«La comida puede no ser la respuesta a todo, pero merece la pena intentarlo.»
Anthony Bourdain
Hay una frase que escuché o leí, vaya uno a saber, hace muchos años y que vuelve cuando me siento a escribir estas líneas: la cultura es la conversación que una sociedad mantiene consigo misma. Me gusta pensar que, diez años después, Delicatessen.uy nació, sin saberlo, con ese espíritu.
Hace diez años apareció con entusiasmo, incertidumbre y con más preguntas que respuestas. Nadie podía asegurar cuánto iba a durar. En internet abundan los comienzos y lo difícil son las permanencias. Diez años después, henos aquí. Y eso merece un brindis. Pero, sobre todo, merece un agradecimiento.
Siempre imaginé este sitio como una mesa. Una mesa larga, como las del taller de mi abuelo, en San José, donde se reunía un gran familión y donde llegaban primos y parientes de lejos a alguna celebración especial. De esas mesas donde caben amigos de toda la vida y personas que llegan por primera vez. Donde nadie pregunta demasiado de dónde viene el otro. Basta venir con buen rollo y con ganas de compartir. En una mesa se habla de libros, de teatro, de música, de cine, entre tantas otras cosas. Se recomienda un restaurante escondido en una calle de Montevideo o en España, o cualquier otra parte del mundo, o una pequeña trattoria en un pueblo italiano o vaya a saber uno en qué comarca. Se comparte una receta heredada de una abuela o la emoción de haber descubierto un museo que nadie registraba en las guías. Se discute, se discrepa, se aprende. Porque conversar no es pensar igual. Conversar es aceptar que alguien puede ayudarnos a mirar mejor.
Vivimos tiempos en los que parecería que todo debe resolverse en ciento y pocos caracteres, en una sentencia definitiva o en una opinión lanzada con apuro. Cada vez hay menos tiempo para escuchar. Menos paciencia para el matiz. Menos disposición para cambiar de idea. Quizá por eso Delicatessen.uy sigue teniendo sentido. Porque aquí nadie está obligado a tener razón. Nos alcanza con tener curiosidad.
Y si hay una palabra que resume estos diez años, esa palabra es generosidad. La generosidad de quienes escriben. La de quienes leen. La de quienes envían un mensaje diciendo «leí esta nota y pensé que podía interesarles». La de quien recomienda un autor desconocido. La de quien dedica horas a escribir un artículo que nunca será medido por la cantidad de clics, sino por la posibilidad de despertar una emoción o una pregunta en alguien.
Este sitio se alimenta de personas extraordinarias. Colaboradores repartidos por distintos países, con profesiones, edades y experiencias muy diferentes. Gente inteligente, sí, pero, sobre todo, gente inquieta. Personas que todavía se sorprenden. Que siguen entrando a una librería con la ilusión de encontrar ese libro inesperado, que disfrutan una comida bien regada por ricos vinos o que son conscientes que un viaje empieza mucho antes de subir a un avión y continúa bastante después de regresar. Cada uno escribe desde su lugar en el mundo, pero todos parecen compartir una misma convicción: la cultura no es un adorno; es una forma de vivir.
Me han preguntado cuál es el secreto para sostener un proyecto durante tanto tiempo, igual que el programa de radio, Sábado Sarandí. La verdad es que no lo sé. O sí. Quizá el secreto sea no sentirse nunca dueño del proyecto. Delicatessen dejó de pertenecerme hace mucho. Hoy pertenece a quienes esperan una nueva nota cada mañana. A quienes encuentran una recomendación que termina convirtiéndose en un libro de cabecera. A quienes descubren un restaurante gracias a una crónica. A quienes preparan un viaje después de leer la experiencia de otro. A quienes llegan buscando una entrevista y terminan quedándose para leer algo completamente distinto. Y también pertenece a quienes jamás escribieron un comentario, pero nos acompañan desde el silencio. Los lectores silenciosos existen. Son muchos. Y también construyen este lugar.
Hay otra satisfacción que nunca imaginé cuando comenzó esta aventura: los amigos.
Porque Delicatessen.uy ha servido para hacer amigos. Amigos verdaderos. Personas que primero fueron un nombre al pie de un correo electrónico o de un comentario y que después terminaron compartiendo una mesa, un café, una presentación de un libro o un abrazo. No deja de ser maravilloso que un sitio dedicado a la gastronomía, la cultura y los viajes termine produciendo uno de los bienes más escasos de este tiempo: vínculos.
Con Delicatessen.uy procuramos ser un poco más tolerantes, más curiosos, más sensibles. Nunca aspiramos a ser un sitio de consumo rápido. Un espacio donde pensar juntos. Un lugar donde recordar que la buena vida no depende necesariamente de grandes lujos. Muchas veces alcanza con pequeños y mínimos detalles.
Durante estos diez años hubo aciertos y también errores. Hubo momentos luminosos y otros más difíciles. Incluso hubo inconvenientes técnicos que hicieron desaparecer algunas notas, vaya uno a saber por qué rincón de la inmensidad digital estarán navegando. Las extrañamos, claro. Pero también entendimos que ningún archivo vale más que la voluntad de seguir escribiendo.
También estos diez años nos enseñaron el valor de los cambios. No siempre son cómodos, pero muchas veces son necesarios. Mirando hacia atrás, cada decisión que implicó modificar el rumbo terminó haciéndonos mejores. Más libres, más felices, más fieles a la idea original de este espacio. Hay cambios que no se entienden cuando suceden; cobran sentido con el tiempo.
Hoy Delicatessen.uy respira un aire renovado. Se trata de un espacio abierto para quienes llegan con honestidad, generosidad y auténticas ganas de compartir. Con el tiempo entendimos que los lugares no se llenan de gente, sino que llenan de buenas compañías. Y eso cambia todo. Cuando las conversaciones son genuinas y las puertas permanecen abiertas para los buenos amigos, el camino no solo se disfruta más, también vale mucho más la pena.
Porque esto es, en definitiva, Delicatessen.uy: mientras haya alguien dispuesto a acercarse con una historia, una lectura, un viaje, un vino, una receta o simplemente una buena pregunta, seguiremos poniendo los platos sobre la mesa. Después de todo, las mejores sobremesas no tienen fin.
