Salvaje oeste | Joaquín DHoldan

La pistola me apuntaba. Intuía, en la oscuridad, el círculo negro que anunciaba la bala, la muerte. Era la primera vez que veía un arma. Nunca tan cerca, mucho menos apuntándome. Sostenía mi mochila contra el pecho, no defendiendo mi posesión, sino como un escudo que me protegía el corazón. Estoy a punto de preguntar: ¿En caso de dispararme sería en el cuerpo o en la cabeza?