Cocina de cuentos

Casa

La casa encantada | Virginia Woolf

Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal.

malvin

La playa | Carlos Mendive

La costa era una vereda mojada, por donde caminaban arrogantes y desnudas, mujeres, que, algún día, pueden ser degolladas por un hombre, que abajo de una sombrilla, come una milanesa mientras la patrona se moja las varices en la orilla.

Ana moreno

Máquinas viejas | Joaquín DHoldán

Apoyé la máquina de escribir sobre mi cama, el colchón se hundió. Con dos dedos escribí el relato, que tenía un máximo de cinco páginas. Para resolver mi historia incompleta, Demasiado hermosa era contada por un admirador secreto de Ana.

Caricatura Rubén Darío

Lo fatal | Antonio Pippo

Fue criado por padres adoptivos, conoció el mundo, enfrentó penurias, no le fue sencillo lograr el reconocimiento de su arte, dejó mujeres e hijos que murieron pronto…

Cartas y pluma

Don Juan Bautista Pedernal

Era un hombre robusto, de temperamento y físico enérgico que acompañaba con una voz firme, sin titubeos, siempre en tonos de discurso ardiente, así fuera a organizar los desfiles escolares como al volcar sus opiniones en la tribuna política local.

Penal figurita antigua

Penal y gol | Roberto Bennett

Los gritos del público continuaban, mezclados con varios insultos hacia el árbitro, que recién entonces pareció darse cuenta que debía pitar algo y que la falta había sido dentro del área.

Gallina

La gallina | Federico García Lorca

La gallina idiota odiaba los huevos. Le gustaban los gallos, es cierto, como les gusta a las manos derechas de las personas esas picaduras de las zarzas o la iniciación del alfilerazo. Pero ella odiaba su propio huevo. Y sin embargo no hay nada más hermoso que un huevo.

Vicente Aleixandre

Mi voz | Antonio Pippo

¿Penumbras, Vicente? Claro, una metáfora. Otra más, de tantas… ¿De qué diferente forma rozar apenas, sufrido pero elegante, la historia tan triste de tus enfermedades recurrentes a lo largo de la vida, más la muerte de tu madre que te hizo susurrar, entre lágrimas, “yo soy el dolor”?

Los juguetes | Juan José Morosoli

Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquellos. Como no podía vivir allí, mi padrino don Bernardo me llevó a su casa.

Foto Stonek

Raymundo | Graciela Balparda

A Raymundo no le gustaba la playa ni el campo, le gustaba la ciudad. Le gustaba quedarse en la casa de su padre porque tenía una radio en el cuarto que compartía con el abuelo Alberto, que no era su abuelo, era tío de alguien, pero lo quería como si lo fuera.

Evaristo Carriego

Tu secreto | Antonio Pippo

No importa, porque, en todo caso, ahora, ya difusas las imágenes y la charla que se van alejando, me siento bendecido por un privilegio y un sano ardor de buenas intenciones me abraza y no me suelta.

milli vanilli

Nena, tu sabes que es cierto | Joaquín DHoldán

-Eran dos negros muy guapos, con terribles cuerpos. Uno con ojos azules. Yo creí que eran americanos, pero eran alemanes. Usaban melenas con rastas, todo muy moderno, muy “cool”. ¿Ya no se dice “cool”? Por lo visto un productor alemán los vio y usó su imagen con temas de otros, también negros pero feos. Los tipos ganaron “grammys”, se hicieron hiper famosos.

Circo

Un artista del hambre | Franz Kafka

Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.

Alejandra Pizarnik

A la espera de la oscuridad | Antonio Pippo

«A la espera de la oscuridad» es el título de uno de los poemas de Alejandra Pizarnik, poetisa nacida en Avellaneda, Buenos Aires, de padres rusos, quien más allá de la brevedad de su vida y obra, tal vez ignorada en su tiempo, generó una impresionante influencia en las generaciones siguientes de la literatura en nuestro idioma. 

Gordito

El gordito sentado junto al pasto | Joaquín DHoldán

Ese recuerdo inmediato me hizo sonreír. Y mientras lo hacía, tan distraído estaba, que cuando lo maestra repartió lo roles para el festival de la primavera noté tardíamente que yo no era el príncipe, ni el rey, ni el ayudante del príncipe, ni el paje del rey, ni soldado, …ni pueblo….ni pajarito, por supuesto no hubiera aceptado ser princesa o flor. Se preguntarán que papel hacía: era el pasto. El gordo Martínez y yo íbamos a estar toda la actuación sentados en el borde del escenario sosteniendo entre nosotros una franja de tela verde, vestidos de ese color y con gorros de flecos, también verdes, que nos tapaban la cara.

San Valentín | Margarita G. Telesca

Ella mira su celular y se muerde el labio. Es tarde. Todavía debe llegar a su casa, cambiarse y esperarlo. Tienen mesa con velas en el restaurante de la rambla…

Cámara de fotos antigua

La fotografía | Enrique Amorim

El fotógrafo del pueblo se mostró muy complaciente. Le ense­ñó varios telones pintados. Fondos grises, secos, deslucidos. Uno, con árboles de inmemoriable frondosidad, desusada naturaleza. Otro, con sendas columnas truncas, que -según el hombre- hacían juego con una mesa de hierro fundido que simulaba una herradura sostenida por tres fustas de caza…

Pelota de trapo

La Pelota | Felisberto Hernández

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela…

Caricatura de Almafuerte

Più avanti (*) | Antonio Pippo

Siéntase tranquilo con su ardiente conciencia, don Pedro, Almafuerte: cerró sus ojos atormentados tras pelear todas las batallas y negar los honores tardíos que quisieron enamorar a su ética para sobornarla. Pocos poetas, si hubo alguno, gritaron con tal fuerza su…

whatsapp

Grupo de Whatsapp | Margarita G. Telesca

Su celular y las historias de Snapchat de sus amigas la hipnotizan. Su pelo corto y sus orejas decoradas de caravanas de todos colores. El piercing en la nariz y sus uñas azules. —Esther, Esther se borró del grupo de amigas de Whatsapp. Es increíble. Le escribí por p…

espada

Entre la espada y la pared | Cristina Peri Rossi

He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces me olvido que se trata de una pared de hielo, y, cansado…

Caricatura de Juana de Ibarbourou por Jaime Clara

Melancolía | Antonio Pippo

-La sutil hilandera teje su encaje oscuro/ con ansiedad extraña, con paciencia amorosa./ ¡Qué prodigio si fuera hecho de lino puro/ y fuera, en vez de negra la araña,/ color rosa!

Estatua a Pablo Bengoechea

La maldición de Bengoechea | Joaquín DHoldan

Monumento a Pablo Bengoechea en Los Aromos – Escultura de Heber Riguetti Llegamos esa mañana a Montevideo, con el director del semanario sevillano, para hacer un especial de fútbol y lo llevé al Estadio Centenario. Era noviembre del 2002. Jugaban

Casa antigua en esquina de Piedras de Molle

En Piedras de Molle | Graciela Balparda

Piedras de Molle era un pueblo generoso. El Lolo Martínez vendía dentaduras postizas que conseguía en la empresa de pompas fúnebres de López y Lespera. Todos sabíamos que el Lolo recogía las dentaduras de los fallecidos que eran atendidos por el hijo de López, Lopecito, que era de la nueva era y decía que sabía que los muertos no protestan ni regresan a reclamar las dentaduras porque en el Más Allá parece que no las necesitan.

La estrella del destino | Antonio Pippo

Me hubiese gustado vivir tu tiempo, distinguido y extraño y luminoso Julio; esa época donde desbordó tu imaginación, tal vez preñada de sueños acuñados en tu legendaria Torre de los Panoramas.

La piscina | Joaquín DHoldan

Era como en el mar, sólo tenía que resistir hasta llegar a Carol, que era una silueta borrosa a lo lejos. Debía sacar la cabeza del agua, pero mi propio avance por el agua transparente formaba un pequeño muro de olas que me hundía, y estar hundido es estar sin aire, no importa la profundidad, no hay aire a tres metros, pero tampoco a tres centímetros por debajo del agua.

La miel silvestre | Horacio Quiroga

La miel silvestre es un cuento original del escritor uruguayo Horacio Quiroga (Salto,1878 – Buenos Aires, 1937) . El autor publicó esta obra en 1917, en su libro más popular, Cuentos de amor de locura y de muerte.

La lucidez peligrosa | Antonio Pippo

Levantar la mirada y disfrutar del vuelo de cientos de palomas blancas, en bandadas hacia el infinito. Caminar por el césped húmedo, sintiendo la caricia…

El flaco | Carlos Mendive

Una tarde frente a una de esas peluquerías apareció un hombre. Su aspecto era inconfundible. Flaco, liviano de ropas, calzaba zapatillas y su rostro era ya una foto de la crónica policial.

Salvaje oeste | Joaquín DHoldan

La pistola me apuntaba. Intuía, en la oscuridad, el círculo negro que anunciaba la bala, la muerte. Era la primera vez que veía un arma. Nunca tan cerca, mucho menos apuntándome. Sostenía mi mochila contra el pecho, no defendiendo mi posesión, sino como un escudo que me protegía el corazón. Estoy a punto de preguntar: ¿En caso de dispararme sería en el cuerpo o en la cabeza?

Politiquería | Ricardo Güiraldes

Sosa le enterraba sus plomos en el vientre. Britos avanzaba en zig-zag, parado en seco a cada choque de los proyectiles, pero sin caer, chapaleando en su sangre chorreante hasta la extinción de su vigor, quedando atravesado sobre su silla, caída de pie por milagro, como una res carneada.

Despertar en la noche (*) | Antonio Pippo

He soñado con usted, Hermann, luego que mis ojos se cerraran tras releer varias de sus poesías; no fue un sueño placentero, pues en él siempre estuvo junto a nosotros el sufrimiento, el dolor, cierta angustia indefinible.

Ensueño de año nuevo | Colette

Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus párpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer!

Radioemisora | Joaquín DHoldan

Pero al director de la radio le encantan los debates, y que la gente llame y ser “trending topic”, y si se genera una discusión: mejor. Accedí porque el otro día vino el actor este, tan famoso, que contó lo del muro, y me sembró la duda.

Para no pensar lo que debes pensar (*) | Antonio Pippo

Sólo tres libros en una breve existencia –“Cometas sobre los muros”, “Equis andacalles” y “Días y noches”- y un cuarto, póstumo, donde tus amigos más queridos, Mario Arregui, Carlos Denis Molina, Pedro Picato, crearon una recopilación, “Tiempo y tiempo”, que, en cariñosa sutileza, tal vez sorpresa para tantos en su momento, incluyeron dos tangos cuya letra escribiste sobre música del maestro Domingo Bordoli.

Los desarraigados | Cristina Peri Rossi

Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso.

Primavera (*) | Antonio Pippo

Una vida sin desunión. Dos fundiéndose en uno, tantas veces apenas tomados de la mano y mirándose, sólo mirándose sobre una mesa con un mantel de girasoles enormes. Amanda, la “digna de ser amada”, y los pájaros. Amanda y el césped que acaricia los pies descalzos y de ahí el cielo, ese cielo que te apasionaba representando el infinito que te cautivó y no alcanzaste.

Metamorfosis | Mariana Sosa Azapian

No pasaron tres días y ya estaba dada de alta con mi pequeño bebé. Movedizo y astuto, su mirada penetrante superaba su edad tan breve.

Vamos mi amor a la feria | Roberto Bennett

Ella era soltera, segura de sí misma y de carácter dominante. Cuarentona, alta, delgada y elegante, aunque no demasiado agraciada, con un rostro de rasgos equinos y dientes grandes, jugaba sus cartas sensuales y profesionales con una rara y sutil habilidad.

Funeral blues | Antonio Pippo

A cierta gente puede serle fácil hablar de su homosexualidad como si fuera una ofensa o un crimen, aunque sin cárcel, ésa que no pudo evitar Wilde. ¿Y su libre albedrío? ¿Y su generosidad sin tasa? ¿Ya nadie recuerda que se casó con Érika –matrimonio por una noble conveniencia-, la hija de Thomas Mann, en 1935, para que ella, legalmente, pudiera salir de la Alemania nazi y reiniciar su vida sin los horrores que la perseguían y oscurecían?

El homicidio de Horacio Quiroga | Joaquín DHoldan

Esa nefasta noche, Horacio fue a convencer a su amigo para que olvidara aquel asunto. Al verlo tan furioso, decidió enseñarle a usar la pistola. Luego de hablar a fondo sobre el tema se sentaron frente a frente, hablaron de la vida y hasta bromearon sobre la muerte. Horacio comenzó a limpiar el arma de su amigo que fumaba mientras observaba al escritor pasar el pañuelo por cada parte del arma.

Ensimismado | Ignacio Suárez

Ahora todo es distinto. El barrio, gris y oscuro, hiede a una mezcla de humo con la basura del contenedor, desparramada por los flacos de los carritos. Y, en la esquina, a las meadas de los pichis- duros de pasta base- que duermen en la galería. Hoy el mundo aparece, ante mis ojos, como una difusa, desdibujada visión de miope…

Voy a dormir (*) | Antonio Pippo

Aquello que te llamaba de pronto a la noche y nadie supo; el firmamento sin estrellas que soñabas; la imagen querida de tu hijo Alejandro cuyo padre ignoto convertiste en un fantasma; y el otro, tu propio padre melancólico que se lanzó al alcohol y aquella madre triste pero entrañable; todo eso junto, claro, a tus amores imposibles y amistades que pretendías sin fronteras y pocos lo entendieron, o al padecimiento de una enfermedad que te golpeó, artera, como una ola poderosa e inesperada.

Como dirigí un diario de agricultura (una vez) | Mark Twain

Saboreé la exquisita sensación de tener empleo nuevo, y trabajé aquella primera semana como un verdadero león. Entró en prensa el primer número que yo dirigía. ¡Cuán impaciente estaba hasta que le vi salir de máquinas! Seguramente había llegado el momento de mi notoriedad.

¡Orientales y basta! | Florencio Sánchez

Por aquí se dice: “Orientales y basta”, y ahí ustedes se llenan la boca con la frase “Orientales y basta!” Ya se sabe que a patriotas y a guapos, nadie les pisa el poncho. Sobre todo a guapos.

Retazos de infierno | Mariana Sosa Azapian

“Nada de reproches”, pensaba Cecilia, mientras recordaba, con nostalgia, cómo acunaba a ese niño que no era de ella. Nunca pudo dejar de atenderlo: lloraba , pedía alimento, aseo. Y ella no se lo negaba: ¿quién lo hubiera hecho? Su piel era tan suave, su perfume sutil y prístino, todo ese ser frágil ante unos ojos cansados, dolidos por cargar un deber impuesto.

La grieta | Cristina Peri Rossi

Se trataba de una sola escalera -dijo el hombre- que sube y baja al mismo tiempo. Todo depende de la decisión que se haya tomado previamente. Los peldaños son iguales, de cemento, color gris, a la misma distancia, unos de otros. Sufrí una pequeña vacilación. Allí, en mitad de la escalera, con toda aquella multitud por delante y por detrás, no supe si en realidad subía o bajaba.

Cercanías (*) | Antonio Pippo

Y yo ahí, tímido, torpe, hablándole de ferias de libros, del Nobel que tantas veces le negaron y también -esto lo habrá olvidado apenas abrí la puerta para irme- insistí con cierto empecinamiento, al modo de quien desespera porque quiere huir de su propia pequeñez, del Francisco Espínola de “Sombras sobre la tierra”, ese amado Paco quien, al terminar mi niñez me había regalado tanta sabiduría porque se le escapaba hasta en los gestos.

El chofer nuevo | Enrique Jardiel Poncela

Siempre que el chófer nuevo puso en movimiento el motor de mi coche ejecutó sorprendentes ejercicios llenos de riesgos y sembró el terror en todos los sitios: destrozó los vidrios de infinitos comercios, derribó postes telefónicos y luminosos, hizo cisco trescientos coches del servicio público, pulverizó los esqueletos de miles de individuos, suprimiéndoles del mundo de los vivos, en oposición con sus evidentes deseos de seguir existiendo.

La taza de café | Sylvana Cabrera

En esta entrega quiero compartir un relato que me hizo llegar la gente de Café Fundador, clientes y amigos de muchos años, y que me pareció que valía la pena compartir con ustedes. No conocemos su autoría por lo que si alguien sabe a quién corresponde, bien venido sea el dato.

La escollera | Roberto Bennett

Es obvio que a despedirlo en el puerto de Montevideo, aquel día fresco y nublado del mes de abril, fue toda la familia. Sus padres, los abuelos Ancelotti, primos, tíos, tías, algunos amigos del liceo Rodó y por supuesto su abuelo, il nonno Carletto Rossi, que había enviudado hacía diez años.

El poeta murió al amanecer (*) | Antonio Pippo

Así que, Raúl, no queda sino interpretarte, lo que, de algún modo, es inventar tus pensamientos nacidos de quién sabe cuántos maravillosos instantes. Es decir –porque ¿de qué valdría la pretensión de realmente saber?- armarme de unas ideas que, aunque mías, jamás serán las que condujeron tu sabia mano a escribir que el poeta, tu poeta, “sólo, sin un céntimo, tal como vino al mundo, murió al fin en la plaza de la inquieta feria”.

Que no se apague el fuego | Jorge Milans

Mi cruz no es simbólica, sino de dolor real y palpable. Y, por cierto, todos somos hijos del dolor: el primario, el que nos parió; así como la libertad es hija de la opresión, la luz de la oscuridad y quizás la verdad, de nuestra búsqueda.

De regreso | Mariana Sosa Azapian

Pensó en su vida anterior, antes de las valijas, antes de la casa recién estrenada, antes de abandonara la ropa de colores, que tanto gustaba usar en cualquier estación del año. Antes era joven, y la usaba.

El fotógrafo | Antonio Pippo

Vivía solo en uno de esos caserones angostos pero excesivos en metros de habitaciones altas y en pisos de tablas y humedades. Al medio había un patio de baldosas con un aljibe y plantas, plantas por todas partes: malvones, petunias, tunas, helechos; allí el aire era húmedo y parecía flotar la melancolía por todas partes.

El reposo del centrojás | Osvaldo Soriano

Hubo un intérprete, una estirada charla–algo tediosa– entre el juez y el morocho. El estadio estaba en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo.

Silencio en las gradas | Joaquín DHoldán

Pero algo había cambiado. La grada estaba sumergida en un inquietante silencio. El veterano guardameta miraba a la gente y trataba de entender su desconcertante actitud, su falta de pasión. Entonces la vio. La chica era muy joven, una adolescente, pero tenía algo adulto en el rostro, pensó por un instante que quizás era su belleza la que había enmudecido al pequeño grupo de aficionados.

Buñuelos de algas | Marcia Collazo

Pero en verano, cuando nos trasladábamos de la chacra a la casa de Las Flores, el orden montaraz se transformaba y cada objeto se tornaba marino. Mi padre arrastraba al mar su canoa, a la que había bautizado La naranja mecánica, y acto seguido metía a sus cuatro hijos dentro. Y así, remando, se acercaba a las rocas, se arrojaba a las aguas como un profeta bíblico y retornaba con una bolsa llena de mejillones.

Afuera se respira niebla | Mariana Sosa Azapian

Estiró todo su cuerpo, una vez más, como queriendo evitar las líneas del sofá; bebió el vino y se despeinó la cabellera enrulada, en un juego con los dedos de enredarse y desenredarse. Recordó que había enviado a reparar los zapatos de baile y decidió abandonar su estado horizontal. Se puso contra la pared a practicar sola. Sola y la pared, como muro de contención a sus movimientos firmes y precisos. Disfrutaba deslizar sus pies en el parqué recién lustrado.

Cartas con grabaciones | Antonio Pippo

Pero siempre, en la vida de la gente sencilla, ocurren pequeños milagros. Pobres, pero milagros al fin. Mi madre tenía una hermosa voz y el dueño de la radio, enterado por un amigo de mi abuelo, le ofreció trabajo como locutora y un sitio para vivir hasta que las cosas mejoraran: una de las piezas de arriba, que tenía baño propio, viejísimo, pero, increíblemente para mi imaginación infantil, con una enorme bañera, su única riqueza.

Cuerpo de mujer | Ryunosuke Akutagawa

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor.

La vida mansa | Alva Sueiras

Atravesar la amplia reja verde en la tarde y encontrar sus pecas risueñas entre la muchedumbre, era como morder el pan tras un prolongado ayuno. La campana que marcaba el fin de la última clase del día, auguraba la placidez del retorno al calor amniótico del hogar.

El contertulio | Miguel de Unamuno

Vivió en América pensando siempre en la tertulia ausente, suspirando por ella, alimentando su deseo con la voluntaria ignorancia de la suerte que corriera. Y pasaron años y más años, y su tío no le dejaba volver. Y suspiraba silenciosa e íntimamente. No logró hacerse allí una patria nueva, es decir, no encontró una nueva tertulia que le compensase de la otra.

La muerte de la bacana (*) | Antonio Pippo

González era bajo, esquelético, sucio sin perdón. Tendría alrededor de sesenta y pico de años, caminaba renqueando de la pierna izquierda y usaba, teñido, uno de esos bigotes finitos, ridículos. Se presentó como el administrador de la pensión y su verborragia, al principio, desacomodó a Javier. Sin embargo, hubo algo que despertó su interés, que lo empujó a seguirle la corriente, a motivar aquel discurso con seguridad tantísimas veces repetido.

El huevo y la gallina | Giovannino Guareschi

En ciertas cosas don Camilo tenía algo de Bólido y mordió la carnada como una mojarrita. Salió a la puerta de la rectoral, con las manos detrás y el cigarro en la boca.

La niña que danza | Mariana Sosa Azapian

Era muy injusta su pasantía eterna, sirviendo como algo útil, cuando en realidad, ella era una artista enjaulada. Terminaba el helado de duraznos y la miraba, con felicidad y amargura a la vez. Ella representaba todo lo bueno y malo de ese, mi mundo de entonces: la vida en familia, las cenas compartidas, los aromas de la cocina de mi abuela, mezcla de especias y verano, aderezadas con el arte permanente del quehacer culinario de mis ancestros.

La mellada | Antonio Pippo

Le regalé un par de años de mi vida, mintiéndole amor, aunque jamás me arrepentí y estoy segura que él, a su manera, fue feliz. Se murió de golpe, después de un polvo que me echó una Navidad, en el que debe haber puesto todo el resto. ¡Averigualo ahora! Fue la última oportunidad en que ligué en esta vida podrida.

Del que no se casa | Roberto Arlt

Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe

Nadie en el camino | Mariana Sosa Azapian

Ambas mujeres tenían la llave y por ende, el acceso a la misma y poder charlar. Pero todo se fue de las manos, como un tornado. Años de castigos, de silencios, de humillaciones fueron suficientes. Era la última conversación. Estela no permitiría más un sólo agravio de su madre.

El televisor | Antonio Pippo

Ya se estaba jugando plata fuerte, a unos y otros colores. Le bastó mirar al Chueco Medina, con los bolsillos hinchados de billetes, y más allá al Drogao Gamboa, tomando apuntes y escupiendo la punta del lápiz como si levantara quiniela. Advirtió que el Cholo, el entrenador, reclamaba a gritos su presencia: allá estaba el viejo, en la puerta del vestuario viejo, que siempre era para el visitante, moviendo los brazos y voceando su nombre. Claro, si sólo faltaba él, nada menos que el zaguero derecho, el hombre fuerte, el veterano, el capitán.

Una de conejos | Roberto Bennett

Jaume extrajo de su bolsillo tabaco y papel de armar, y comenzó a liar un cigarro. Su auditorio estaba en suspenso, haciendo esfuerzos enormes por camuflar la impaciencia. El viejo, sacando chispitas de su vetusto mechero, encendió el cigarro y aspiró el humo con mucha calma. A César y Laura les carcomía la intriga y decidieron apurar al jardinero.

El señor de la calle sin sombra | Mariana Sosa Azapian

Para llegar a su casa, uno tenía que atravesar una calle corta pero sin un árbol que diera sombra. Pasabas por el boliche, donde muchas noches él descargaba su pasión por el juego, acompañado por alguna bebida de mala calidad. Lo cierto es que, el camino inyectado de sol, valía la pena para conversar de bueyes perdidos, de los trofeos ganados en el billar y de su infancia en el campo.

La confesión | Antonio Pippo

El matrimonio -doña Facunda y don Benigno- tenía tres hijos varones con poca escuela y mucho trabajo. No hubo otro remedio: a medida que pasaban los años y crecían las tareas, de otra forma no hubieran salido adelante, porque no era sólo alimentar, ordeñar y cuidar las vacas, llevar los tarros y hacer manteca y queso caseros para vender, sino prestar atención a una docena de ovejas, que criaban sin saber muy bien por qué, y el gallinero chico, la huerta y el chiquero. En la familia sobraba el sudor y escaseaba la instrucción.

Cruzando la cordillera, rumbo a Perú | Niré Collazo

Ahora sí! Los picos nevados hacen la decoración, blancos duritos. Si meten el dedo, se los corto dice mi mamá. Uno detrás del otro los picos nevados. Esto sí es cordillera, pienso yo, cordillera sin nieve no es cordillera.

El origen de las plantas alimenticias | Rafael Varela

Cuando los padres varios días después entraron a la habitación y vieron que la joven no había probado la tierra, se sorprendieron y le preguntaron por la causa de su falta de apetito. Se sorprendieron cuando la niña les contó la visita de la luna y sobre los alimentos. Los padres le pidieron que les avisara cuando el joven regresara, pues querían conocerlo. Así lo hizo. Cuando lo encontraron, le preguntaron cómo y dónde se cultivaban los frutos que había traído.

Siete oficios | Antonio Pippo

La expectativa se desinfló. ¿Tantas vueltas para eso? La viuda en cuestión no tenía compromisos. Desde que murió su marido, rematador de haciendas, se había dedicado a la educación de sus dos hijos y a tejer para afuera. Una mujer interesante, eso sí. Cuarentona, pero enterita. De piernas bien torneadas, caderas firmes y pechos abundantes.

La casa de huéspedes | James Joyce

Mrs Mooney era hija de un carnicero. Era mujer que sabía guardarse las cosas: una mujer determinada. Se había casado con el dependiente de su padre y los dos abrieron una carni­cería cerca de Spring Gardens. Pero tan pronto como su suegro murió Mr Mooney empezó a descomponerse. Bebía, saqueaba la caja contadora, incurrió en deudas. No bastaba con obligarlo a hacer promesas: era seguro que días después volvería a las andadas.

Los viajes forzados, breve crónica del recuerdo | Mariana Sosa Azapian

Hoy evoco sus manos hábiles en la cocina; desconozco si alguna vez la vi sin delantal. Sus manos mágicas hacían de todo, los platillos típicos, así la memoria permanecía encendida. Recuerdo que le gustaba un jugo de damascos, pero siempre se lo pedía y no te rezongaba si se lo tomabas todo.

Baile en la quinta | Antonio Pippo

Lo de Sambarino rebosó de ingenuos. Pasó una primera hora con la discoteca, bien balanceada: tango, un poco de jazz y boleros para calentar el ambiente. No obstante, se bailó poco: todos querían ver al enmascarado, quien llegó con una excepcional puntualidad y en medio de estremecedores aplausos, grititos femeninos y pedidos de autógrafos.

Mazorcas delgadas y pequeñas | Rafael Varela

Cierto día, mientras recogía el maíz, una mujer que lo estaba haciendo con brusquedad, se lastimó una mano con una mazorca. Irritada, la mujer se dio media vuelta e insultó al muchacho y se burló de sus silbidos. De inmediato, todo el maíz se secó. Es que el silbido era importante ya que ayudaba al maíz a crecer…

Una habitación mirando al cielo | Jorge Bafico

La luz se incrementaba en la ventana. Él ya no pensaba en nada, solo sentía, y eso era bastante poco frecuente. Su preocupación sobre cómo seguir con el cuento, cuestión que lo atormentaba desapareció por completo. Podía dejar de pensar.

El patio | Antonio Pippo

Ella pensó, en apenas unos segundos, muchísimas cosas. Tantas, pero tantas que no las pudo apretar en una idea, ni siquiera en un sentimiento fuerte. Supo, sí, que era el final. Cuando se volvió, el hombre de la cama ya no podía ver nada. Tenía los párpados bajos, la boca entreabierta en una suerte de sonrisa triste y respiraba con agitación. Algo de él, de todos modos, había emergido libre y flotaba hacia alguna parte. Quizás a la búsqueda de un patio.

Una buena taza de té | George Orwell

Si buscas ‘té’ en el primer libro de cocina que cae en tus manos, seguramente no lo encontrarás; o a lo máximo hallarás un par de líneas con unas escuetas instrucciones que no contienen los puntos más importantes.

La madre del maíz | Rafael Varela

Como un milagro, el lugar donde durmieron los recién casados amaneció todo lleno de mazorcas de maíz, que la mujer repartía generosamente a quien le pedía, mientras enseñaba cómo preparar comida con el maíz, cómo sembrarlo y cómo cultivarlo y cosecharlo.

Cocinar el mole nosotras mismas | Antonio Peña Aguilar

Después de comer un guisado que le había sobrado a mi comadre, empezó la elaboración de los tamales. ¿Cómo olvidar la maestría de mi comadre al verla batir la manteca hasta que quedaba esponjosa y entonces la añadía a la masa? Qué delicia verla preparar los chiles anchos con la carne de cerdo para los tamales de rojo y los chiles serranos con el pollo para los tamales de verde.

El quilombo | Antonio Pippo

Todos habían ido menos él. ¡Ya tenía quince años! Y entre los muchachos de la barra ya se entrecruzaban miradas de desconfianza, de a poco más insistentes, que inevitablemente convergían en su pequeña y desgarbada figura de precoz Quijote fracasado. Es que aquella vieja casa suburbana, algo escondida en un bajo barroso rodeado de transparentes, era el inexorable desafío de la adolescencia pueblerina, de los chiquilines que se preciaran.

El estaño con buena onda | José Arenas

La ciudad montevideana, en su atontamiento de paquidermo rijoso y cementado –robando algunas imágenes a Alfredo Mario Ferreiro- todavía ha dejado con cabeza algunos espacios libres de la palabra “progreso”. Con la posmodernidad chorreante a cuestas ha omitido la destrucción de algunos lugares que están llenos, llenísimos de encanto anti ciudad. Un milagro que se da gracias al descuido de la conocida piqueta.

Spasiva | Roberto Bennett

Mi primera sorpresa surgió nomás llegar, cuando el director del hotel me informó que al día siguiente él se iba de vacaciones por un mes y medio. Y que en aquel establecimiento nadie hablaba otro idioma que no fuese ruso o georgiano, debido a la proximidad geográfica con esa república caucásica.

Una letra de tango | Antonio Pippo

Las explicaciones entrecortadas, incoherentes, le resultaron molestas a Cacho Bagnasco, el oficial a cargo del operativo. Funcionario meticuloso al fin, también pícaro de barrio, quiso conocer “la prueba del delito” y le trajeron la poesía de la discordia. La leyó dificultosamente, renglón por renglón, sin comentario alguno.

Pan, todo, pan, todo | Fabián Muniz

Pan, todo, pan, todo. Más tarde uno de los evangelistas lo metaforizaría con el cuerpo de Cristo, tamaña herejía: ese flaco carpintero que, cuando mucho, se chamullaba a algunos campesinos analfabetos y los convencía de tonterías metafísicas nunca debió ensuciar la imagen incólume del pan. Mal haya, y mil veces mal haya, la institución que contaminó el pan, que le otorgó ese peso redentor que no merecía.

La noche | Antonio Pippo

Ocurría en Nochebuena, siempre. Después de las celebraciones familiares, la sidra, los pan dulces, se abría la noche que nos hacía felices. Una noche abarcadora, redonda, libre, con el cielo aguardando quizás el alma de algún amigo, allá arriba, y

El lago y sus enigmas | Maritza Vieytes

Andrés se sorprende frente a las papas azules, lo que le permite a Sybila contarles que hay más de mil cuatrocientas variedades de papa registradas en Bolivia. Son joyas familiares, el tesoro mejor cuidado de generación en generación. Algunas de ellas se guardan para consumo familiar y otras para ocasiones tan exclusivas como una boda. Desde el remoto pasado, la papa es protagonista en los usos y costumbres de los habitantes andinos a quienes ha llenado con la magia de sus colores y sabores.

El origen de los peces | Rafael Varela

Mientras Kiviok cortaba árbol tras árbol, una viruta de madera cayó al agua y nació un pez. El pez, mirando a Kiviok, se burló de él, pero Kiviok no le prestó mucha atención. Kiviok intentaba no hacer caso al pez, pero a medida que las virutas de madera caían en el agua, estas se convertían en peces y más y más peces se burlaban de él.

El origen del chocolate | Rafael Varela

Mientras Sura estaba ausente, otro dios de nombre Jabaru, conocido por su carácter tramposo, sacó las semillas de su escondite y se las comió, no dejando ninguna a los otros dos dioses, Sibu y Sura, para su trabajo de creación. Cuando Sura regresó, el muy malvado Jabaru cortó la garganta de Sura y una vez muerto, lo enterró donde antes habían estado las semillas. Contento por lo que había hecho, Jabaru se fue a su casa.

Encuentros y desencuentros: navegar es necesario | Jorge Miguel

Mi ejemplar de “El mundo es ancho y ajeno” se había perdido hacía ya algún tiempo, en el azaroso y mágico trajín de préstamos a estudiantes o colegas o quién sabe a quién ni cómo ni dónde. Caminamos sin rumbo fijo, sin otro propósito que el de caminar por allí sin rumbo fijo.

El escritor y el elefante | Joaquín DHoldan

Tratando de aclarar su mente, caminaba por los pasillos del hospital cuando escuchó un extraño llanto tras una puerta. Habló con las enfermeras que le contaron el origen del misterioso lamento. Se trataba de un enfermo que, por caridad, el hospital tenía confinado en los sótanos del edificio. Quiroga exigió conocer a ese paciente. Se trataba de Vicente Batistessa, conocido como el “hombre elefante”.

La gramática del camarón y otros textos | Laura Cesarco Eglin

Laura Cesarco Eglin es una poeta y traductora nacida en Uruguay. Es autora de dos libros de poesía, Llamar al agua por su nombre (Mouthfeel Press, 2010) y Sastrería (Yaugurú, 2011), así como de una plaquette, Tailor Shop: Threads (Finishing Line Press, 2013), con poemas de Sastrería traducidos con Teresa Williams.

Gorgonas de Pando | Mercedes Estramil

Desde el comienzo del día creo estar al borde de algo, le digo como despedida a la mujer, y me sonríe mientras saca de su delantal el celular, lo chequea y lo vuelve a guardar. Te entiendo, me despide. La peluquera entiende. Todas las peluqueras entienden de soledad telefónica y carnes abandonadas.

Una emoción | Antonio Pippo

Un historiador josefino, bohemio, noctámbulo, entrañable, fino gustador del tango y del buen whisky, había subido a su muro un video del año 1993 –casero, pero prolijo, hecho por un coterráneo- rescatando una veintena de minutos en el escenario de un señorial club, donde aparecen dos cariños, dos fuertes, apretados afectos que abrazaron mi niñez y mi adolescencia.

Café crème | Roberto Bennett

Sentada en una mesa del cafetín Le Temps des Cerises, a escasos cien metros de su hotel, ella por fin comenzó a comprender que su situación era complicada, casi desesperada. Habían pasado ya las primeras noches de llantos, ruegos y reproches, cuando su prometido Augusto Soler le había comunicado que no estaba enamorado de ella.

El café de la discordia | Mariana Sosa Azapian

Siempre que me toca contar algo de mi bisabuela, necesariamente tengo que recurrir a su comida y a su cocina. Su cocina era mi lugar preferido de la casa. Había algo que me atraía de toda su casa, un magnetismo

Gerda | Carlos Reherman

Todo vestigio de temor o de dudas había desaparecido de sus ojos. Su transformación era impresionante. ¿Qué hormonas le rearmaban el esqueleto, la llevaban a tensar el cuerpo hasta convertirlo en un grito nupcial? Todo lo que la había hecho vieja hasta entonces, la piel caída, las arrugas, la torsión de los dedos, al grosor de los brazos, desaparecía ahora, o mejor: se tornaba exactamente deseable, insoportablemente lejano del otro lado de la mesita cubierta de platos vaciados.

Historia de un gran amor | Antonio Pippo

Él la miró como si fuera la primera vez. Vestida con el chaquetón de cuero marrón y la pollera escocesa, acampanada, conservaba cierto atractivo. Claro, estaban las arrugas, las várices, el pelo teñido. ¿Y acaso para él no pasaba el tiempo? Como al descuido deslizó una mano por su abdomen. Linda barriguita. “Vicio de posición”, decía a veces. Pensó: “qué viejo de porquería…”.

Frugal | Léonie Garicoïts

Trinidad irreverente, día a día proclamas, tu unidad dividida. Trilogía consumada al consumir. En agua, apenas un breve baño y mantienes la ternura del corazón amarillo. Chisporroteando en la sartén te vistes de encaje antiguo, con delicadeza en el centro.
Al sumergirte en baño intenso, logras endurecer hasta tu esencia.

De pesca | Gabriel Sosa

Cada año pasábamos enero en la casa de la playa. Y cada mañana, y a veces de mañana y de tarde, tenía que acarrear la caña y el tarro plástico de pintura (sin pintura, claro) que componían mis arreos de pesca. Anzuelos, plomadas, carnada y demás iban en una desvencijada caja de herramientas plástica, que llevaba papá. Los días en que llovía estaba exento del servicio pesquero, pero eso no impedía largas conversaciones acerca del mar revuelto, la dirección del viento y la posible presencia de bancos de corvinas.

Una de arroz, dos de agua | Fabián Severo

Veo mi madre arrecostada en la mesada, con todo picadito, para impezar la nube de los olor. Cuando ella fritaba cebolla, parecía que la agua del lluvero istaba caindo en el suelo de la cocina. Una cebolla, medio morrón, un diente de ajo… A principio de mes, el guiso era con chuleta de oveja pero cuando la cosa se ponía ruim, mi padre traía una bolsa de carne picada congelada del Brasil.

Por favor, dame un signo | Laura Chalar

Los domingos siempre almorzamos en lo de mi abuela. A veces, mientras me apura para que termine de vestirme o envuelve la asadera con la torta en una bolsa de nylon, mamá se queja.

Meditación temprana sobre el apio | Rafael Courtoisie

La hermosura del apio, su cabellera verde al tope de ese río de juncos verticales, hace pensar que, más allá del género gramatical, se trata de una hembra taxativa. El apio es una mujer verde, vegetal, alta, delgada, múltiple, flexible pero hasta cierto punto.
Si se le exige en exceso, antes de obedecer, se parte.

Hambre | Federico Ivanier

Siguió comiendo aunque quería parar. Porque su mente se hastiaba mucho antes que su cuerpo. Solo que no era el cerebro quien mandaba en esos momentos. Era el hambre. El hambre que él odiaba tanto. Cuando terminó, se sintió renovado, vital y asqueado. Antes de darse cuenta, lloraba porque odiaba matar. Odiaba matar, aunque para comer siempre hay que matar.

Buchanan’s sin hielo | Juan Carlos Mondragón

En el principio fue la historieta gráfica de género medieval aproximativo, con monjes libidinosos tentados por la carne virginal y templarios poseídos por criaturas diabólicas, brujas de Sabat orgiástico y excomulgados fanáticos, tortura y confesiones, muertos vivientes y exorcistas erotizados, que obtuvo un éxito relativo para lo que son las actuales exigencias del medio y el mercado.

Hecho puré | Walter Bordoni

Es más, me encantaría mandar al diablo a todos los malditos médicos y sus análisis de colesterol, y manducarme un buen plato de ñoquis cada uno de los 365 días del año. Sin 29 ni ritual del billetito debajo del plato que valga.

Después de Marengo | Valentín Trujillo

El soldado abrazó a la gallina, que cloqueó asustada, intentó zafarse y revolotear moviendo las alas para formar una fugaz y agónica W de entre los brazos del hombre, que se arrodilló, se incorporó a los tumbos, tomó a la gallina por el pescuezo, se lo estiró y se lo torció, y de pronto cesó todo el ruido y el aleteo.

El postre más rico del mundo | Carlos Liscano

Si no tienen nada, por lo menos que se alimenten. Solidaridad silenciosa. De la misma comida comían los soldados que estaban de guardia en la Isla. Por un sentido extraño del humor, con frecuencia a los soldados se les olvidaba servirnos la sopa. Se servían ellos y luego devolvían la marmita casi llena a la cocina. También se les olvidaba, siempre, darnos el postre, una manzana, una naranja, un trocito de dulce de membrillo.

Gula | Alfredo Fressia

Porque amo y porque admiro yo devoro. ¿Los otros no acumulan libros, mapas, sellos, muñecos, fotos sin decoro, amuletos, santos de porcelana? No soy mero glotón que por su inri consume en alimentos toneladas ni soy el sibarita inverosímil buscando una delicia innominada.

Sopa de pollo | Ignacio Alcuri

Los panecillos lo ayudaron a quitarse el sinsabor de los labios. Otro mozo se acercó con la comida, que ya había tardado bastante. -Su sopa de pollo, nuestra especialidad. -Justamente, vine porque me la recomendaron. Muchas gracias.

Milhojas | Pablo Silva Olazábal

Ramona piensa que Doña Norma no es buena, pero ¿qué quiere decir con eso de que no es trigo limpio? No, Ramona, se lo tengo que dejar claro la próxima vez, no es bueno acusar a la gente por detrás. Tendrá sus cosas, sí, siempre fue un poco especial, algo histérica decía mamá, y bastante chusma agrego yo pero es una buena vecina, que está cuando se la precisa, que es lo que hace la gente de bien. Bueno, tá, no nos vamos a poner de acuerdo, no quiero discutir.

La nieve evidente | Álvaro Ojeda

Mi padre trabajaba en Aliverti, tienda con publicidad ripiosa, reiterativa: ¡¡¡en 18 y Pablo de María, Aliverti liquida, y cuando Aliverti liquida, hay que comprar enseguida!!!. Mi padre almorzaba en casa, mi madre manejaba el presupuesto y nos criaba, cuidaba, ayudaba: la omnipresencia matriarcal pre capitalista, no había casi madres en el mercado laboral, fuera de casa. Ganancias, pérdidas.

Castañas asadas | Pablo Ramos

Pero tuve que seguir, y es ahora mismo que escribo, tomo el segundo café, y veo venir la noche amarga y africana que ahora viste de luto completo. Pero todas estas cosas son gaviotas para otro mar y, por supuesto, carecen de importancia.

Bodegón con almendras | Claudia Amengual

Junto a la entrada, a la derecha, irían las sandías de Emilio Longoni, su compatriota. Intentó reproducir la composición en su mente: dos sandías enteras en un extremo; tres sandías por la mitad, en segundo plano; varias tajadas en primero. Sobre la mesa, el detalle de los jugos y ese brillo logrado con toques de blanco que daba a las frutas un delicioso realismo.

Ambrosía para Garibaldi | Maritza Vieytes

Para prepararlo es necesario poner a fuego lento una mezcla de leche con azúcar, al romper el hervor se incorporan, en cantidad abundante, yemas de huevo y claras batidas por separado, saborizándose con ralladura de limón. La mezcla se revuelve a fuego vivo hasta que aparece en la superficie un almíbar verde, y solo entonces el preparado se vuelca en una budinera untada con manteca y se hornea.

Cuento chino | Roberto Bennett

Me llevaron a través de la bahía a tierra firme (mi hotel y la oficina estaban ubicados en la isla de Hong Kong) y luego de caminar varias manzanas por estrechas callejuelas, llenas de gente y locales iluminados con múltiples luces de neón, llegamos a un restaurante que ellos consideraban de lo mejor que había en esa ciudad.

El show de José Fin | Leo Maslíah

Fin permaneció quieto en la parada de llegada, recostado contra ninguna pared. Sacó su paquete de cigarrillos y sacó un cigarrillo del paquete. Sacó el tabaco del cigarrillo y comprendió que no tenía herramientas como para seguir. Trató de juntar en la vereda todo el tabaco que había tirado, para volver a armar el cigarrillo, pero un viento hijo de puta no se lo permitió. Entonces fue al médico.

Crónica de la Florida | Hugo Fontana

En la mañana una bahía de Monet, una neblina gris, la silueta de dos embarcaciones, un puerto leve, sombras, agua oscura. Quedan largo rato frente a la pintura de Monet. Por la tarde, una larga playa de blanquísima arena, un agua verde, serena y fría como las puertas de un motel. Los dos orinan en aguas del Caribe.

Liverpool | Luis Fernando Iglesias

El nueve de diciembre de 1980, mi madre entró a mi dormitorio como todas las mañanas. Sin decir nada, dejó el diario junto a la bandeja con un té con leche y un pedazo de torta mármol, su especialidad. Siempre fui malcriado. Desayunar en la cama era uno de mis privilegios. Miré la primera plana: “Asesinaron al beatle John Lennon”. Tiré el diario contra la pared, aparté la bandeja y apagué la luz. Quise mezclar la noticia con algún sueño para transformar todo en irreal.

Murmullo | Carolina Bello

Un día desperté con el pelo enredado en una maraña rosada y esponjosa. Era rico mi pelo. Azucarado. Punto a favor a la hora de conquistas. Crecí en la trastienda de un puestito de algodón de azúcar. Todavía escucho la máquina. Mi madre nunca me develó el secreto, pero sus copos eran los más grandes y la competencia se había fugado lejos, por lo menos a la siguiente cuadra. Nuestro puesto tenía el privilegio de estar a un paso de la rueda gigante.