Un oriental en el desierto (4) | Joaquín DHoldan

Un escorpión cruzaba el colegio. En el medio del patio, la bandera esperaba a los alumnos. Una escuela metida en la arena. El sirocco, viento visible como pocos, intentaba tapar al arácnido que venía, de forma incansable, hacia mí. Cada vez lo veía más grande, y más negro. De la nada apareció una niña. Agarró al bicho y lo tiró al otro lado del muro. “Los que pican son chicos y rojos, estos son buenos”. Eso dijo, “son buenos”. Luego de unos días una empieza a mirar, por eso para viajar, el secreto es saber quedarse. Se pueden ver las casas de adobe y barro rotas por la lluvia aquella que apareció de la nada. Se empieza a descubrir una fauna propia del desierto, como un pequeño ratón que salta en dos patas (onda canguro minúsculo) o una especie de zorro llamado Fénec, pequeño y con orejas enormes, además de las cabras (comer basura hace que sean el ganado preferido de las familias saharuis) y por supuesto los camellos. Me invitaron a un par de asados, no quise preguntar mucho pero uno era de cabra (al mejor estilo año nuevo uruguayo) y el otro era una comida de lujo, asado de camello, un lujo duro, pero lujo al fin.

Todos los adultos que poseen títulos los obtuvieron en Cuba (que tiene un convenio con los campamentos de refugiados), por lo que hablan, además de “hasanía” (el idioma saharui), árabe y francés, algo de inglés y un perfecto español. Es curioso ver a un beduino acercarse y con acento cubano decir “Oye chico ¿pa donde vas tú?”. Caribe y desierto, un mezcla imposible.

En verano los niños son evacuados de los campamentos, los 50 grados hace aún el desierto más inhóspito. Por eso se creó un programa llamado “vacaciones en paz”, y desde los 6 a los 14 años, los niños y niñas saharauis pasan julio y agosto repartidos por España. Por eso muchos hablan con acento andaluz, una de las regiones más solidarias con este pueblo.

Se genera también una nueva injusticia. Estos niños y niñas saben, porque lo viven dos meses al año, que existe un mundo con piscinas y duchas calientes. Un mundo que a los 14 años (linda edad para recibir una decepción semejante) les decimos que no les pertenece, que ellos están allí esperando que se resuelva el conflicto, desde hace 40 años. Eso hace más milagroso aún, el carácter positivo y alegre de los saharauis. Un día, luego de una jornada de trabajo me fui a lavar las manos, miraba el bidón pensando como lo haría, hasta que vino mi amigo Tiba, levantó el bidón y mientras yo me lavaba me dijo “Aquí nos necesitamos para todo, ni lavarte solo es posible”. “No deberías fumar tanto”, le dije mientras se armaba un nuevo cigarro, “Los presos fuman”, me dijo. Y antes de que le preguntara algo más agregó “no ves los barrotes porque nuestra cárcel es de arena”. Tiene razón, que otra cosa es un preso sino alguien que no puede salir y volver a su casa aunque lo desee. Mi amigo Tiba es un guerrero, por eso llama la atención que sus principales actividades sean el armado de un festival de cine. Todos los años en los campamentos se monta el “FiSahara”, un festival de cine en medio del desierto. Han venido Penélope Cruz, Javier Bardem, Viggo Mortensen, y muchas otras celebridades que se han sensibilizado con esta injusticia. Ver películas al aire libre, en una pantalla gigante en medio de la noche, es mágico y tiene algo de nuestro carnaval. En el improvisado “cine”, hay algo de tablado, “botijas” corriendo para aquí y allá, familias reunidas y nosotros. El arte es comunión, bien lo saben en el desierto.

Después de cada función, un grupo de amigos nos íbamos a tomar té a las dunas. La bombilla de mi mate seguía con su colapso de arena, pero logré habituarme al nuevo ritual quizás entretenido con las historias. Cuando lo único que hay para hacer es hablar se recupera algo que estamos perdiendo. Mirarse y contarse cosas, reales o imaginarias. Los saharauis, expertos en tradición oral, son especialistas en historias de terror. Fantasmas, espíritus errantes, encuentros con el diablo. El sirocco me tocaba los hombros cada dos minutos y terminé escuchando ruidos inexplicables que venían de algún lado sólo para hacerme saltar. Cuando nos quedábamos en silencio, pensando, la pequeña hoguera que calentaba el agua parecía sonreír.

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