

Durante casi dos décadas, miles de personas pasamos frente a ellas. Algunos las miraban apenas unos segundos mientras esperaban un ómnibus; otros las descubrían por primera vez en cada viaje. Eran parte del paisaje cotidiano de la Terminal Tres Cruces y, sin proponérselo, cumplían con uno de los objetivos más nobles del arte público: encontrarse con personas que quizá nunca entrarían a un museo o una galería.
Hoy esas obras ya no están.
La noticia trascendió cuando el artista Pedro Peralta informó en sus redes sociales que el mural que había obtenido el primer premio en el concurso organizado por Tres Cruces fue retirado sin que él recibiera comunicación previa sobre esa decisión. No estaban obligados, pero, por cortesía, no costaba nada. El hecho generó sorpresa entre quienes recordábamos aquella iniciativa que, en su momento, fue presentada como una apuesta para acercar el arte a la comunidad.
En 2008, con el propósito de «seguir promoviendo el desarrollo de la cultura en sus diferentes formas», Tres Cruces convocó a un concurso abierto de murales bajo el lema «Donde se encuentra un país». La propuesta invitaba a artistas plásticos a presentar obras destinadas a las salas de espera de la terminal, un ámbito de enorme circulación de público.
Se recibieron treinta trabajos en distintas técnicas —ilustración, pintura y diseño gráfico, entre otras— que fueron evaluados por un jurado integrado entre otros, por los amigos Emma Sanguinetti y Santiago Tavella. El primer premio correspondió a Gerardo López y Pedro Peralta; el segundo fue para Daniel Heide. Además, hubo tres menciones para Gustavo Real; Rosina Rubio y Pablo Salgueiro; y Carla Castro.
En aquel momento, la propia empresa destacó que la iniciativa reafirmaba su compromiso de acercar el arte a la comunidad de todo el país. Y, de hecho, así ocurrió. Durante años, esas obras acompañaron a millones de viajeros, transformando un espacio de tránsito en un lugar con identidad cultural.
Tras el comentario de Peralta en redes, sobre el retiro de las pinturas, la Terminal Tres Cruces explicó que las obras fueron donadas al Ministerio de Transporte y Obras Públicas. El cambio forma parte de un proyecto presentado por el emprendimiento Vidarios, en el marco de una Expo Sostenible, con el objetivo de incorporar espacios verdes mediante plantas naturales en áreas de alto tránsito.
La incorporación de vegetación en espacios públicos es, sin duda, una iniciativa valiosa. Humanizar los ambientes urbanos y sumar naturaleza allí donde predominan el cemento y el movimiento permanente constituye una tendencia que merece reconocimiento. Sin embargo, esa decisión no debería implicar necesariamente la desaparición de un espacio dedicado al arte.
El verdadero problema parece haber sido otro: la comunicación y la consideración hacia quienes hicieron posible aquella propuesta cultural. Resulta difícil comprender que artistas cuyas obras permanecieron exhibidas durante tantos años se enteraran de su retiro a través de los hechos consumados y no mediante un diálogo previo.
Afortunadamente, el destino de las obras no es incierto. El mural está siendo custodiado por Gabriel A. Sosa, director de la Sala Carlos Federico Sáez del MTOP, quien procura encontrarle un nuevo espacio para que pueda volver a ser disfrutado por el público. Es una buena noticia dentro de una situación que deja un retrogusto amargo.
Más allá del cambio de proyecto, queda una reflexión inevitable. Cada vez que un espacio destinado al arte desaparece, la ciudad pierde una oportunidad de encontrarse consigo misma. El arte en los lugares de circulación cotidiana no es un adorno: es una forma de construir ciudadanía, identidad y memoria colectiva.
Las plantas embellecen. El arte también. Tal vez el verdadero desafío nunca fue elegir entre uno u otro, sino encontrar la manera de que convivieran.
Porque durante casi veinte años esos murales demostraron que, efectivamente, en Tres Cruces no solo se encontraba un país. También se encontraba una parte de su cultura.
