Ce qui est terrible sur cette terre,
cést que tout le monde a ses raisons.
Jean Renoir
Dice el refrán que a caballo regalado, no se le miran los dientes. El obsequio, el don, se acepta, así, sin más. Dice la sabiduría popular que cuando la limosna es grande… el más santo de los santos revisa los dientes. Y no le falta razón.
Editado a fines del año pasado, la nueva colección de cuentos de Cecilia Ríos propone un viaje por situaciones terribles que son, sin embargo, familiares. El convite es a un baile a todo ritmo. Los relatos están ordenados de forma tal que la voz narrativa alterna entre la primera persona que cuenta lo que le sucedió, y la voz omnisapiente que muestra una película sin omitir detalles, ni dar nada por sabido. El camino es la recompensa, la entrada es gratis, la salida -sabemos- se negocia.
Ella dice que no solo el camino es la recompensa. También la hay al final. El final de cada cuento siempre tiene un párrafo donde Cecilia se despacha con frases que dan, con una precisión admirable, de lleno en la condición humana.
La distancia entre políticas sociales que proponen taichí o danzas circulares a gente que busca el peso como el aire, el encanto con el cual la gente de guante blanco silencia indiscreciones y trapisondas con un discreto acuerdo de partes, las mañas y artimañas de quien cuenta dinero ajeno y sabe llevar su tajada, o los intersticios en que la justicia se toma por mano propia, recorren esta preciosa colección de cuentos. El policial tiene mil formas de decir de lo humano.
Ríos juega con el humor. Propone, por ejemplo, situaciones que son el temor de quien se dedica a las letras: alguien que llega con una idea para una novela, o con una anécdota personalísima para un cuento, y que se niega a no aparecer en letras de molde, con una firma prestigiosa por delante. Caballo regalado tiene el encanto del primer capítulo de un buen policial: un enigma, un conflicto y varios personajes delineados con maestría.

La gurisa del cante que hace sus primeros pasos en el arte sutil del engaño (Diecinueve años, sin trabajo, sin dirección) y el tejemaneje de dos señoras de la buena sociedad a las que el destino une y separa a su propio capricho, mientras el amor nace y muere en un campo sembrado de secretos y verdades a medias, y el sutil encanto de la burguesía para caer siempre bien parada (Las dos Alicias). Las apariencias lo son todo, pero también engañan.
Ya en el corazón del campo minado, Nosotros no festejamos Navidad, La merienda y Furiosa, recorren las formas retorcidas de la piedad, las mil formas ingenuas de participar en los delitos de otros, las trampas que tiende el amor. El equívoco de las relaciones humanas, los secretos que se guardan a rajatabla, hasta que los muertos hablan. Nada tan indiscreto como un muerto, por algo los asesinos y los dictadores esconden bajo una lápida de silencios las coordenadas de cada tumba que abrieron.
Ényel, con su nombre provocativo recorre en pocas páginas los límites de la justicia por mano propia, a la vez que revisita la violencia de ciudades como la nuestra, que exigen vivir narcotizados para no ver lo desecho que está eso que llamamos el tejido social. Una inquietud similar a la que deja Una mujer mala, donde la sucesión de testimonios siembra más preguntas que respuestas. En ese sentido funciona como un negativo de Furiosa, donde sabemos las respuestas, sin embargo nos deja en vilo esa pregunta que no esperamos.
La buena educación, cierra el libro y da la sensación de que el corazón de estos relatos late con el pulso de Quiroga o el Poe de Dupin.
Ella, que ama el cine, insiste con que en el libro no hay verdades y mentiras. No hay ocultamientos, ni exageraciones, sino como dice Renoir, todo el mundo tiene sus razones, y la vida porfía en colocarnos ante situaciones donde nos damos de lleno contra lo irremediable. Allí en ese conflicto sin solución, es que la pluma lúcida y precisa de Cecilia Ríos se mueve como pez en el agua.
Venganzas, piedades, odios, resentimientos, injusticias y justicias por mano propia nos ponen a saltar en el sartén caliente. Son de esas lecturas que provocan a la conversación, la acicatean. Y aunque cada tanto podamos respirar tranquilos, servirnos un whisky y pensar que por suerte, nosotros no somos esos ¿no somos esos?

