Diplomacia maltesa | Francesc Fusté-Forné

La diplomacia culinaria o gastrodiplomacia entiende la cocina como un elemento fundamental de la cultura de un lugar y de las relaciones entre ese lugar y el mundo. Así, la diplomacia culinaria se refiere al uso de la comida, que incluye la producción, distribución y consumo, en la construcción de la marca de una nación con el objetivo de aumentar su atracción cultural. En este sentido, los productos y las recetas son los principales impulsores del nacionalismo culinario. Por ejemplo, el arroz en Tailandia o el kimchi en Corea sirven para comunicar la cultura tailandesa y coreana al mundo. La ‘comida’ es una amalgama de prácticas a través de las cuales las comunidades no solo creamos, sino que también proyectamos nuestras identidades.

Además, la gastrodiplomacia desarrolla sinergias entre la identidad y el turismo a través de las prácticas alimentarias, que sirven para la promoción del turismo a escala local, regional y nacional. En esta dirección, el turismo debería desarrollar una narrativa basada en el sentido de lugar que reconozca lo que la profesora Wantanee Suntikul denomina los embajadores culinarios, es decir las personas, y las zonas de contacto, es decir los lugares, en la provisión de experiencias gastronómicas a los turistas. Si la comida es una importante fuente de distinción cultural y la diplomacia tiene la capacidad de crear interés en el atractivo cultural, ¿cuál es la fuente de diplomacia culinaria en una pequeña isla como Malta?

En el Mar Mediterráneo, a pocos kilómetros del sud de Sicilia y a unos 300 kilómetros del norte de la costa de África se encuentra la isla de Malta, cuya capital, La Valeta, es la más pequeña de Europa con unos 6000 habitantes. A lo largo de los milenios, la isla ha tenido influencias fenicias, romanas, bizantinos y normandas, y más recientemente francesas y principalmente británicas, convirtiéndose Malta en un país independiente del Reino Unido en el año 1964. Esta amalgama de influencias culturales a lo largo de la historia son también fuente de la identidad de la cultura culinaria actual del estado maltés. Así, la cocina maltesa es una muestra de cocina mediterránea donde el papel de Sicilia e Italia, y las influencias árabes, ofrecen una mezcla única. Entre la agricultura y la pesca como motores para el desarrollo regional y sostenible del turismo gastronómico, que también originan dos de los platos nacionales, Malta también posee dos variedades de uva autóctonas, Gellewza y Ghirgentina, que constituyen a su vez una fuente de diplomacia enológica.

Estas características culturales y naturales de la isla se manifiestan en la mesa de diversas formas. Aunque son muchos los ejemplos que sirven como base para la diplomacia maltesa, un plato nacional de Malta es el lampuki pie, un pastel de pescado que tiene el lampuki, el pez dorado o mahi-mahi, como base de la receta que también incluye otros ingredientes de la dieta mediterránea como aceitunas o tomates, fusionando algunas de las raíces culturales que han moldeado la cocina maltesa. Es también un plato nacional el Stuffat tal-Fenek, un estofado de conejo con patatas, guisantes y zanahorias, y adornado con hierbas aromáticas. No faltan en la mesa maltesa la aljotta, que es una sopa de pescado, y la kapunata, un guiso de verduras que es la versión maltesa de ratatouille.

El queso local, Ġbejna, es un queso elaborado a partir de leche de oveja y que se puede encontrar frito como entrante en las cartas de algunos restaurantes. Otro queso habitual en la cocina maltesa es el queso ricota, que se utiliza como relleno de unas empanadillas, de nombre pastizzi o qassassat, que difieren en la forma y la masa pero que comparten rellenos de queso ricota o espinacas. Entre los dulces está el kannoli de inspiración siciliana y qaghaq tal-ghasel, traducido como ‘anillos de miel’, que son unos anillos de masa dulce rellenos de una mezcla de ingredientes que incluye especias y piel de naranja. Estos son también un dulce típico de Navidad. Los hojaldres fritos rellenos de dátiles, denominados maqrut, en plural imqaret, son también un postre tradicional de la repostería de Malta.

La comida está estrechamente ligada a la identidad, tanto como un elemento que la alimenta, como una forma de expresión de la misma. En este sentido, la comunicación de la identidad alimenta, mediante la diplomacia maltesa, a su vez la atracción turística que crea esta pequeña isla en el Mar Mediterráneo. A través de sus productos, como el lampuki o el conejo, y de sus recetas, podemos observar una coexistencia de prácticas de producción, distribución y consumo que evocan la comida desde una perspectiva tradicional, plural e histórica, y que la ubican en un contexto contemporáneo que a su vez es también plural, y que entiende la gastronomía a partir de las raíces culturales y naturales que la inspiran.