Desde hace un tiempo circula una consigna que pretende ser amable y, sospecho que bienintencionada, aunque a veces tengo mis dudas, pero por lo mismo, resulta peligrosa: autoridades y dirigentes de diferentes sectores, partidos, colores y organizaciones, que no se preocupan, sino que se ocupan, de tal o cual problema. La frase suena moderna, práctica, y hasta casi terapéutica, pero siento que se trata de una simplificación grosera del lenguaje, por lo tanto, del pensamiento. Es como si preocuparse fuera un vicio o un problema y ocuparse, una virtud superior. Como si una cosa cancelara a la otra.
Creo que esto no es así. Preocuparse no es quedarse paralizado. Preocuparse es anticipar, pensar, advertir riesgos, formular hipótesis, sentir que algo importa. Es una actividad intelectual y hasta emocional imprescindible. Sin preocupación no hay planificación, no hay prevención, no hay responsabilidad, no hay compromiso. Un médico se preocupa por un diagnóstico; un periodista se preocupa por la veracidad de una fuente; los padres se preocupan por sus hijos; y así infinitamente. Pretender borrar este verbo del diccionario de acciones y emociones es una forma torpe de promover la despreocupación.
La moda de sustituir preocuparse por ocuparse responde a esta cultura que hoy nos invade, de la acción inmediata, del “hacer algo ya y ahora”, de un optimismo obligatorio y necesario. Desde la ignorancia, se quiere transmitir como que la reflexión fuera una pérdida de tiempo, o la inacción, un defecto de carácter. Pero muchas veces la acción sin preocupación es mero activismo ciego, gesto vacío, solución improvisada. Primero se piensa, luego se actúa. Primero uno se preocupa, después se ocupa.
Acabo de leer un libro removedor* que me trajo varios conceptos sobre el lenguaje y que no es inocente. Cuando matamos las palabras, matamos los matices. Y cuando matamos los matices, empobrecemos el pensamiento. Preocuparse es una forma de cuidado, es una alarma interna que nos recuerda que algo importa, que algo puede salir mal. Es algo que merece atención. No es resignación ni catastrofismo: es lucidez.
Decir “yo no me preocupo, me ocupo” suena heroico, pero muchas veces es una coartada. Una manera de evitar la incomodidad de pensar, de aceptar la fragilidad de las cosas, de reconocer que no todo depende de la voluntad. Ocuparse sin preocuparse es como manejar sin mirar el tablero: puede salir bien, pero también puede terminar en choque.
No se trata de glorificar la angustia ni de vivir en estado de alarma permanente. Se trata de aceptar que la preocupación es una herramienta, es una brújula, un tránsito necesario, también emocionalmente.
Por si no queda claro, esta nota es una reivindicación del verbo sin complejos: preocuparse está bien, es humano y es necesario. Y es el primer paso para ocuparse de verdad.
* Adan Kovacsics. El destino de la palabra. Ediciones del Subsuelo, 2025
