
En 1985 salía a la calle el primer disco de Laura Canoura, “Esa Tristeza”. En realidad se trataba de su de su primer disco solista. Canoura ya había grabado con Rumbo y su voz había aparecido en placas y colaboraciones de diferentes músicos uruguayos.
El trabajo contaba con la producción de Jaime Roos y el repertorio, cuidado especialmente para la voz de la cantante, variaba entre el rock y el pop, entre la balada, la milonga y el son. Los temas habían sido seleccionados de manera minuciosa del repertorio de diversos cantautores rioplatenses e incluía algunos inéditos cedidos para la placa. Quizá, con ese disco, Laura Canoura inauguraba –amén de algunas composiciones propias que irían apareciendo en el camino- el rol de intérprete en el panorama de la música pop uruguaya.
En el folklore, el tango, el carnaval, el rol de intérprete de canciones ya estaba consolidado. En cambio el pop de nuestro país nunca contó con grandes referentes de la interpretación. Es decir, de aquellos cantantes que logran entrar en el universo de una canción ajena, habitarlo, revolver cada una de las notas y las palabras y hacerla suya dejando una marca. Pero ese fue el camino más enjoyado de la carrera de Canoura: interpretar las cosas que ha cantado como si descifrara códigos antiguos, develara un lenguaje nuevo e hiciera de eso –en general ya existente- una novedad.
Muchas de las obras de Mauricio Ubal, Jaime Roos, Jorge Galemire o Estela Magnone son clásicos en la voz de Laura más que en la de sus autores. Ese es el relámpago de un buen intérprete, apropiarse de una canción así como un buen personaje se apropia de su autor (“Martín Fierro y su José Hernández”, dijo Borges en alguna conferencia).
De la misma manera en que ha sabido elegir canciones y repertorios para desarmarlos y quedarse allí para siempre, Canoura ha sabido elegir géneros y músicos. Un buen intérprete siempre está rodeado de buenos colegas que recomponen la obra junto con el cantor. Y desde aquel primer disco de 1985 sus inquietudes han sido tan variadas como sus músicos de cabecera. Ha pasado por el bolero, la balada, el tango o el folklore. Incursionó en el repertorio de Piaf o en el de Joni Mitchel. Compuso obras de gran popularidad, también. Todo esto mientras hacía clanes y duplas con Bernardo Aguerre, Jorge Nocetti, Sebastián Larrosa, Gustavo Etchenique, Cono Castro, Néstor Vaz, Andrés Bedó, Matías Romero, Hugo Fattoruso, Estela Magnone, Julio Cobelli, Carlos Gómez, entre otros fundamentales de nuestra música local.
Pero lo cierto es que a Laura Canoura la ha perseguido un aura troileana. Nunca parece irse y siempre está llegando. Nadie podrá decir que se fue de tal o cual barrio en pentagramas. Cuando parece que hace un disco de pop, hay un bolero en medio, cuando de folklore, una obra nueva, cuando va hacia el tango también pone letra, y así. La calidad de su carrera se basan en un avance espiralado, en un eterno retorno pero hacia adelante.
Y así sucede con su nuevo disco, “La mariposa monarca”.
A cuarenta años de “Esa tristeza”, cuando corrieron muchas canciones bajo el puente –y sobre el puente también-, “La mariposa monarca” es una novedad y es la misma fórmula que la de su primera placa solista.
Desde hace un par de años, Canoura investiga e incursiona en una serie de canciones uruguayas, sobre todo de colegas mujeres contemporáneas. Ha seleccionado, ha probado y ha elegido. El resultado es un disco de rock-pop que no abandona ninguna arista, que no quiere que lo clasifiquen aunque bien se puede (como acabo de hacerlo), y que nos pinta el trabajo arduo en un oficio, interpretar.
Como una médium de voces del más acá, el disco está formado por algunas de las mejores canciones de Ana Prada, Samantha Navarro, Maia Castro, Vera Sienra, Julieta Rada, Carmen Pi, además de obras propias, poemas y un cierre avant la lettre junto a Luciano Supervielle, interpretando una canción del pianista.
Pruebas al canto de la recreación que se logra en cada tema es que no solamente las armonías están revisitadas por la banda que dirige Juan Pablo Chapital –nuevo jefe de clan-, sino que también las melodías que Canoura hace con la voz pueden diferir de las originales, haciendo, realmente, un palimpsesto cantado. Una escritura sobre otra escritura.
El disco, breve pero explosivo, llega con reminiscencias de evangelio recordando que las canciones no solo son para efusivos momentos de desahogo, se puede ir hacia atrás buscando repertorio para seguir cantando. Tal es así, que algunas de las canciones elegidas han salido mejor paradas en este disco que en las versiones originales.
Joyas logradas en esta producción: “Puntos cardinales”, de Carmen Pi a dúo con Ricardo Mollo; “Tierra adentro” de Ana Prada en colaboración con la gran Nadia Larcher; “Qué pasa con estos humanos” de Vera Sienra –una de nuestras mejores cantautoras-, y el clásico de Samantha Navarro, “El mar en un andén”, que ya ha sido versionada y siempre suena como lo que es, una canción sin fisuras, perfecta. Aquí revive en tiempo de milonga rock, a lo Dino.
La producción del disco, hecha en Buenos Aires, es de Ernesto Snajer y realmente hay un trabajo muy fino en cada sonido. El disco de Laura Canoura, su voz, vuelan con alas de seis cuerdas. Así es su mariposa.
