El recíproco orgullo | Miguel Barrero

Banderas de abril

En el segundo o tercer año de la carrera trajo una casete en la que algún familiar había grabado una canción titulada «Banderas de abril» que ninguno habíamos escuchado nunca antes. Empezamos a ponerla cada vez que nos movíamos en su coche o en el de Jesús, y también alguna que otra vez en su habitación del colegio mayor, en cualquiera de los aquelarres que organizábamos de vez en cuando, hubiera o no motivo. Puede decirse que, de manera espontánea, la adoptamos como himno, lo que significa que era la canción que sonaba a toda mecha, o que cantábamos a voces, cada vez que nos daba por hacer el payaso, cosa que en aquel tiempo ocurría con frecuencia. Creo que a Carlos le gustaba ese acuerdo tácito, porque al fin y al cabo la canción provenía de su tierra y el hecho de que se constituyera en banda sonora de nuestros días más felices era una manera de hacer patria en aquella Salamanca de aluvión en la que habíamos terminado haciendo piña un poco por azar y otro poco por determinación. Éramos cinco, como el repóquer o el ful de oros y bastos o los dedos de la mano, y a lo largo de los cuatro años en los que convivimos bajo el mismo techo nos comportamos muchas veces como si cada uno de nosotros fuera una parte indispensable de un mismo organismo. Emilio y él eran compañeros en las aulas de la facultad de Historia del Arte y los otros íbamos haciendo la guerra por nuestra cuenta —Jesús en Ingeniería Química, en Periodismo Roberto y yo, aunque en cursos diferentes—, pero en cuanto dejábamos atrás las obligaciones lectivas volvíamos inevitablemente a las andadas: juntos comíamos y juntos cenábamos —era raro que coincidiésemos en el desayuno—; juntos nos reíamos y nos cabreábamos, y también tocó llorar en algún que otro caso; juntos salíamos y juntos nos enclaustrábamos a estudiar, y conocíamos juntos a otra gente y a los cinco solían caernos bien o mal las mismas personas; si uno caía enfermo, estaban al tanto los demás para ir a tomarle la temperatura, o a ventilarle la habitación, o a llevarle medicamentos, y también nos preocupábamos de despertarnos a la hora debida si andábamos de exámenes y los apuntes nos habían obligado a pasar la noche en vela. Todo lo hacíamos juntos, en resumen, y si alguna vez hacíamos por separado algo enseguida íbamos a contárselo a los otros. Esa amistad que se extendía a lo largo y a lo ancho, en horizontal y vertical, quedó no extinta, pero sí suspendida, cuando nos dieron el título y se fue cada mochuelo a la busca de su olivo y dejó de ser la vida siempre una fiesta. Hicimos lo posible por mantener el vínculo y la mayoría hemos venido tropezándonos aquí y allá con el paso del tiempo —con Emilio y Jesús me veo en Madrid de vez en cuando, a Roberto lo encuentro por Gijón algún que otro verano—, pero, nunca hemos sabido bien por qué, a Carlos le perdimos la pista, o él nos la perdió a nosotros, y no nos pusimos a recomponer el roto porque la especie humana lleva incorporada a su esencia ese feo vicio que consiste en anteponer lo urgente a lo importante. Me entra en este Día de los Enamorados que es también Miércoles de Ceniza —en aquel tiempo se nos habría ocurrido un chiste a propósito de la coincidencia, porque ni la mayor tragedia se libraba de verse traducida a parodia— un mensaje en el que Emilio nos cuenta que un viejo camarada de aquellos años salmantinos le acaba de contar que se ha muerto Carlos —«Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!»— y me horroriza percatarme de que no he sabido nada de él en veinte años y sólo leyendo su esquela puedo averiguar algo de lo que fue de su vida en este tiempo tan extenso que ha pasado en medio suspiro . Veo en ella los nombres de sus padres y su hermano, a los que se refirió tantas veces en aquella época en la que fuimos inseparables, y compruebo que seguía viviendo en su pueblo, del que nos hablaba con frecuencia y donde conservaba unas raíces firmes cuyo arraigo se molestó siempre en cuidar. Descubro que seguía casado y que era papá de dos niñas, a las que supongo muy jóvenes, y pienso que me gustaría que supiesen que quienes conocimos a su padre muchos años antes de que lo fuese, cuando ellas no eran ni siquiera un sueño, lo recordamos como un tipo generoso, divertido, tierno, culto, inteligente, leal, honesto; una buena persona, por resumirlo con esas palabras manidas y torpes que a veces son las únicas que sirven. Van viniéndome recuerdos a medida que transcurre el día y ya es de noche cuando vuelve a sonar en mi memoria aquella canción que Carlos nos trajo de su pueblo una tarde muy remota, cuando aún creíamos que abril iba a ser eterno y nos dedicábamos a celebrar por todo lo alto el nacimiento de un nuevo siglo. La busco en Spotify y la escucho de nuevo y volvemos a estar todos juntos otra vez en Salamanca, riendo como bestias por aquellas calles en las que sin querer dejamos prendido algún que otro jirón del alma. «Eres un buen chico, intrépido y honrado, jamás te recuerdo colérico y ruin», dicen sus primeros versos, que entonces no nos sugerían gran cosa y que a partir de ahora, y ya para siempre, hablarán de Carlos. «Yo es que estoy muy orgulloso de ser amigo vuestro», decía cuando las circunstancias desembocaban en uno de esos trances de exaltación de la amistad. Quiero pensar que siempre tuvo claro que ese orgullo era recíproco.

Lo que dice una biblioteca

Nunca escribo en los márgenes de los libros, jamás hago subrayados y procuro no doblarlos ni malear en exceso sus páginas. Puedo llegar, como mucho, a guardar en su interior alguna faja, o algún billete de avión, en el caso de que los haya usado como marcapáginas. Me gusta que, en la medida de lo posible, se conserven impolutos —aunque sí tengo unos cuantos dedicados y firmados por sus autores, eso es otra cosa— y no sufran más mella que aquélla que pueda ir imprimiendo el transcurrir del tiempo. Ni me vanaglorio ni me condeno por ello, no le he dado importancia ni creo que la tenga, y siempre he considerado mi biblioteca como algo tan personal que rara vez me he preguntado por lo que podrá decir de mí cuando yo ya no esté. He pensado en ello mientras navegaba por las páginas de Fragmentos del mapa del tesoro, el libro que acaba de publicar Leticia Sánchez Ruiz y que constituye una pequeña y admirable rareza tanto dentro de su propia obra como en el panorama del ensayo contemporáneo, al menos del que se escribe en español. Augusto Monterroso donó su colección personal a la Universidad de Oviedo en abril de 2008, cinco años después del fallecimiento del escritor, en lo que fue una suerte de agradecimiento póstumo por el premio Príncipe de Asturias de las Letras que le habían concedido en el año 2000, pero también un homenaje velado a la memoria de Leopoldo Alas, Clarín, cuyo relato «¡Adiós, Cordera!» lo había emocionado en su niñez y lo marco luego hasta tal punto que las vacas terminaron alcanzando cierta simbología en su obra narrativa. Los libros que le pertenecieron se conservan desde entonces en la primera planta de la Biblioteca de Humanidades, en el campus de El Milán, y en la sala que los acoge pasó Leticia Sánchez Ruiz una buena temporada escudriñando anaqueles y revisando esos volúmenes que dormían el sueño de los justos. Esa exploración ha dado como resultado un libro que es difícil clasificar y muy gozoso leer, por cuanto constituye un acercamiento hipotético a las interioridades del autor guatemalteco —a sus filias y sus fobias, a sus preocupaciones y sus desintereses— mediante el escrutinio de sus lecturas, evitando la tentación de sucumbir a academicismos innecesarios y conduciendo el estudio como si de una narración se tratara. Lo que se cuenta, al fin y al cabo, no es ni más ni menos que la investigación acerca de alguien que ya no está entre nosotros pero por el que hablan no los libros que escribió, sino aquellos que leyó y en los que de una u otra manera dejó su huella. Como acaso quiso decir Borges, los libros que hemos leído nos desnudan más que cualquier cosa que podamos escribir; como suele ocurrir en estos casos, es falso que el mapa conduzca a tesoro alguno, porque el tesoro está en el propio mapa.

Una persona normal

Es la de normalidad una noción difusa, que se enmascara a veces bajo el disfraz de otros términos —lo común, lo convenido, lo previsto, lo deseable, lo correcto— y que casi siempre se termina relacionando no con lo que es ni debe ser —no hay nada que, por definición, tenga que ser de una u otra manera—, sino con lo que los demás quieren o esperan que sea, por lo general para su propio beneficio. Contaba Federico Fellini que una mañana, mientras paseaba por Roma, se encontró con una mujer que viajaba en un Cadillac conducido por un chófer. El conductor detuvo el coche a petición suya y ella bajó la ventanilla para dirigirse al cineasta: «¿Es usted Fellini?». Él la observó bien: tenía la nariz recubierta con pintura dorada y llevaba un mono en brazos. Después de que le respondiera que sí, que efectivamente era Fellini, ella preguntó: «¿Por qué en sus películas no hay una sola persona normal?»

Delicatesse.uy publica esta nota con expresa autorización de su autor. Originalmente aquí