El arte de los cinco sentidos | Marcelo Marchese

Si nos preguntáramos por qué le negamos categoría de artistas a quienes nos alegran o arruinan la vida cuatro veces al día, deberíamos considerar que arrastramos desde tiempos remotos una condena al innoble trabajo manual. Es un prejuicio tan arraigado en nuestra civilización que el padre de Miguel Ángel no podía sufrir que su hijo fuera un picapedrero. Ahora bien, la segunda causa de esta negligencia es el pensar el arte como algo lejano a nuestro quehacer, como si aquello que todos practicamos, se vulgarizara y aceptarlo como arte sería aceptar una verdad evidente: todos somos artistas, y esa realidad, en un principio, sería dura de afrontar, removería el mundo de concesiones sobre el que edificamos nuestra vida.

Todo empezó con Benito Pérez | Jaime Clara

El escritor Carlos Liscano describió que “en Montevideo el viento viene del río, viene del norte, viene del este, viene del oeste, se mete en las calles, invade las casas, entra en la cabeza de la gente, la vuelve descreída, pesimista y gris. Por culpa del viento a los tres meses de haber nacido el montevideano adquiere las características nacionales para toda la vida. Viento y humedad, eso es Montevideo.” Por suerte, en San José de Mayo no hay de esos vientos. Ya es un buen comienzo para diferenciarnos de la capital del país, aparte de los 92 kilómetros que nos separan.