
Todos los años me dirijo a Roma y allí, junto a mis amigos masones, homenajeamos en Campo dei Fiori la memoria del librepensador Giordano Bruno. Este año la concurrencia fue masiva, pues se cumplían 400 años de su muerte en la hoguera. Frente a su monumento experimento, como siempre, la misma sensación, la de que el filósofo nos está mirando y no nos cree.
Me retiro a mi hotel, cercano a Campo dei Fiori, acompañado en mis pensamientos por aquel napolitano que fue excomulgado por las iglesias católica, luterana y calvinista. Tras un día tan intenso, solo me espera el sueño. Es allí donde me encuentro con el filósofo, un hombre de poca estatura. Aprovecho la oportunidad, me acerco para pedirle permiso para una entrevista, saco mi pequeño grabador y le pregunto:
—¿Cuál es la principal acusación de sus inquisidores?
—Lo que más les molesta es mi aseveración de que el Universo es infinito y con una multiplicidad de mundos, rechazando por consiguiente la idea de un cosmos estático y geocéntrico que la Iglesia rescata de Aristóteles. También, el haber dañado la fe clerical al concebir que Dios es todo el Universo y no una persona.
—¿Sus poemas parecen haber sido el detonante de estas acusaciones?
—Sí, es cierto. Estos fueron publicados en latín en Fráncfort y les dolió porque ridiculice, mediante la sátira, las creencias supersticiosas de la Iglesia.
(Mis recuerdos vuelan a una entrevista que le hice al artista español Francisco de Goya siglos más tarde, quien fue amonestado por la Iglesia por su serie de aguafuertes «Los Caprichos», en la que también satirizaba las supersticiones eclesiásticas).
—¿Con esos pensamientos usted se acerca a la filosofía de la Cábala judía?
—Sí, he estudiado esta filosofía y su desarrollo en el tiempo. Me acerco con sus ideas al período actual, pero niego la reencarnación de las almas.
—¿Cómo se dejó apresar, teniendo usted tantos conocidos y amigos en otros países por los que ha viajado, como Francia, Inglaterra, Suiza y Alemania?
Regresé a Italia a instancia de Giovanni Mocenigo, un noble veneciano que se convirtió en mi protector y para quien impartí clases particulares. Al poco tiempo de residir en Venecia, “ mi amigo “me entregó a la Santa Inquisición.
—¿De qué manera piensa que en el año 2000 el teólogo Rino Fisichella, nombrado por Juan Pablo II como auxiliar de Roma, explicó el hecho de que usted no haya sido rehabilitado como lo hicieron con Galileo?
—Seguramente la causa que expone el obispo es la misma que la de la Santa Inquisición: «la falta de fe», demostrando una vez más que el dogmatismo religioso puede más que la tolerancia. Repetirán que cada religión tiene su doctrina, sus propios textos sagrados y sus propias reglas. En resumen, nada ha cambiado desde el siglo XVI.
A Giordano Bruno lo mantuvieron cautivo en el Palacio del Santo Oficio en el Vaticano durante siete años. A este hombre, que se inició como dominico, se le adjudicaron cargos de blasfemia, herejía e inmoralidad; principalmente por sus enseñanzas sobre otros sistemas solares y sobre la infinitud del Universo, fue condenado por el papa Clemente VIII y por el tribunal del Santo Oficio a morir en la hoguera.
Una idea me persigue: quiénes podrían ser los inquisidores y herejes contemporáneos. La respuesta inmediata apunta a la burguesía y al Estado, que tienen como enemigos a quienes no cumplen con un horario de trabajo determinado. A los que consumen solo lo imprescindible, a los que no viven comiendo para comerse a otros, a los que no piensan en las jerarquías, a aquellos para quienes el tiempo no es oro, a los que no creen que la libertad de expresión tiene límites, a los que no hacen valer sus palabras en el mercado, a los que no compiten para estar en la gloria, a los antibelicistas… En fin, la lista es larga.
A mi regreso de Italia me llevo algunas palabras de Giordano Bruno y las hago mías: «Cada individuo es un universo».
Por suerte, veo el ómnibus 156 en la Via del Corso, le doy alcance y me dirijo al Cerrito.
*Publicado en el año 2000 en el periódico Liberación, de la ciudad de Malmö.
