La muerte de la bacana (*) | Antonio Pippo

González era bajo, esquelético, sucio sin perdón. Tendría alrededor de sesenta y pico de años, caminaba renqueando de la pierna izquierda y usaba, teñido, uno de esos bigotes finitos, ridículos. Se presentó como el administrador de la pensión y su verborragia, al principio, desacomodó a Javier. Sin embargo, hubo algo que despertó su interés, que lo empujó a seguirle la corriente, a motivar aquel discurso con seguridad tantísimas veces repetido.