
En el año 2004 la UNESCO puso en marcha la iniciativa de Ciudades Creativas con el objetivo de promover la cooperación con y entre ciudades que tienen la creatividad como un factor estratégico para el desarrollo urbano local y sostenible. En concreto, la UNESCO reconoce las ciudades creativas a partir de las industrias culturales en diferentes ámbitos que son la literatura, el diseño, la artesanía y artes populares, el cine, la música, las artes digitales, y la gastronomía. Las ciudades planifican y desarrollan acciones y asociaciones con el objetivo de producir y promocionar el consumo cultural y lo hacen a partir de la especialización en una de estas temáticas. En el año 2010, la UNESCO reconoció a la ciudad sueca de Östersund como la primera ciudad de Suecia, y de Escandinavia, reconocida como Ciudad Creativa de la Gastronomía.
La ciudad de Östersund, de unos 50.000 habitantes, está situada en Jämtland, una región rural en el centro de Suecia, la cual tiene una cultura gastronómica que está estrechamente ligada con el entorno natural, origen de los alimentos locales y de las prácticas sostenibles que definen los procesos de la cadena de valor que conectan el entorno rural y la ciudad, de manera que estos se encuentran integrados no solo en el sector alimentario, sino también en el sector turístico. Entre los productos que forman la identidad de la región se encuentran la trucha ártica, la carne de alce y reno, los lácteos y los quesos, y también la cerveza y el vino. Las bayas, como los arándanos y las moras, y las mermeladas, son habituales en la cocina de la región, que también incluyen el sabor del territorio a través de las hierbas aromáticas.
Aunque las calles de la ciudad sueca también evocan esta creatividad, el arte culinario creativo se manifiesta en pequeños restaurantes como Bua, que crean una conexión con el entorno natural dominado por bosques y lagos, y cuya inmensidad se traslada también a la mesa que representa un lugar de intercambio entre anfitriones e invitados, entre los productores culturales (tanto los agricultores como los chefs) y los visitantes. El restaurante Bua, en el centro de la ciudad, es un ejemplo de creatividad que a partir de la oferta de snacks y platos para compartir destaca la autenticidad de los sabores y la simplicidad de los productos. Esto se observa por ejemplo en las zanahorias o las patatas fermentadas, y otros productos de la huerta como el calabacín y la chirivía, pero también en la carne ahumada o unas croquetas de champiñones con mayonesa de ajos asados. La carta también incluye referencias a los frutos del bosque como las grosellas y a hierbas aromáticas como el romero, presente en el postre de helado de mantequilla avellana, romero, y pastel bretón, que es a la vez un diálogo entre cocinas y conocimientos.
La creatividad, a través de la gastronomía, define y redefine las relaciones entre la cultura culinaria local y la global. A partir de la influencia entre los paisajes rurales y urbanos, y el equilibrio entre la tradición y la innovación, la colaboración entre actores, por ejemplo los agricultores y los chefs, es una fuente de inspiración para la experimentación, y a la vez para un desarrollo local y sostenible. La creatividad se convierte en la piedra angular de un ecosistema alimentario interconectado y de futuro. Las iniciativas como las Ciudades Creativas de la Gastronomía reconocidas por la UNESCO contribuyen a la regeneración de la economía y a la resiliencia de las comunidades, que trabajan para proteger y promocionar los valores de la cultura gastronómica.
