
Un día en la vida de Clarita, es la nueva novela de la escritora y periodista española Rosa Montero. El recurso narrativo no es nuevo —comprimir una existencia en las horas de una sola jornada tiene ilustres antecedentes en la literatura—, pero en manos de Montero tiene un giro propio. Clarita es una empleada bancaria que lleva treinta años haciendo lo mismo: ser precisa, invisible, ocupar el mínimo espacio posible en un mundo que hace tiempo dejó de mirarla. La novela la encuentra en su último día de trabajo antes de jubilarse, ese umbral que para muchos debería ser un alivio y que para ella se parece más a un abismo sin nombre. Es como estar en un pretil, como acertadamente invoca la portada del libro editado por Alfaguara
Ahí está el primer gancho, y es un gancho que duele un poco: ¿qué pasa cuando una vida entera se organizó alrededor de la rutina, y de golpe la rutina se termina? Montero no es una autora que tema mirar de frente la incomodidad. Todo lo contrario: la ha convertido en materia prima a lo largo de una obra que empezó con Crónica del desamor en 1979 y que no ha dejado de crecer desde entonces, pasando por libros tan distintos entre sí como La hija del Caníbal, La ridícula idea de no volver a verte o, más recientemente, El peligro de estar cuerda y Animales difíciles.
Lo que vuelve interesante a Clarita no es solo su situación —jubilarse, quedarse sin lugar— sino lo que representa: esa clase muy específica de invisibilidad que, según cuenta la propia sinopsis del libro, afecta particularmente a las mujeres en ciertas etapas de la vida. No hace falta buscar demasiado alrededor para reconocer a Claritas reales: mujeres que sostuvieron sistemas enteros con una discreción casi heroica y que un día se dan cuenta de que nadie las va a extrañar, o peor, de que nadie las vio nunca del todo. Aunque también creo que hay pobres y aburridas trayectorias masculinas que entran en esa categoría.

Pero algo inesperado interrumpe esa jornada que debía transcurrir entre despedidas tibias y humillaciones de rutina. Un suceso obliga a Clarita a reaccionar, a tomar decisiones que jamás se hubiera imaginado tomando. Y ahí aparece el segundo tema fuerte del libro: la rebelión tardía, esa idea tan reconfortante como incómoda de que nunca es demasiado tarde para desafiar las reglas que uno mismo ayudó a sostener durante toda una vida.
Rosa Montero, ganadora del Premio Nacional de las Letras Españolas, ha construido buena parte de su prestigio precisamente ahí: en personajes que empiezan sometidos a un orden y terminan cuestionándolo, sin golpes de efecto baratos, con una mezcla de ironía, intriga y una empatía que —según ha señalado la crítica internacional— no le tiembla ni siquiera cuando entra en los territorios más extraños de la psicología humana. En Sábado Sarandi, ella me comentaba la seducción por el tema del poder, desde el más institucional, hasta el más casero, el de los vínculos personales.
Estamos ante una novela corta y de un buen ritmo —apenas ciento cuarenta y cuatro páginas—, lo cual, lejos de ser una limitación, es justamente su fortaleza. Montero tiene el oficio de quien lleva casi medio siglo escribiendo: sabe cuándo estirar una escena y cuándo cortarla en seco, sabe que la tensión/acción no necesita quinientas páginas para sostenerse si está bien armada. Es un libro que se lee de corrido, sin pausas, como esas tardes en las que uno se sienta a leer «un rato» y termina el libro sin darse cuenta.
Hay algo más: Clarita no es un símbolo abstracto ni una excusa para hablar de un tema super profundo. Es una persona con sus manías, su soledad, su precisión casi obsesiva, y eso es lo que hace que uno quiera acompañarla en su único día de revolución silenciosa. Montero ha dicho, en distintas entrevistas a lo largo de su carrera, que le interesan las emociones y los impulsos más extremos, y todo indica que Clarita es un típico personaje de Rosa.
Un día en la vida de Clarita no se lee como quien mira una vida ajena desde la vereda de enfrente. Se lee como quien camina al lado de Clarita, testigo de cada gesto minúsculo que durante treinta años nadie se molestó en ver.
Por eso el consejo, más que la reseña, es una invitación: no lea este libro de lejos. Déjese arrastrar por ese único día como si fuera el suyo también. Vibre con el silencio de la oficina, el peso exacto de la rutina, el instante preciso en que algo se quiebra y Clarita —y con ella, un poco Ud también— decide que ya no alcanza con ser invisible. Rosa Montero no escribió una novela para que la mire: la escribió para que la habite. Sea observador atento de este día, o mejor todavía, anímese a ser su coprotagonista. Clarita se lo merece, y Ud. también.

