
El turista gastronómico es un perfil de turista plural. Hay muchos tipos de turista gastronómico que muestran la diversidad y evolución de la práctica gastronómica. Por ejemplo, el turista gastronómico de nicho que busca experiencias culinarias especializadas, como por ejemplo las vinculadas a productos específicos como el chocolate o el queso, vinculados a una región, pero también a través del atractivo de categorías como los alimentos fermentados y que a la vez permiten la descubierta no solo del entorno cultural y natural, sino de las técnicas y tradiciones que identifican el saber hacer de un pueblo. Esto se puede ejemplificar en el caso del vino, el producto agroalimentario por excelencia en los circuitos turísticos.
Dentro de los perfiles de turista gastronómico, la ética es un valor en alza, en relación al consumo lento, pero también al comercio justo y al desarrollo regenerativo, donde tanto la producción (por ejemplo, la agricultura regenerativa) y el consumo (por ejemplo, un restaurante kilómetro cero) son una plataforma para la planificación y el desarrollo de un turismo gastronómico que apoya iniciativas de soberanía alimentaria y de bajo impacto ambiental. En este sentido, hay un turista gastronómico amante de los mercados que une el interés por productos específicos que reflejan la identidad con la protección y la promoción de un consumo de proximidad. Los mercados de alimentos, de la tierra y el mar, permiten un contacto directo con las personas conocedoras de la diversidad y temporalidad de los productos, y que cuidan y se preocupan por el paisaje que los hace posibles.
Los tipos de turistas gastronómicos, también, se definen por el espacio donde suceden las experiencias. Primero, el espacio rural, que es un espacio de conexión con la naturaleza, con el ciclo de vida del producto desde el campo a la mesa. Cada vez son más las experiencias participativas que permiten recolectar frutos del bosque o colaborar en la cosecha de arroz, o subir a bordo de una barca de pescadores. Esto se refleja también en las catas, no solo de vinos, también de aceite o agua, y en las degustaciones de los productos que configuran el paisaje alimentario de un territorio. Segundo, el espacio urbano, que refleja las cadenas de distribución y la distancia, física y emocional, con el origen de los productos. Para ello, las experiencias turísticas como los mercados mencionados arriba, las clases de cocina o rutas guiadas por locales, contribuyen a un mayor conocimiento del destino y a su posterior incorporación, por ejemplo del uso culinario de un producto, cuando volvemos a casa.

En el contexto de la gestión y comercialización de las experiencias gastronómicas, es necesario considerar las necesidades dietéticas específicas en relación a alergias o enfermedades (por ejemplo, la celiaquía) y a gustos y preferencias personales (por ejemplo, el veganismo). La oferta gastronómica también debe considerar la religión, es decir, las creencias y la fe, como factor de motivación alimentaria. En este sentido, la cocina halal o kosher son un ejemplo de ello, como también lo son la cocina monástica o la de los templos. El diseño y promoción de experiencias gastronómicas accesibles e inclusivas también requiere tener en cuenta turistas gastronómicos con necesidades cognitivas y sensoriales, o de movilidad.
Después de la pandemia de la Covid-19, el turismo gastronómico ha cambiado con una mayor apuesta por la autenticidad y la seguridad, pero también por experiencias que significan un reto en cuanto a lo exótico o lo novedoso. Por ejemplo, si no estamos acostumbrados a comer insectos, esto nos permite conocer otras formas de identidad culinaria. Estas formas pueden estar presentes tanto en establecimientos de comida callejera como en restaurantes de alta gama, donde hay otro perfil de turista gastronómico, el turista gourmet. El turista gourmet se enfrenta a una experiencia gastronómica con tintes de lujo, de la mano de chefs mediáticos, y que crean un diálogo creativo entre la tradición y la innovación. Esto nos lleva al turista gastronómico del futuro. ¿Cómo será? Un turista gastronómico que crea sus propias elaboraciones con impresión 3D, que tiene sus menús personalizados, elaborados por la inteligencia artificial, y que viajará a la Luna para probar los productos cultivados en suelo lunar. ¿Esto lo hará físicamente o a través de la realidad aumentada? El turista gastronómico del futuro lo es ya del presente.
Más información sobre estos y otros perfiles de turista gastronómico se puede leer en la publicación The Food Tourist que el autor de esta nota ha coeditado y está disponible aquí.
