No hay caso: cada vez que aparecen algunas películas en el cable la miro de nuevo. Una y otra vez, casi que indefinidamente: la saga de Búsqueda implacable, por ejemplo, El informe pelícano o, y esta es el tema de esta nota, Ratatouille. No importa cuántas veces la pasen, siempre hay un momento en que uno se queda, como si la pantalla se renovara cada vez en París y al misterio de los sabores.
Hay varios niveles posibles para analizar la película. Y uno de ellos, que especialmente me interesa compartir aquí, es el de los aromas. Ese instante en que un olor —apenas un hilo de vapor— nos devuelve a un tiempo que creíamos perdido, pero que permanece en nuestra memoria, en algún misterioso lugar, como en un disco duro. No es nostalgia, exactamente. Es otra cosa. Es un sacudón íntimo, una certeza: seguimos siendo, en parte de lo que fuimos. Un guiso, un pan recién hecho, una fruta cortada en la cocina de la infancia. Y de pronto todo vuelve, casi que sin pedir permiso. El aroma a café en las mañana es una de las señales más fuertes.
Inevitablemente aparece Marcel Proust y en aquella escena de En busca del tiempo perdido donde una simple magdalena mojada en té abre una compuerta secreta de la memoria. No es el objeto en sí: es lo que despierta en uno. La literatura lo explica con palabras y Ratatouille lo traduce en imágenes. El crítico gastronómico Anton Ego, severo, rígido y mordaz, se derrumba frente a un plato humilde como si hubiera mordido su propia infancia. En ese gesto hay un eco proustiano que lo lleva en un increíble flashback a su niñez.

La película se estrenó en 2007, ganó el Óscar a Mejor Película de Animación y, con los años, se volvió algo más que un clásico: una referencia cultural, sobre todo en el mundo de la cuisine. Detrás de su aparente simpleza hubo un trabajo obsesivo por el detalle. Brad Bird no quiso hacer una fábula simpática sobre una rata cocinera: quiso que la cocina fuera creíble. Y dicen los que saben, que hay un gran rigor gastronómico. Para eso convocaron al chef Thomas Keller, uno de los grandes nombres del ambiente, responsable de restaurantes como The French Laundry. Keller asesoró al equipo de Pixar para que cada gesto —cómo se corta, cómo se emplata, cómo se ordena una cocina— tuviera fuera absolutamente verosímil.
Y esa verdad se nota. En el mundo gastronómico, Ratatouille es una rareza: una película que los cocineros respetan. No es común. Muchas veces el cine simplifica, exagera o romantiza de más. Aquí hay romanticismo, sí, pero también rigor. La presión del servicio, la jerarquía en la cocina, el vértigo de los platos que salen y vuelven, el orgullo y la fragilidad del oficio: todo está ahí.
Incluso el temido crítico, Anton Ego, tiene algo de homenaje a esa figura tan influyente en la historia de la gastronomía francesa, aunque en nuestro país también supimos conocer a alguno. Pero, volviendo a esa regresión, ese instante, sobre todo encarna un momento universal: el del primer bocado que desarma. Cuando prueba el plato y, sin quererlo, vuelve a su infancia. No evalúa, no juzga: recuerda, siente. Y en ese recuerdo se humaniza. Para muchos chefs, esa escena es una de las más honestas que el cine ha dado sobre el acto de comer: la memoria como ingrediente secreto.
Y hay otro detalle que suele mencionarse en cocinas y escuelas: el plato final. No es una versión sofisticada y pretenciosa del ratatouille, sino una reinterpretación elegante de un guiso campesino. Es decir, la película no traiciona el espíritu de la receta. Lo eleva sin negarlo. Algo que en gastronomía es casi una filosofía: respetar el origen.
Por eso, con el tiempo, Ratatouille se ganó un lugar inesperado. Se la proyecta en escuelas de cocina. Se la cita en clases. Se la recuerda en brigadas reales cuando alguien dice que no puede. Porque hay una frase que quedó flotando más allá del cine: “Cualquiera puede cocinar”. No significa que todos vayan a ser grandes chefs. Significa que el talento puede aparecer donde nadie lo espera. Y que el trabajo, la curiosidad y el coraje hacen el resto.
Quizás por eso la película resulta tan cercana. Porque todos tenemos un ratatouille guardado en algún rincón de la memoria. Un plato simple, humilde, que no necesita explicaciones. Algo que no impresiona, pero que abraza. Y a veces, alcanza con un aroma —como el de aquellas magdalenas— para que el tiempo, por un instante, deje de correr. En tiempos de velocidad, de recetas rápidas y pantallas que se multiplican, Ratatouille propone otra cosa: detenerse. Cortar despacio. Oler. Probar. Equivocarse. Volver a empezar. Cocinar como quien escribe: con paciencia, con intuición, con amor y una pizca de riesgo.
Y al final, como en toda buena historia, queda el deseo de intentarlo en casa. No para ser chefs, ni críticos, ni ratas con aspiraciones, sino para recuperar ese gesto mínimo de hacer algo con las manos y compartirlo.
Ratatouille (la receta)
Ingredientes
1 berenjena
1 zucchini
1 morrón rojo
1 morrón amarillo
2 tomates maduros
1 cebolla
2 dientes de ajo
Aceite de oliva
Sal, pimienta
Tomillo o hierbas a gusto
Preparación
Cortar la berenjena, el zucchini y los tomates en rodajas finas.
Picar la cebolla y el ajo, y rehogarlos en una sartén con aceite de oliva hasta que estén transparentes.
Agregar los morrones en tiras y cocinar unos minutos más.
Volcar esta base en una fuente para horno.
Disponer encima, alternando, las rodajas de verduras formando una especie de espiral o fila prolija.
Salpimentar, agregar tomillo y un hilo de aceite de oliva.
Cubrir con papel aluminio y llevar a horno medio (180 °C) durante unos 40 minutos.
Destapar y dejar unos 10-15 minutos más para que se dore apenas.
Servir caliente.
