En forma muy arriesgada podría afirmar que hay inventos cuya utilidad consiste en no servir para nada. La montaña rusa es uno de ellos. No transporta pasajeros hacia ningún destino, no acorta caminos, no mejora la productividad de un país ni aparece en los indicadores económicos. Está ahí para cumplir una misión algo más ambiciosa: hacer creer, durante un minuto, que el mundo perdió el equilibrio y cada uno de los pasajeros de los carritos, está en el centro de ese instante morboso. Así que, en el fondo, la montaña rusa no deja de ser una genialidad que entretiene y, por eso, hay que celebrar.
Después de siglos empeñada en domesticar la naturaleza, la humanidad inventó una máquina para volver a sentir el miedo y desafiar tangencialmente, la ley de la gravedad. Y no cualquier miedo. El más primitivo, el que hace que el estómago se quede unos metros atrás mientras el cuerpo sigue avanzando y y los ojos, o cerrados a cal y canto o abiertos como dos huevos duros.
Las mejores montañas rusas del mundo nacieron para exagerar, como verdaderos monumentos a la desmesura. Cada una quiso ser más alta que la anterior, más rápida, más empinada, más desafiante. El negocio consistió siempre en el vértigo que producía.
Quien sube a una montaña rusa en algún parque internacional, no compra una entrada para comprobar que todo seguirá igual, sino que la compra con la ilusión de perder el eje, el control.
Quizás por todas estas cavilaciones, en mis caminatas matinales de domingo, por varias semanas, al bordear la nueva construcción, me quedaba pensando, más de la cuenta, cuando vi la nueva montaña rusa del Parque Rodó. Y no porque esté mal hecha o porque sea fea, porque no entiendo nada de máquinas de este tipo. Ni siquiera porque sea pequeña, aunque, para decirlo con honestidad, parece enana.
Lo que llama la atención es otra cosa. Da la impresión de que fue concebida por una cultura que mantiene una relación prudente con las alturas. Como si antes de dibujar el primer boceto alguien hubiera preguntado: «¿Y no será demasiado?». Da la sensación que es una montaña rusa que parece pedir permiso para ser una montaña rusa.
Entonces recordé aquella definición que repetimos de memoria en la escuela y no sé si todavía se reitera: Uruguay, «una penillanura suavemente ondulada», sin grandes accidentes geográficos. Durante años creí que era apenas un dato geográfico. Con el tiempo empecé a sospechar que también era una definición antropológica.No tenemos montañas. No tenemos precipicios. No tenemos gargantas del diablo, ni nada parecido, apenas tenemos algunas cuchillas. El paisaje nunca necesita levantar la voz. Sube un poco. Baja otro poco. El punto más alto de toda la superficie, es el Cerro Catedral, también conocido como Cerro Cordillera a 513,66 metros sobre el nivel del mar, ubicado en Maldonado La nueva montaña rusa del parque Rodó parece haber entendido perfectamente esa tradición y no fue construida sobre una penillanura, sino que parece que le pusimos rieles a la mismísima penillanura.
El semiólogo e investigador Fernando Andacht escribió hace años sobre el país de la medianía. No hablaba de mediocridad, sino de una forma muy uruguaya de pararse frente al mundo. Desconfiamos de los extremos. Del éxito demasiado ruidoso y también del fracaso espectacular. Nos sentimos razonablemente cómodos en esa zona donde las cosas funcionan, sin deslumbrar ni derrumbarse. Como esos equipos que terminan el campeonato en mitad de tabla, sin grandes sobresaltos, sin pelear el descenso, pero muy lejos de ganar la tabla anual, y mucho menos pretender agrandar la vitrina de la sede. Son equipos que, sin quejarse, permanecen. Y hasta encuentran una cierta dignidad en esa permanencia. Pienso, y quizás hasta yo mismo, tenía esa conducta de media tabla, por ejemplo durante la secundaria. Nunca ni buenas ni malas notas, mitad de tabla. Y nadie se quejaba.
Hay algo de eso en esta montaña rusa. No pretende romper récords. No busca competir con Orlando, con Madrid ni con ningún parque temático del mundo. Parece conformarse con cumplir. Con ofrecer una emoción administrada. Un vértigo en cuotas. Como si incluso la adrenalina tuviera que ajustarse a un criterio de razonabilidad. Un compañero del canal me hizo un chiste “me subì mareado a la montaña rusa del Parque Rodó y me mejoré”.
En definitiva, da la sensación que, como los dueños se terminan pareciendo a sus mascotas, los países también terminan pareciéndose a los juegos que construyen.
Estados Unidos fabrica montañas rusas que desafían la gravedad. Dubái las hace competir con el cielo. Nosotros construimos una que parece conversar, casi en un susurro, con la gravedad, para no incomodarla.
Pero, ¿saben una cosa? Creo que sería injusto reírse, porque en esa modestia también hay una forma de honestidad. No promete cambiarle la vida a nadie. No vende la experiencia más extrema del continente. No necesita inflar las cifras para justificar su existencia. Simplemente está ahí. Como tantas cosas en Uruguay. Quizá por eso terminó pareciéndome una metáfora bastante más profunda de lo que imaginaba.
Cada domingo de mañana, cuando la bordeo, creo estar mirando algo más que un juego mecánico y, sin embargo, creo que empiezo a ver un país. Un país donde las alturas siempre generan desconfianza. Donde el perfil bajo se considera una virtud. Donde el entusiasmo excesivo despierta sospechas. Donde todavía repetimos, casi con orgullo, aquello de que somos una penillanura suavemente ondulada, como si la geografía hubiera terminado moldeando también nuestro carácter.
Entonces aparece inevitablemente Juan Carlos Onetti. En El astillero no importaba tanto la utilidad del lugar como la persistencia de su nombre. Las cosas seguían existiendo sostenidas por la memoria, por la costumbre, por una especie de melancolía compartida.
Mientras miraba la nueva montaña rusa pensé que tal vez ocurriera algo parecido. Quizá no haga falta que una montaña rusa provoque verdadero vértigo para seguir llamándose montaña rusa. Alcanza con conservar la promesa, con la que insinúa la caída. Como un ejercicio de nostalgia, recordar que el miedo formó, alguna vez, parte de ese juego.
No sé cómo le está yendo al nuevo juego. Ojalá le vaya muy bien y sea una de las atracciones del Parque Rodó. Pero lo cierto es que quienes se suben a cada carrito sobre esos rieles relucientes, siguen haciendo la fila con una mezcla de ilusión y resignación, convencidos de que, al menos esa vez, el corazón se anime a subir un poco más alto que el paisaje.
