
Mirando mi vida en perspectiva
advierto que me tocó transitar tiempos tormentosos.
Tempranamente acompañé
la lucha de los mineros de Asturias.
Cuando estalló la Guerra Civil
me incorporé al Partido Comunista Español
y como militante disciplinada
acepté que me ordenaran tareas de inteligencia.
Mis primeras instrucciones las recibí
en la propia España de Caridad Mercader,
madre de Ramón,
un justiciero de feliz memoria.
Luego, cuando me incorporé,
primero a la NKVD y después a la KGB,
fui enviada a la Unión Soviética
donde tuve una educación esmerada
en los menesteres del engaño
y del cuidado del anonimato.
Supervisada por el comandante Orlov
fui adiestrada en el manejo de armas
físicas e ilusorias.
Con el tiempo aprendí que el arte del engaño,
en el que creo fui eximia, no es tan diferente
del eterno arte del amor.
Acompañé a Ramón Mercader
en México
para apoyarlo en su misión.
En casa de León Trotsky, en Coyoacán,
que solía visitar,
frecuenté a André Breton,
a Diego Rivera y a Frida, su mujer,
que siempre me miraba con ojos insistentes.
Distintas misiones
me llevaron por todo el mundo.
Entre tantos lugares por donde anduve
también me miré en las aguas del Rio Dulce.
Una noche de invierno de 1949
acompañé a mi esposo que debía tocar el piano
en el Petit Palais en Santiago del Estero.
Él era uruguayo y escribía relatos,
nos hospedábamos en el Hotel Savoy.
Se llamaba Felisberto Hernández,
estábamos casados pero él no sabía por entonces mi verdadero nombre.
Ya que el primero, África,
me lo puso mi padre porque nací en Ceuta,
pero luego tuve -debí tenertantos,
que ya no sé
cuál elegiría como el auténtico.
A Felisberto lo conocí en París
y mis controles de inmediato
me dieron la misión de seducirlo
y acompañarlo a Montevideo
donde debía organizar una red sudamericana
de apoyo a nuestra causa.
En pos de mi deber
no dejé de andar de un lado al otro.
Y así pasaron y pasaron los años.
Como tenía que ser
mis últimos tiempos los viví en Rusia.
Mis restos yacen
en el cementerio de Jovánskoie en Moscú;
en la lápida de mármol oscuro de mi tumba
bajo mi nombre
consta mi grado de Coronel del ejército soviético
ya que fui enterrada con honores militares.
Pero nadie viene a visitarme.
Multitud de caminantes recorren
los domingos los entrecruzados senderos
de este silencioso lugar.
A veces alguien se detiene un momento,
quizás cree recordar algo
y mira mi tumba
pensando que se trata
de una marca, un detalle,
una vieja señal
de un Imperio que se derrumbó.

EL AUTOR Carlos Virgilio Zurita es sociólogo, escritor y poeta. Editor de la revista Trabajo y Sociedad, director de la Maestría en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) e investigador del Programa de Incentivos. Miembro de la Comisión Asesora de Sociología del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) e integrante del Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (INDES), fue el primer decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNSE. Durante su gestión, se crearon las carreras de Sociología, Letras, Filosofía y Administración. Asimismo, es profesor emérito de la UNSE. Doctor en Sociología por la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA), fue profesor visitante en universidades de Estados Unidos, Francia, México, España y Chile. Ha publicado libros y artículos académicos sobre temas de sociología del trabajo y sociología de la escritura, así como tres títulos con sus producciones literarias, particularmente poemas y relatos. Asimismo, ha recibido premios de la Fundación Victoria Ocampo, de la Caja UNSE y de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). En 2023 obtuvo el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras, correspondiente al trienio 2020-2022, por su libro A falta de otra cosa.
