Intolerancias intolerables | Francesc Fusté-Forné

No puede comer frutas excepto nísperos. No puede comer verduras excepto calabaza, calabacín y espinacas. No puede comer productos, como por ejemplo salsas, que lleven edulcorantes y conservantes.

Primera toma

Se sienta en un restaurante y le traen la carta. La lee con atención. Le apetecen unas gyozas de pollo. Se acerca el propietario.

– ¿Las gyozas de pollo llevan tomate? – le pregunta al propietario.
– No estoy seguro – responde.
– Es que no puedo comer tomate.
El propietario se queda pensando.
– Entonces, no se las recomiendo.
A su vez, ella se queda pensando.
– La ensalada de patata, ¿tiene tomate?
– No.
Al cabo de unos minutos llega la ensalada de patata.
– La he hecho yo, no lleva tomate – afirma.
La ensalada estaba coronada con un tomate cherry.

Segunda toma

Es un espacio gastronómico cerca del puerto. Hay un menú con pescado del día.

– ¿El pescado viene con alguna salsa? – le pregunta a la camarera.
– Sí, lleva una salsa casera – responde ella.
– ¿Qué ingredientes tiene la salsa? Porqué hay algunos alimentos que no puedo comer.
– No, todo producto natural. Es casera – le repite.
– Necesitaría saber los ingredientes para estar segura de que puedo comerla, porqué sino no me sienta bien.
– Espere un momento, voy a preguntar – dice la camarera, mientras se va a la cocina.
Al cabo de unos minutos sale de la cocina con un tarro de salsa, industrial, gigante.
– Míralo tú misma.

Tercera toma

Es la pausa para comer de una jornada de formación.

– No se preocupe, el catering ya sabe lo que puedes comer y ha preparado el menú – le comenta el camarero cuando llegan al comedor.
Al cabo de un rato, el camarero vuelve a la mesa:
– ¿Puedes contarme mejor tú lo que puedes comer y lo que no?
Ella se lo detalla.
– De acuerdo, le traerán todos los platos sin ninguna fruta y sin ninguna verdura, no se preocupe.
El entrante y el plato principal no las tienen. A la hora del postre, le sirven un plato de macedonia.

Cuarta toma

Es una panadería de pueblo. Hay bizcocho.

– ¿Lo hacéis vosotros? – le pregunta a la dependienta.
– Sí – responde.
– ¿Qué lleva?
– Lo de siempre, azúcar, leche, harina y huevos.
– ¿No lleva ningún edulcorante o conservante?
– No, ¿por qué?
– Es que hay algunos ingredientes que no puedo comer como la fructosa.
Se queda pensando. Desaparece del mostrador por unos instantes. Vuelve.
– Es mejor que no lo comas, ahora todo lleva concentrados… estas cosas, mejor que las hagas tú en casa.

Las cuatro son experiencias reales y aunque puedan parecer cómicas, no lo son. Cada vez hay más intolerancias, y alergias, y cada vez hay una mayor necesidad de ser conscientes de lo que significan cada una de ellas. Muchas veces somos nosotros mismos los que vamos descubriendo lo que podemos, o debemos, comer y lo que no, pero es necesario que desde los espacios de alimentación y restauración colaboren en la provisión de experiencias gastronómicas satisfactorias que de otro modo ponen en riesgo a los comensales. Algunos lo hacen, algunos lo aprenden, y otros no lo hacen y no lo aprenden, aunque todos deberían mostrar interés y motivación en la elaboración de productos y platos que respondan a las necesidades de los consumidores.