En México como insectos sin prurito alguno | Alfredo Fressia

Alfredo Fressia (Montevideo, 1948) es poeta, ensayista, profesor y traductor. Formado como profesor de literatura y de francés, dictó clases en Montevideo hasta 1976, año en que fue destituido por la dictadura. Se instaló en San Pablo, Brasil, donde continúa dedicado a la poesía y a la enseñanza. Ejerció el periodismo cultural en varios medios de Uruguay (el Cultural de El País), Brasil (Folha de São Paulo) y México (La Jornada Semanal). Fue editor de la revista mexicana de poesía La Otra, en su edición en papel, desde 2008 hasta 2013. El 24 de octubre de 2018 la Junta Departamental de Montevideo le otorga el título de «Ciudadano ilustre» de su ciudad natal y el 1 de diciembre del mismo año recibe el Premio Morosoli por su trayectoria en la categoría Poesía.

Un sabor de la infancia
El de la marcela, descubierto seguramente en un té. En aquellos años oíamos en la radio –Carve o El Espectador, -me acuerdo- a Amalia de la Vega. Los niños crean o descubren sinestesias, y la mía era entre el sabor de la marcela y la voz de Amalia de la Vega. Hasta hoy debe parecer rarísimo, pero a aquel niño de los primeros años ’50 le parecía lo más normal…

Una manía confesable
Con los años fueron desapareciendo muchas manías. Una que nunca me abandonó fue la del orden y la simetría. No puedo escribir si la mesa está desordenada. No me importa el grado de limpieza, pero el orden y la simetría son indispensables. De joven, sentado en el ómnibus, contaba sistemáticamente los árboles de la calle San Martín.

Un amuleto
Tuve algunos, ya no tengo más. Pero sigo devoto de un Santo que me ayudó siempre, y me sigue ayudando. Secreto.

El último libro que leí
Justo ayer leí “El rumbo de las islas perdidas”, el poemario de Raúl González Tuñón. Fue una relectura en realidad. Es un poeta que trabaja bien las imágenes, pero no los ritmos. Como personaje, Tuñón despierta una adhesión inmediata, pero no logro admirar totalmente su poesía.

Una película que me marcó
Tantas… Serguei Eisenstein, las del “realismo poético” francés, después las de Visconti, el mismo cine yanqui creó una mitología que fue definitiva para todos nosotros. Pero bueno, una película a la que he vuelto siempre, de la que he leído mucho (empezando por su guión, que tengo acá en casa) es “El año pasado en Marienbad”. Y por lo visto las casualidades no existen: en el 82, en Chekoslovaquia, tuve que conocer la vieja Marienbad. Y a Giogio Albertazzi lo reencontramos, Juan Introini y yo, haciendo “Antonio y Cleopatra” de Shakespeare en un teatro de Florencia. Fue en enero de 1977, y habíamos ido al teatro sin saber quiénes eran los actores.

Algo que evito
Los clichés en poesía y los túneles.

Si pudiera volver a empezar sería
Poeta y docente, otra vez, pero agregaría la música.

Un lugar para vivir
Cualquier ciudad pequeña frente al mar y con las cuatro estaciones bien definidas. Podría ser cerca de Maldonado. O, si podemos soñar, en Italia, la costa toscana, o en Francia que ha sido un epicentro en mi vida. Tengo entrañables recuerdos de juventud con mi amigo Jean-Francis en Honfleur, Trouville, Cabourg… Pero cerca de Maldonado es una muy buena opción.

Un lugar para volver
Montevideo, siempre.

Una materia pendiente
Estudiar música, sobre todo teoría musical.

Un acontecimiento que cambió mi vida
La emigración, por supuesto. Tener que dejar el país natal, dar por liquidados tantos proyectos y tantas ilusiones. Fue horrible, y pasé mi vida desaconsejándole a la gente la idea de irse (cuando era posible, claro). Y las condiciones en que me fui, sin saber siquiera exactamente adónde iría… Es sencillamente una herida que nunca se cierra.

El escritor definitivo
No existen escritores definitivos porque nada es definitivo en este mundo. Existen tal vez, de Virgilio a Proust, los que uno no puede no amar, eso sí, los que uno llevaría a la isla desierta. Pero ni siquiera Cervantes es definitivo. Felizmente es así, siempre podremos encontrar en la obra de esos genios el poema mal acabado, la página imperfecta, el verso desgarbado. Un arte perfecto sería el “definitivo”. Pero uno ama la obra perfectible, la que muestra el temblor en la pincelada, la vacilación en un verso. Al menos en mi caso lo que busco es el palpitar de un alma, la respiración del ser humano que construyó la obra. Ocurre como con un libro que no tuviera erratas. No existe, y si existiera no contendría la impronta humana y creo que hasta traería mala suerte.

Algo que jamás usaría
Si hablamos de palabras, reivindico la libertad de usar las que me canten (o las que canten en el poema). En cuanto a ropas, no me interesan demasiado, las uso hasta gastarlas, usaría cualquiera.

La última vez que pensé “tierra, trágame”
La vez que me llevaron, en Estambul, a una lectura, imaginé algo banal, una sala como tantas, los organizadores parecían excitados, no entendía lo que me decían en un inglés más irreconocible que el mío. Me vi de repente en los bastidores de un teatro inmenso, con platea y galerías, todo colmado por un público joven y bullicioso. “No me dejarán ni empezar”, pensaba. El escenario también era gigantesco para mí, pensé que no sabría enfrentarme a un teatro más grande que el Solís. Entré en escena gritando “Mashallah!”, me agarré de mi “Mashallah” y bueno, la atención de aquellos jóvenes me calmó, me entusiasmó y al fin todo salió bien. Detalle obvio: el teatro no estaba lleno por mí, claro… sino por el grupo musical, por lo visto muy popular entre los jóvenes, que se presentaba a continuación…

El lugar más feo del mundo
En general son los no lugares, suelen ser sitios de pasaje. Ocurre mucho en las fronteras. Ver aquellas vallas entre Ciudad Juárez, México, y El Paso, EEUU, aquel río Grande que casi no es río, usan el agua sin prudencia en Texas y llega anémico a la línea divisoria, ver esa tierra de nadie y vigilada desde garitas y patrullas es deprimente, y es horrible. También ocurre en los aeropuertos, que son metonimias de la frontera, incluso los que serían hermosos si no fueran aeropuertos, como el de Marrakech o el de Montevideo. De los enormes ni hablemos, son hostiles, me pierdo siempre en Roissy y en Orly, nunca sé en qué piso estoy, cómo debo seguir, ni por qué… También son feas las salidas de las grandes ciudades, donde los viaductos terminan en alambrados desolados. Pero hay que elegir un solo lugar. Pues entonces te nombro las calles de Villazón, en Bolivia, contra la frontera de la Quiaca, Argentina. Era horrendo, al menos cuando anduve por esas calles, hace casi 50 años.

Una rutina placentera
Despertarme antes de las 5 de la mañana y tomar café puro para observar mejor las volutas del pensamiento. A veces acaban en poema.

Me aburre
La mala poesía. Me cansa, empiezo a saltear versos, no logro terminar. A veces incluso son poemas correctamente construidos, pero no le dan espacio al lector. El poema solo “termina” a cada lectura, y hay que entender que cada lectura es una construcción. La lectura interroga al poema y lo completa. Los poemas aburridos son los que ya vienen explicados, obra de poetas locuaces que imaginan que es preciso allanarle el camino al lector. Cuando uno lee, quiere una parte de enigma, un espacio para la inteligencia. El poema debería ser una partitura y la ejecución está en nuestras manos cuando leemos. Si el poema no nos pide nada, nos aburrimos, claro.

Una extravagancia gastronómica que frecuento
Son pocas. Tomo con frecuencia latas enteras de leche condensado, sin piedad. En México como insectos (y no sólo los chapulines) sin prurito alguno. En cambio, desde la infancia me niego a la carne de ave, me provoca un rechazo, físico, profundo, estomacal.

Una canción que aún me conmueve
Varias. Y en ellas uno descubre cómo somos fechados, marcados por nuestra generación. Yo oía a Raimundo Soto en la radio –hablo de los 60, quizás antes-, él era “discjockey” de música norteamericana (Paul Anka, etc) y hasta hoy me emociono cuando de pronto oigo en esas radios nostalgia que hay en la Web un “Red roses for a blue lady”, o las Chordettes. Y agrego a Charles Trenet, que oía entonces, “Que reste-t-il de nos amours”… También los tangos de Radio Artigas y los boleros que pasaban en radio Universal (sin Youtube la radio era prácticamente nuestra única ventana al mundo musical). Canturreo con frecuencia “Mi último fracaso” de Pedro Infante. Pero sé que la gracia del cuestionario es elegir una única canción. Pues bien, elijo “Hotel Victoria”, en la versión de Canaro, sin letra, llego a lagrimear oyéndolo.

Un restaurante que nunca falla
Aquí en San Pablo hay un fenómeno muy interesante, sobre todo en las regiones centrales, el “centro expandido” dicen acá. Son los boliches, muchas veces destinados al almuerzo de los que trabajan en el barrio, es decir, de precios populares, y que son temáticos conforme al origen de sus dueños. Hay muchísimos boliches de comida peruana, bahiana, “mineira”, libanesa, griega, etc, es decir, casi toda la gama de los movimientos migratorios que la ciudad vive desde siempre. Hasta los mozos son peruanos, argentinos, sirios, mexicanos, etc. Ahora bien, el “restaurante que nunca falla” es la cocina de mi casa. Mis ensaladas, mis sardinas frescas al limón, y mis sopas, soy el hombre de las sopas, incluso en pleno verano. Soy un cocinero bastante bueno.

Algo que cambiaría si pudiera
En el mundo, cambiaría tanta cosa que mejor ni te cuento… En mí mismo, y aunque la edad no ayude, querría ser más bueno, más paciente, más generoso. En cambio, en mi pasado no cambiaría básicamente nada de lo que hice, hablo incluso de cómo viví algunos sufrimientos por los que tuve que pasar. “Todo buena cosecha”, decía el maestro Darío.

El valor humano que más admiro
El talento. La gente que tiene talento. Para lo que sea. Incluso los que tienen un único talento. Admiro a esa gente, con esa inteligencia, ese saber que, por inexplicable, resulta como innato (y quizás lo sea). Talento para dibujar, para reflexionar sobre el idioma, para aprender lenguas nuevas, para las matemáticas, o para las llamadas manualidades, para cantar, tanta cosa… ¡Hasta para el amor! Es un saber que tal vez traigamos de otras vidas. Y me entristece sospechar que hay gente sin talento alguno… Creo que he conocido pocos, y puede ser una mera impresión mía. Lo que sí me da ira es que haya gente con talento que nunca pudo cultivarlo por estar inmersa en condiciones socioculturales paupérrimas. Es una tragedia individual y un fracaso social.

Una última palabra
Mañana.