Para no pensar lo que debes pensar (*) | Antonio Pippo

Sólo tres libros en una breve existencia –“Cometas sobre los muros”, “Equis andacalles” y “Días y noches”- y un cuarto, póstumo, donde tus amigos más queridos, Mario Arregui, Carlos Denis Molina, Pedro Picato, crearon una recopilación, “Tiempo y tiempo”, que, en cariñosa sutileza, tal vez sorpresa para tantos en su momento, incluyeron dos tangos cuya letra escribiste sobre música del maestro Domingo Bordoli.

Primavera (*) | Antonio Pippo

Una vida sin desunión. Dos fundiéndose en uno, tantas veces apenas tomados de la mano y mirándose, sólo mirándose sobre una mesa con un mantel de girasoles enormes. Amanda, la “digna de ser amada”, y los pájaros. Amanda y el césped que acaricia los pies descalzos y de ahí el cielo, ese cielo que te apasionaba representando el infinito que te cautivó y no alcanzaste.

Funeral blues | Antonio Pippo

A cierta gente puede serle fácil hablar de su homosexualidad como si fuera una ofensa o un crimen, aunque sin cárcel, ésa que no pudo evitar Wilde. ¿Y su libre albedrío? ¿Y su generosidad sin tasa? ¿Ya nadie recuerda que se casó con Érika –matrimonio por una noble conveniencia-, la hija de Thomas Mann, en 1935, para que ella, legalmente, pudiera salir de la Alemania nazi y reiniciar su vida sin los horrores que la perseguían y oscurecían?

Voy a dormir (*) | Antonio Pippo

Aquello que te llamaba de pronto a la noche y nadie supo; el firmamento sin estrellas que soñabas; la imagen querida de tu hijo Alejandro cuyo padre ignoto convertiste en un fantasma; y el otro, tu propio padre melancólico que se lanzó al alcohol y aquella madre triste pero entrañable; todo eso junto, claro, a tus amores imposibles y amistades que pretendías sin fronteras y pocos lo entendieron, o al padecimiento de una enfermedad que te golpeó, artera, como una ola poderosa e inesperada.

Cercanías (*) | Antonio Pippo

Y yo ahí, tímido, torpe, hablándole de ferias de libros, del Nobel que tantas veces le negaron y también -esto lo habrá olvidado apenas abrí la puerta para irme- insistí con cierto empecinamiento, al modo de quien desespera porque quiere huir de su propia pequeñez, del Francisco Espínola de “Sombras sobre la tierra”, ese amado Paco quien, al terminar mi niñez me había regalado tanta sabiduría porque se le escapaba hasta en los gestos.

El poeta murió al amanecer (*) | Antonio Pippo

Así que, Raúl, no queda sino interpretarte, lo que, de algún modo, es inventar tus pensamientos nacidos de quién sabe cuántos maravillosos instantes. Es decir –porque ¿de qué valdría la pretensión de realmente saber?- armarme de unas ideas que, aunque mías, jamás serán las que condujeron tu sabia mano a escribir que el poeta, tu poeta, “sólo, sin un céntimo, tal como vino al mundo, murió al fin en la plaza de la inquieta feria”.

Cartas con grabaciones | Antonio Pippo

Pero siempre, en la vida de la gente sencilla, ocurren pequeños milagros. Pobres, pero milagros al fin. Mi madre tenía una hermosa voz y el dueño de la radio, enterado por un amigo de mi abuelo, le ofreció trabajo como locutora y un sitio para vivir hasta que las cosas mejoraran: una de las piezas de arriba, que tenía baño propio, viejísimo, pero, increíblemente para mi imaginación infantil, con una enorme bañera, su única riqueza.

La muerte de la bacana (*) | Antonio Pippo

González era bajo, esquelético, sucio sin perdón. Tendría alrededor de sesenta y pico de años, caminaba renqueando de la pierna izquierda y usaba, teñido, uno de esos bigotes finitos, ridículos. Se presentó como el administrador de la pensión y su verborragia, al principio, desacomodó a Javier. Sin embargo, hubo algo que despertó su interés, que lo empujó a seguirle la corriente, a motivar aquel discurso con seguridad tantísimas veces repetido.

El televisor | Antonio Pippo

Ya se estaba jugando plata fuerte, a unos y otros colores. Le bastó mirar al Chueco Medina, con los bolsillos hinchados de billetes, y más allá al Drogao Gamboa, tomando apuntes y escupiendo la punta del lápiz como si levantara quiniela. Advirtió que el Cholo, el entrenador, reclamaba a gritos su presencia: allá estaba el viejo, en la puerta del vestuario viejo, que siempre era para el visitante, moviendo los brazos y voceando su nombre. Claro, si sólo faltaba él, nada menos que el zaguero derecho, el hombre fuerte, el veterano, el capitán.

La confesión | Antonio Pippo

El matrimonio -doña Facunda y don Benigno- tenía tres hijos varones con poca escuela y mucho trabajo. No hubo otro remedio: a medida que pasaban los años y crecían las tareas, de otra forma no hubieran salido adelante, porque no era sólo alimentar, ordeñar y cuidar las vacas, llevar los tarros y hacer manteca y queso caseros para vender, sino prestar atención a una docena de ovejas, que criaban sin saber muy bien por qué, y el gallinero chico, la huerta y el chiquero. En la familia sobraba el sudor y escaseaba la instrucción.

Siete oficios | Antonio Pippo

La expectativa se desinfló. ¿Tantas vueltas para eso? La viuda en cuestión no tenía compromisos. Desde que murió su marido, rematador de haciendas, se había dedicado a la educación de sus dos hijos y a tejer para afuera. Una mujer interesante, eso sí. Cuarentona, pero enterita. De piernas bien torneadas, caderas firmes y pechos abundantes.

El patio | Antonio Pippo

Ella pensó, en apenas unos segundos, muchísimas cosas. Tantas, pero tantas que no las pudo apretar en una idea, ni siquiera en un sentimiento fuerte. Supo, sí, que era el final. Cuando se volvió, el hombre de la cama ya no podía ver nada. Tenía los párpados bajos, la boca entreabierta en una suerte de sonrisa triste y respiraba con agitación. Algo de él, de todos modos, había emergido libre y flotaba hacia alguna parte. Quizás a la búsqueda de un patio.

El quilombo | Antonio Pippo

Todos habían ido menos él. ¡Ya tenía quince años! Y entre los muchachos de la barra ya se entrecruzaban miradas de desconfianza, de a poco más insistentes, que inevitablemente convergían en su pequeña y desgarbada figura de precoz Quijote fracasado. Es que aquella vieja casa suburbana, algo escondida en un bajo barroso rodeado de transparentes, era el inexorable desafío de la adolescencia pueblerina, de los chiquilines que se preciaran.

La noche | Antonio Pippo

Ocurría en Nochebuena, siempre. Después de las celebraciones familiares, la sidra, los pan dulces, se abría la noche que nos hacía felices. Una noche abarcadora, redonda, libre, con el cielo aguardando quizás el alma de algún amigo, allá arriba, y el aire fresco empujando nuestras ansias locas, acá abajo. Una noche que resumía todas las noches, de las casas a las plazas, de los boliches al quilombo. Una noche que

Una emoción | Antonio Pippo

Un historiador josefino, bohemio, noctámbulo, entrañable, fino gustador del tango y del buen whisky, había subido a su muro un video del año 1993 –casero, pero prolijo, hecho por un coterráneo- rescatando una veintena de minutos en el escenario de un señorial club, donde aparecen dos cariños, dos fuertes, apretados afectos que abrazaron mi niñez y mi adolescencia.

Historia de un gran amor | Antonio Pippo

Él la miró como si fuera la primera vez. Vestida con el chaquetón de cuero marrón y la pollera escocesa, acampanada, conservaba cierto atractivo. Claro, estaban las arrugas, las várices, el pelo teñido. ¿Y acaso para él no pasaba el tiempo? Como al descuido deslizó una mano por su abdomen. Linda barriguita. “Vicio de posición”, decía a veces. Pensó: “qué viejo de porquería…”.