
Francisco Hurtado Izquierdo (Lucena, Córdoba, 1669 – Priego de Córdoba, Córdoba, 1725) fue uno de los grandes nombres del Barroco. Fue tan influyente su visión del arte que entre Córdoba, Granada, Málaga y la zona central de Andalucía no hay obra del periodo barroco que no tenga alguna referencia a su estilo; sin olvidar que sus discípulos fueron los que dieron el aspecto de ciudad monumental a la localidad de Priego de Córdoba, donde el maestro Hurtado había establecido su taller.
Pero en esta ocasión hablaremos de tres de las obras más importantes de Hurtado: la Capilla del Cardenal Salazar de la mezquita-catedral de Córdoba, el Sagrario de la Cartuja de Granada y el Sagrario de El Paular.
En 1698 comenzó la primera de las que hemos mencionado anteriormente: la sacristía nueva de la Catedral de Córdoba o, como se la denomina hoy, Capilla del Cardenal Salazar. Esta obra resultó toda una apuesta artística llena de originalidad, comenzando por su estructura octogonal y el espacio, además de la iluminación procedente de los ocho ventanales de la base de la cúpula (o tambor), las yeserías con el zócalo de mármoles rojizos y negros que contrastan con la pared blanca. Otros dos nombres sobresalientes del Arte barroco, José de Mora y Antonio Palomino, aportaron las esculturas y las pinturas, respectivamente, a una obra que concluyó en 1703 y que le dará notoriedad dentro del mundo artístico del momento. También realizó la cripta de la sacristía y las escaleras por las que se acceden.

El Sagrario de la Cartuja de Granada es, sin duda, su gran obra; en palabras de Antonio Bonet Correa, «creó un conjunto unificador de espacio y decoración». Desde 1709 se hizo cargo de la obra y decoración hasta acabarla en 1720. El Sagrario, que posee una planta cuadrangular con cubierta sobre pechinas, destaca por la sutileza del contraluz, el arriesgado diseño de los mármoles de la solería y paredes, las yeserías doradas y otros aspectos plásticos, como las tallas en madera policromada de nombres de primera línea, maestros de la escultura como el ya citado José de Mora, Pedro Duque Cornejo y José Risueño; y los frescos de Antonio Palomino en la cúpula y las pechinas; no en vano, estudiosos como Manuel García Luque consideran al artista lucentino un «director de orquesta» de las artes plásticas, al conjugar perfectamente tantas disciplinas. En el centro, Hurtado construyó un genial tabernáculo de mármoles rojos y negros. Como apuntó, Bonet Correa, que llamaba al artista «presentador de juegos de magia»: «La idea de Sancta Sanctorum entraña, pues, un misterio, un aislamiento que Hurtado amplifica y lleva a sus consecuencias límites, interponiendo entre el adorador y el amado una barrera que sin embargo, no es obstáculo para la vista, para el goce distante y velado de lo inaccesible y sobrehumano»; con esto se refiere a que Hurtado construyó dos habitaciones contiguas a dos lados del sagrario en un nivel inferior, a fin de que durante el rezo los monjes no perdieran detalle de esos «juegos de magia» de luz y color, que también animaban el espíritu.
La fama que le dio el Sagrario de la Cartuja granadina fue más allá de Andalucía, de tal modo que fue requerido por los cartujos de El Paular, en Rascafría, cerca de Madrid, para construir un sagrario. Esta obra se realizaría de 1718 a 1728. En el monasterio de El Paular, llevó a cabo una de las grandes obras desconocidas de nuestro Barroco: en esta ocasión, planteó dos espacios, uno era el sagrario con planta de cruz griega y otro era el transparente con forma de octógono, independientes pero enlazados mediante una bellísima puerta calada de colores rojo y dorado; destaca el juego con la luz, en la de cruz griega abundante y en la otra, el Sancta Sanctorum, únicamente entra desde la cúpula para caer la iluminación sobre el tabernáculo, obra de su discípulo Teodosio Sánchez de Rueda.
Hurtado no vio acabada esta obra, cuyo trabajo pasó a sus discípulos, porque fallecería en 1725. Sea este artículo un pequeño homenaje en recuerdo de los 300 años de su fallecimiento.
