La novela histórica La cabeza de Goya, del escritor español Miguel Barrero (Oviedo, 1980), nace de una falta. De una falta tan insólita como real: cuando los restos del genial pintor y grabador Francisco de Goya (1746-1828) fueron exhumados en Burdeos para ser trasladados a España, el cadáver apareció sin cabeza. Si señor, de-ca-pi-ta-do. A partir de ese hecho, documentado y misterioso, Barrero construye uno de esos libros difíciles de clasificar, pero que son muy de su estilo, a juzgar por las novelas anteriores, con un estilo que a Miguel parece que le saliera muy fácil y que uno no se cansa de recomendar.
Como digo, he leído varios de sus libros anteriores. Una vez más, lo primero que sorprende es que el autor no se deja seducir por la tentación del thriller histórico. El material lo permitiría. Hay una desaparición, una investigación, teorías extravagantes, burocracias incomprensibles y personajes que parecen salidos de una novela de aventuras. Sin embargo, Barrero elige otro camino. Más pausado. Más literario. Más inteligente. No busca tanto resolver el enigma como comprender qué significa.
Porque la cabeza perdida de Goya termina convirtiéndose en algo más que un hecho curioso de la historia española. Barrero la transforma en una metáfora. La de un país que muchas veces ha tratado con desidia a sus artistas. La de una nación que parece llegar siempre tarde a reconocer a quienes la hicieron grande. La de una memoria colectiva llena de olvidos, descuidos y contradicciones. Una realidad que nos puede parecer, desde Uruguay tan lejana, pero que es tanto o más frecuente. Esto de las injusticias y los olvidos, sumado a algunas mezquindades, no mide ni tiene fronteras.
Barrero se mueve con soltura entre la crónica histórica, el ensayo y la narración. En una entrevista en la radio, que se emite en estos días, lo conversamos detalladamente. Lo que hace, lo hace sin exhibicionismos, con una prosa limpia y elegante que transmite la sensación de que detrás de cada página hubo horas de archivos, lecturas y búsquedas. Pero nunca pesa la documentación como si fuese una tesis académica. Nunca se convierte en una demostración erudita. Al contrario. Los datos aparecen integrados en el relato con naturalidad, al servicio de una historia que avanza impulsada por la curiosidad.

Y qué poderosa resulta esa curiosidad. El lector se descubre acompañando al autor por cementerios, despachos diplomáticos, cartas olvidadas y documentos del siglo XIX. Cada hallazgo abre una nueva pregunta. Cada respuesta conduce a otro misterio. La lectura produce una sensación parecida a la de caminar por un museo después del horario de cierre: sabemos que estamos rodeados de historia, pero también de fantasmas.
En ese recorrido emerge un Goya menos monumental y más humano. El exiliado, el anciano, el hombre que abandona España y termina sus días en Burdeos lejos de la Corte, de los cortesanos y de los honores y de los lugares donde había construido su leyenda. La novela —o el ensayo, o la investigación literaria, porque ninguna etiqueta parece suficiente— recupera también esa dimensión íntima del artista.
Hay algo profundamente goyesco en el procedimiento de Barrero. Del mismo modo que el pintor fue capaz de mirar debajo de las apariencias y descubrir las sombras de su tiempo, el escritor utiliza el misterio del cráneo desaparecido para observar aquello que suele permanecer oculto: la relación conflictiva entre la cultura y el poder, entre la memoria y el olvido, entre la gloria póstuma y la indiferencia cotidiana.
Quizás por eso el libro deja una impresión que va más allá de la anécdota histórica. Al terminarlo, la pregunta ya no es quién se llevó la cabeza de Goya. Tampoco dónde terminó. Lo que permanece es otra inquietud más profunda: por qué seguimos necesitando este tipo de relatos para entender quiénes somos.
En apenas ciento cuarenta páginas, Barrero consigue algo poco frecuente. Convierte una curiosidad histórica en una reflexión sobre la identidad de un país. Y lo hace sin solemnidad, sin discursos grandilocuentes y sin caer en las trampas de la novela histórica convencional. Su apuesta es la de la inteligencia narrativa. La de confiar en que los hechos, cuando están bien contados, poseen una fuerza propia.
La cabeza de Goya es un libro breve, pero de largo aliento. Es uno de esos textos al terminarlos nos queda un sabor de boca agradable, pero con un dejo de querer saber más. Es como buscar en los cuadros del mismísimo Goya, lo que el artista no pintó, las historias que están antes, durante y después de la figura que está en el lienzo. Como rastrear lo no dicho, lo no contado. Transitar otros misterios. Parece que esta falta, la de una cabeza en un cuerpo decapitado, sirve para contar la historia de un país y de su tiempo.
La cabeza de Goya, Miguel Barrero. Colección Los libros de la Falsa. 140 págs. Xordica Editorial, 2026. Web.
