Hay una idea que suele repetirse en el periodismo y que también sirve para la literatura: no hay temas buenos ni malos. Lo que importa es cómo se cuentan. A veces una gran historia nace de algo pequeño, casi insignificante. De un detalle doméstico, de una escena mínima. Cuando alguien tiene buen ojo para mirar —y oído para escuchar— esas pequeñas cosas terminan convirtiéndose en cuentos, novelas o películas. Un ejemplo de esto es Historias mínimas (2002), del director argentino Carlos Sorín. Allí, tres relatos simples, casi cotidianos, alcanzan para construir un mundo entero.
Algo de ese espíritu aparece en la escritura de Virginia Higa (1983). Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y, como tantos escritores, ha pasado por varios oficios vinculados al mundo editorial: traducciones, lectura de originales, correcciones. Un recorrido bastante frecuente para quienes se mueven entre libros. En su historia personal hay además una mezcla interesante: raíces italianas por un lado, japonesas por otro. Pero más allá de la biografía , lo que nos convoca es una novela que gira alrededor de una familia de inmigrantes y de un plato de pasta que, para los rioplatenses, ya es casi patrimonio: los sorrentinos.

La novela Los sorrentinos fue publicada en 2018. La historia nos lleva hacia atrás, más de cien años, cuando un grupo de inmigrantes llegó, desde Sorrento, a la ciudad argentina de Mar del Plata. Como tantas otras familias que cruzaron el océano en busca de futuro, empezaron con lo que pudieron. Primero un hotel bastante modesto, apenas con lo necesario para sobrevivir. Después apareció la trattoria, cerca de la playa, y allí comenzó a tomar forma algo distinto.
Hasta ese momento podría ser la típica historia inmigrante: trabajo duro, familia numerosa, negocio que crece de a poco. Pero en esa cocina marplatense sucedió algo que vuelve a esta historia más sabrosa: según la tradición familiar que recoge la novela, allí habrían nacido los sorrentinos.
El relato gira alrededor de la vida de esa familia y, sobre todo, de un personaje que parece salido de una película italiana: Chiche Vespolini. Está inspirado en un tío de la autora, aunque la literatura seguramente le fue agregando algunos condimentos. Chiche termina heredando el restaurante familiar y se convierte en el alma de ese pequeño universo donde pasan muchas cosas: discusiones entre parientes, romances algo desprolijos, clientes que con el tiempo se vuelven parte del paisaje, competidores gastronómicos y reconciliaciones que llegan justo a tiempo.
La trattoria funciona como el centro de gravedad del relato. Por su puerta entran y salen cocineros, mozos, primos, proveedores que opinan aunque nadie les pregunte, veraneantes que llegan con arena en los pies. A veces el ambiente es caótico, otras entrañable. En medio de ese movimiento cotidiano aparece —casi sin proponérselo— la historia del plato que termina dando título a la novela.
Según ese relato familiar, los sorrentinos nacieron allí como una variante arriesgada de la pasta rellena italiana. Más grandes que los ravioles y redondos, con rellenos generosos —jamón y queso en la versión que terminó imponiéndose— y con ese aire de invento improvisado que muchas veces es el que mejor funciona. Primero fue una idea del restaurante. Después empezaron a pedirlos más clientes. Más tarde aparecieron en otros menús. Y el resto es parte de la historia gastronómica del Río de la Plata.
Pero el libro no busca explicar recetas ni convertirse en un tratado culinario. Lo que le interesa a Higa es otra cosa: la vida que se mueve alrededor de ese plato. Las frases que una familia repite durante décadas. Las discusiones que, con el tiempo, se vuelven anécdotas. Las pequeñas mitologías domésticas.
La novela tiene algo muy reconocible para quienes han escuchado historias de familias italianas: mucho humor, voces que se superponen, discusiones que parecen tragedias en el momento y que años después se recuerdan entre risas.
Higa, además, tiene una mirada muy atenta a los detalles. No intenta construir una gran epopeya migratoria ni una historia solemne. Prefiere quedarse en lo pequeño: un gesto, una frase, un rasgo de carácter que termina definiendo a alguien mejor que cualquier biografía completa.
En ese sentido, Los sorrentinos funciona como una especie de caja de recuerdos. Un intento de ordenar historias que durante años circularon en la memoria familiar. La autora toma esas voces, les suma imaginación, las acomoda en el relato y construye una narración que se mueve en ese territorio siempre difuso entre lo que realmente ocurrió y lo que se recuerda que ocurrió.
En el libro, sí, está la historia del plato. Pero lo que permanece es otra cosa: el retrato de un clan, de una época y de una manera muy italiana —y bastante rioplatense también— de vivir. Comer, discutir, hablar fuerte, volver a sentarse a la mesa.
Después de leer la novela, los sorrentinos dejan de ser simplemente una pasta rellena. Pasan a ser también una historia. Y alguien tuvo la buena idea de escribirla antes de que se perdiera.
Manual para comer pasta
En la novela aparece, además, algo así como la pequeña filosofía gastronómica de Chiche Vespolini. Para él, comer pasta no es un gesto automático. Tiene algo de ritual.
Primero: respeto por el plato.
En la trattoria familiar la pasta no es cualquier comida. Es el centro de la mesa. Por eso Chiche mira con desconfianza al comensal que empieza a revolver el plato apenas llega. La pasta —dice— se mira primero, se huele, se deja descansar un instante.
Segundo: el tenedor alcanza.
Ni cuchillo ni cuchara. Cortar una pasta rellena le parece casi un sacrilegio. La gracia está en tomarla entera con el tenedor y llevarla así a la boca. Si se rompe, se rompió. Pero no se la corta antes.
Tercero: cuidado con el queso.
Chiche acepta el queso rallado, claro. Pero cree que debe acompañar, no tapar. Cuando alguien convierte el plato en una montaña blanca siente que todo el trabajo de la cocina desaparece.
Cuarto: comer sin apuro.
Para Chiche la pasta está ligada a la conversación. No es un plato que se devora en silencio. Se come hablando, discutiendo, contando historias.
A Chiche le gusta mirar la reacción de los comensales. Que comenten el relleno, que levanten el tenedor y lo observen un segundo antes de probar.

