
Un sabor de la infancia
Torrejas.
Una manía confesable
No sé si es confesable pero acá voy: abandonar los libros unas 20 páginas antes de que se terminen.
Un amuleto
Una mariposa que pegó mi sobrina en mi chelo cuando era niña. Y ahí sigue.
El último libro que leí
Lazos de familia, de Clarice Lispector.
Una película que me marcó
El viaje de Chihiro.
Algo que evito
Ir a lugares de los que no pueda irme por mis propios medios.
Si pudiera volver a empezar sería
Siempre se puede volver a empezar.
Un lugar para vivir
Mi casa.
Un lugar para volver
El lago Atitlán.
Una materia pendiente
Tocar en la sección de vientos de Juan Luis Guerra.
Un acontecimiento que cambió mi vida
Ir al IAVA.
El escritor definitivo
¿Definitivo?
Algo que jamás usaría
La tortura y el sometimiento.
La última vez que pensé “tierra, trágame”
Por suerte no lo recuerdo. Mi memoria selectiva es maravillosa.
El lugar más feo del mundo
No quiero ni pensar.
Una rutina placentera
Desayunar tranquila, de preferencia al aire libre.
Me aburre
La gente que no escucha.
Una extravagancia gastronómica que frecuento
Ponerle peras a la carbonada criolla.
Una canción que aún me conmueve
El jingle de Varig que pasaban en la tele en las vísperas de las fiestas.
Un restaurante que nunca falla
Raíz.
Algo que cambiaría si pudiera.
Eliminaría los teléfonos celulares. No sabemos usarlos en nuestro beneficio. Creo que seríamos más felices sin ellos.
El valor humano que más admiro
La nobleza de espíritu.
Una última palabra
Gaza.
