La mala costumbre es la primera novela de Alana S. Portero y precisamente la autora de la portada, Roberta Marrero, la definió como un “brillante, siniestro, poético y callejero debut literario”.
Cuando se lee La mala costumbre puede parecer en un principio que se está ante una historia párvula, la de una niña trans en un barrio deprimido de Madrid. Pero la sensación es de estar ante un viaje mítico, un viaje del héroe que genera una conexión emocional; los personajes hablan de frente a los lectores y eso ayuda a empatizar. Con tintes de tragedia griega, con muchos clímax dramáticos, la protagonista sabe que tiene responsabilidad en la suerte que corre, y por ello reflexiona y acepta su destino.
Escrita en primera persona, la autora ha pensado esta obra como un poema onírico, con imágenes sugerentes que funcionan como transcripciones de sentimientos y deseos cambiantes, distorsionados, vividos en la fantasía. La protagonista atraviesa situaciones muy difíciles pero siempre encuentra a esa persona que la impulsa para seguir adelante.
Realmente es una novela de crecimiento de una chica de barrio; una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar. Un relato femenino, trans y obrero que rompe con ese nicho de novela LGTB. No es necesario ser una mujer trans para empatizar con los personajes de esta obra y hasta con el barrio obrero, de la periferia. Se nota que está escrita con el corazón y con las tripas, pero de manera muy reflexionada.
Para escribir esta obra, Alana S. Portero se inspira en sus propias experiencias, en lo que conoce, para tratar con profundidad un tema difícil de encontrar en la literatura al uso. Lejos de ser una autobiografía o lo que hoy llamamos autoficción, la autora defiende el derecho a la ficción y a la universalidad – Hay mimbres de mi vida, pero no es mi historia -. No sólo está lo trans, también está Madrid, el barrio y la clase obrera. Alana ha sabido mirar con profundidad la vida de las personas que habitan esos espacios en una época concreta, los años 80 y 90 del pasado siglo XX, y las dificultades por encontrar su lugar en el mundo. Edificios identitarios, agotadoras actividades laborales, la epidemia de las jeringuillas en los parques y el olor de los pucheros que trasciende las cocinas del barrio mientras una niña crece atrapada en un mundo masculino, que sabe que no es el que le corresponde.

Hay un elemento muy claro que es la importancia que la autora da al lenguaje de lo simbólico: ¿Cómo se comunica una familia que está deseando comunicarse pero no sabe cómo hacerlo? En la familia hay mucho amor, pero faltan los recursos lingüísticos necesarios para hablar de cuestiones como la identidad; es una característica de la época. Hay silencios, hay soledad, pero el hogar es un lugar seguro. Utiliza el recurso de lo cotidiano para darle certezas a la protagonista; una manera de decirle que hay un mañana. Utiliza la comida, el techo, la ropa como refugio. Las necesidades primarias están cubiertas. Por eso el imperativo de esa comunidad, esa otra familia que, más que ser “la familia elegida”, es la ampliación de la propia familia, que ayuda a descubrir y comprender, y también a sufrir y superar.
Dentro del andamiaje formal de la novela, hay un juego muy interesante, que es el de las contraposiciones, los mundos enfrentados, los dos mundos de la protagonista: el mundo de la realidad, que es el mundo de los orígenes, del barrio, de la familia, que se desarrolla más durante el día, tiene una prosa más realista, más costumbrista, es un mundo más material. Y luego está el mundo del deseo, de la aspiración, del sueño, de la noche, del centro de la ciudad, que se escribe con un lenguaje más lírico, que es el mundo de la ensoñación. Utiliza un lenguaje diferente para cada uno de sus mundos. Deja claro que la realidad, o sea, el mundo material, donde tiene que vivir, no es siempre lo verdadero. Los espejos están muy presentes en la novela. Las contraposiciones son constantes y poco sutiles; es una manera de insistir conscientemente.
La mala costumbre es una novela de gran belleza. Alana viene del teatro y la poesía y eso se nota. La prosa poética y la claridad de las imágenes, tan fáciles de ver, de imaginar, y esa especie de realismo mágico con el que ha impregnado a los personajes de la novela, imágenes mitológicas que alternan con referentes de la cultura pop que seducen y emocionan al lector. – Cuando careces de otras herramientas, tienes que mantener conversaciones con los recursos que tienes a mano. Si no tienes nadie a quien contárselo, cuéntaselo a Madonna. Y seguro que en alguna canción te responde. – Es una historia de mujeres muy diferentes entre sí que han sido marginadas y rechazadas por algo que no ha gustado a la sociedad y hace justicia social con todas ellas, y lo hace desde el humor.
El libro tiene una dosis equilibrada de ternura y crudeza. No te hunde en un sofá, sino que te contagia las ganas de comprender radicalmente al mundo y a las personas. El cuerpo está muy presente; todo sucede en el cuerpo; todo se piensa desde la carne. Hay mucho pozo de sentimiento. Están los cuidados. Está la sororidad. Y están las malas costumbres de no ver lo que tenemos delante, de ignorar las señales, de mirar hacia otro lado, de no saber comunicarnos y de interpretar antes de preguntar; la mala costumbre de sucumbir ante el miedo.
Alana ha conseguido ese equilibrio entre la calidad literaria y la comprensión del lector, que no siempre van de la mano. Es un libro para todas las personas que quieran leerlo. No es necesario tener un bagaje importante de lecturas para entenderlo. Consigue la empatía total en el lector que se engancha desde el principio y que, a pesar de la dureza del argumento, el lector siente esa necesidad de llegar al final para conocer el desenlace y que, a pesar de que el ritmo decae en algún momento, consigue recuperarlo con más fuerza hacia el final y deja en el lector ese poso de libro completo.
Alana S. Portero (Madrid, 1978) es una escritora, poeta, dramaturga y directora escénica que escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+ con un enfoque concreto en la realidad de las mujeres trans. Ha sido galardonada con el XIX Premio Dulce Chacón de Narrativa Española y el Premio de Literatura Almudena Grandes en la modalidad de ficción 2024, entre otros, por su obra La mala costumbre.
