento que John Cheever publicó en The New Yorker en 1964. Allí, Neddy Merrill contempla las piscinas de sus vecinos y decide regresar a su casa nadando a través de ellas. Las imagina como un río, al que bautiza Lucinda, el nombre de su mujer. Lo que empieza como una ocurrencia luminosa de una tarde de verano va convirtiéndose, piscina tras piscina, en algo bastante más inquietante. El paisaje cambia, el tiempo parece trastornarse y aquel hombre seguro de sí mismo comienza a descubrir que el mundo que creía conocer ya no es exactamente el mismo.

La relación con Mis piletas alemanas es tentadora, aunque los libros naden hacia lugares diferentes. Cheever inventa un río privado atravesando piscinas particulares de los suburbios estadounidenses; Vitulli imagina una corriente que une las piletas públicas de Berlín. En ambos casos hay algo hermoso en el disparate: espacios de agua que no se comunican terminan formando un territorio porque alguien decide comunicarlos. Y el nadador, al recorrerlos, no atraviesa solamente una geografía. Se atraviesa a sí mismo. En Cheever, el viaje va adquiriendo la forma de una revelación amarga; en Vitulli, es una manera de acercarse a una ciudad que todavía no puede comprender mediante las palabras.
El cuento de Cheever tuvo además una adaptación cinematográfica notable: The Swimmer, estrenada en 1968, dirigida inicialmente por Frank Perry y protagonizada por Burt Lancaster. Es una de esas películas extrañas que parecen sencillas hasta que uno advierte que algo se ha torcido casi sin avisar. Lancaster atraviesa jardines y piscinas con una vitalidad que poco a poco empieza a resquebrajarse. El verano luminoso del comienzo se vuelve otra cosa. La película conserva esa cualidad perturbadora del cuento: mientras el protagonista nada hacia su casa, nosotros empezamos a sospechar que en realidad está nadando hacia una verdad que preferiría no encontrar.
Pensé varias veces en Cheever y en aquella película mientras leía a Vitulli, que de. hecho lo menciona. Tal vez porque los buenos libros convocan otros libros y algunas imágenes terminan conversando aunque hayan nacido con décadas y continentes de distancia. Una piscina es apenas una piscina hasta que un escritor decide que puede conducir a la siguiente. Entonces aparece un río que no figura en ningún mapa. Cheever lo encontró en los jardines de la clase acomodada estadounidense. Vitulli, muchos años después, encuentra el suyo en Berlín.
Hay que nadar. Y punto. Vitulli encuentra en esa actividad repetitiva -y por momentos obsesiva- una forma de ordenar los días. Brazada tras brazada, largo tras largo, el tiempo vuelve a tener alguna medida. Afuera está la pandemia, el invierno, una ciudad extraña. Adentro, el agua, el movimiento y una rutina.
El tipo encontró que nadar es también una manera de traducir. Por eso el libro funciona mejor cuando deja de hablar de las piscinas y empieza a hablar de todo lo que aparece alrededor de ellas. Porque cada pileta termina siendo una pequeña puerta de entrada a Berlín. Una lleva a la arquitectura, otra a la historia, otra a los hábitos de sus habitantes. Y algunas conducen, inevitablemente, hacia los fantasmas de la ciudad.
Está, por ejemplo, la piscina olímpica vinculada con los Juegos de Berlín de 1936, aquellos organizados por el régimen nazi. Allí aparece también Jeanette Campbell, la nadadora argentina que obtuvo la medalla de plata. Un dato que podría haber quedado reducido a una curiosidad histórica, pero que en el libro adquiere otra dimensión. Porque Berlín es una ciudad en la que el pasado no desaparece simplemente porque hayan pasado los años.
Vitulli lo mira todo con cierta distancia y bastante humor. No necesita ponerse solemne para hablar del extranjero, del desarraigo, de la historia o de la lengua. Le alcanza con observar. Hay algo muy argentino en esa mirada del que llega de afuera y compara todo con algo que conoce, aunque después descubra que la comparación no sirve demasiado.
También hay algo profundamente humano en el proyecto de unir piscinas que, en realidad, no están unidas por nada. Quizá todos hacemos algo parecido cuando llegamos a un lugar desconocido. Buscamos pequeñas referencias para armar un mapa propio. Una cafetería. Una esquina. Una persona. Una librería. Una rutina. Vitulli encuentra sus referencias en las piscinas. Y con ellas arma una Berlín personal. Estoy escribiendo esta nota en Ottawa, en Canadá, y les puedo asegurar que tengo mi circuito, mi mapa imaginario armado.
El libro tiene además una curiosidad que dice mucho sobre su autor: Vitulli escribe, enseña, lee y nada todos los días. No parece casual que esas actividades terminen mezclándose. El profesor que estudia textos antiguos, el escritor que observa el presente y el nadador que repite movimientos terminan siendo la misma persona.
En Mis piletas alemanas, escribir y nadar se parecen bastante. En los dos casos hay que avanzar sin saber exactamente dónde termina el recorrido. Y quizá sea esa la mejor manera de leer este libro. No como una guía de Berlín ni como un diario de viaje convencional, sino como el registro de alguien que intenta encontrar un lugar propio en una ciudad ajena. Un extranjero que no entiende la lengua pero empieza a entender otras cosas.
Porque a veces pertenecer a un lugar no consiste en hablar como los que nacieron allí. A veces alcanza con saber dónde queda la piscina.
MIS PILETAS ALEMANAS Juan Vitulli. Bulk editores. 126 págs.
