Stefan Zweig, el inmortal | Priscila Guinovart

Me invadió en numerosas ocasiones, no obstante, el sentimiento de que Viena me era familiar y hasta predecible. ¿Cómo podría ser eso posible si era la primera vez que pisaba suelo vienés? Y sobre todo, ¿cómo podría ser eso posible en una ciudad que se obsesiona con seducir, maravillar y sorprender a los mortales? Deduje que el culpable – el exquisito culpable – era Stefan Zweig. Y antes de que se me acuse prematuramente (¿acaso no todas las acusaciones son prematuras?) de pretender mezclar sugerencias turísticas con literatura, déjenme decirles que un fenómeno muy similar se produce entre Borges y Buenos Aires, entre Victor Hugo y París o entre Vargas Llosa y Lima.