Por favor, dame un signo | Laura Chalar

Mi abuela tiene sueños premonitorios. Y otros que no son sobre el futuro sino sobre el presente, pero un presente que los demás no vemos. Algunos de esos sueños, cuando me los cuenta en la cocina de su casa los domingos, me ponen la piel de gallina. Esos son mis preferidos.

–Abuela, contame la vez que soñaste con la estatua de la Virgen.

Mi abuela cierra los ojos y sonríe. Tiene las manos hundidas en el agua de la pileta llena de platos. La piel de sus antebrazos está cubierta de burbujas.

–A tu abuelo lo habían operado del corazón. Esa noche soñé que yo estaba en un sótano oscuro, donde la única luz venía de una estatua de la Virgen María. La Virgen tenía un vestido blanco y un manto azul sobre los hombros. La estatua iluminaba todo. Yo me acercaba y veía que estaba llorando. Había lágrimas sobre los cachetes de porcelana. Las lágrimas no estaban quietas, como pintadas, sino cayendo, igual que cuando una persona normal llora. Entonces me ponía a llorar yo también, porque pensaba que eso quería decir que tu abuelo se iba a morir. Hasta que me daba cuenta de que lo que lloraba la Virgen eran lágrimas de alegría.

–¿Cómo te dabas cuenta?– pregunto, aunque ya conozco la respuesta, porque es igual a la de todos los domingos.

–No sé. Me daba cuenta. Era como una certeza, una tranquilidad interior.

Los domingos siempre almorzamos en lo de mi abuela. A veces, mientras me apura para que termine de vestirme o envuelve la asadera con la torta en una bolsa de nylon, mamá se queja.

–No puede ser, Juan Carlos. Alguna vez tendríamos que tener un domingo para nosotros, en familia.

–Perfecto. O sea que para vos mi madre no es familia– dice papá. Siempre las mismas palabras.

Y mamá se muerde los labios, mira para otro lado, como pensando qué contestar. Aunque siempre contesta lo mismo.

–Le llena la cabeza a la nena con esas cosas– dice por fin.

Papá resopla mientras busca la llave del auto o se pone el saco o hace lo que sea que haya que hacer para poder arrancar. Los resoplidos son su forma de poner fin a una discusión que tanto él como mamá saben que no va a ningún lado.

La abuela nos ve llegar por la ventana de la cocina y sale a esperarnos. Cuando me inclino para saludarla, siento su olor a talco “Menina”, una marca que no se fabrica hace años. No sé cómo puede seguir usándolo. Tal vez lo economice mucho, o tal vez su cuerpo haya incorporado ese olor, el del talco que usó durante décadas, y ya no sea más el olor del “Menina” sino el de la abuela.

Mis saludos, a veces, son torpes. La abuela se acomoda el mechón de pelo que acabo de aflojarle, sujetándolo firmemente con una horquilla. Sonríe y me toma la mano. –Vamos, entren que hace frío– dice, y nos precede, llevándome.

En la casa, pequeña e incómoda, las luces están encendidas a toda hora, porque las ventanas son mezquinas. Nos movemos con incomodidad entre los muebles de madera oscura que la abuela se trajo de la otra casa, la grande, que tuvo que vender cuando se quedó viuda. No quiso deshacerse de nada. Esos muebles eran su historia, dijo, y la del abuelo Atilio también. El resultado es que cuesta sentarse a la mesa, deslizarse entre su borde tallado y el respaldo, también tallado, de la silla. Mi lugar es contra la pared, y por eso aguanto las ganas de ir al baño cuando me vienen: no quiero hacer levantar a papá, sentado al lado mío, concentrado en los ravioles con tuco.

Después de la torta, que alaba siempre con entusiasmo –como si no fuera la misma torta, la misma receta, semana tras semana–, la abuela prende un cigarrillo. El abuelo Atilio no la dejaba fumar; después de su muerte, se convirtió en fumadora empedernida. Ese cigarrillo posterior al almuerzo y previo a los platos es uno de sus grandes placeres.

–El tabaco no le hace bien, Elma– dice mamá.

La abuela la ignora, sigue dando pitadas suaves y largando el humo hacia un costado. –¿Cómo va el trabajo, Vivián?– pregunta al rato.

–Yo qué sé. Igual que siempre– contesta mamá, pensando sin duda en su jefe, un tipo gordo y malhumorado que siempre le aumenta el sueldo a sus novias y nunca a ella.

–Atilio nunca me dejó trabajar– dice la abuela–. Yo tenía toda la intención, después– agrega, y entiendo que “después” significa luego de la muerte del abuelo.

–Pero, Elma, si ya tenía más de setenta años.

–Por eso– la abuela lanza una nubecita redonda y se ríe–. Muy tarde para trabajar, pero no para fumar. Algo es algo.

El lavado de platos es un ritual mío y de la abuela. Mamá amaga un ofrecimiento, pero es más una formalidad que otra cosa: ya sabe que preferimos hacerlo solas. Al final, ella y papá salen a la terracita angosta, manchada por el hollín de los ómnibus, desde donde nos llegan cada tanto sus voces enojadas o –la mayoría de las veces– un silencio absoluto.

En la cocina oscura, la abuela ataca los platos y yo, de pie a su lado con un repasador, voy secando cada pieza que me pasa.

–Contame el sueño de las tumbas, abuela.

Ese es el sueño que menos le gusta contar. No tendría que habérmelo mencionado nunca, dice. Pero lo hizo, una vez –una vez que había tomado, vaya a saber por qué, tres copas de vino en vez de las dos habituales–, y lo que ha sido contado ya no puede ser descontado.

La expresión de la abuela se vuelve sombría, no soñadora y luminosa como cuando habla de la estatua de la Virgen.

–En el sueño, yo estaba en un jardín muy verde, lleno de árboles, e iba por un caminito. De repente empiezo a ver tumbas al borde del camino. Y en cada una de las lápidas estaba grabado el nombre de una persona de la familia.

Siento cómo se me eriza la piel del cuello. Aprieto con más fuerza el plato que estoy sujetando con el repasador.

–Todas las personas cuyos nombres veía eran parientes que ya se habían muerto. Algunos hacía mucho y otros hacía poco. Los nombres estaban en el mismo orden en el que se habían muerto.

Yo ya sé lo que viene ahora. Plato en mano, contengo la respiración.

–Menos la última lápida– sigue la abuela–. El último nombre era el de un pariente que todavía no se había muerto.

El cuento ha terminado. Ella se vuelve hacia mí, ya con sus ojos de siempre y no con la mirada oscura que tiene cuando lo cuenta.

–Y basta de charla por hoy.

Sé que es inútil preguntarle, ya no sólo quién es el pariente sino también si murió después, tal como la lápida indicaba, o si todavía sigue vivo, ignorando tal vez que es el próximo, que está marcado por el sueño inexorable de la abuela.

Ensayo, de todos modos, una nueva pregunta, o una vieja pregunta disfrazada de nueva: –¿Hablaste con esa persona? ¿Le dijiste lo que habías soñado?

La abuela me pasa una espumadera negra. –No tendría que haberte contado nada de esto– responde.

En el recreo, entre Matemáticas e Historia, le cuento uno de los sueños a Micaela. Micaela usa una pollera demasiado corta –la adscripta primero, y la directora después, ya le han llamado varias veces la atención sobre el tema, pero ella no hace caso– y anillos en todos los dedos. Se pinta los labios y tiene un novio de treinta años que trabaja en un cambio. Ella asegura que el novio es casado y con hijos, pero yo no sé si creerle.

Micaela cree en “esas cosas”. En el cuarto tiene un pequeño altar con un ángel de yeso que robó del pesebre del colegio el día de la fiesta de fin de año. El ángel está rodeado de velas rojas, medio consumidas, con pedidos grabados en la cera. Casi todos los pedidos tienen que ver con el novio, pero a veces pide también subir las bajas, o no llevarse materias a febrero. A veces funciona y a veces no. Micaela fue a la playa el día de Iemanjá, y va a una mujer que tira las cartas. Varias veces me ha pedido que la acompañe a lo de la mujer, porque el barrio está salado, pero yo le digo que no quiero ir, que no me animo. Me imagino a la mujer en sombras, rodeada de estatuas malignas, no como la de la Virgen María sino con garras y bocas feroces, y a ella con la mirada fija en los dibujos extraños, muy distintos a los de la baraja gastada que usamos en casa para jugar al rummy. Yo no tengo novio ni nadie que me guste, y tampoco tengo bajas. ¿Para qué querría ir?

Ahora Micaela está sentada en un escalón de la escalera que lleva al laboratorio de Ciencias, con las piernas demasiado abiertas (todos los varones que suben se quedan mirando, tropiezan a veces) y comiendo una barrita de chocolate mientras me observa, azorada.

–Nunca me habías contado eso de tu abuela– dice.

–Hay más– contesto yo, envalentonada, contenta de ser, por primera vez, el centro de la atención, de tener una historia capaz de medirse con la noche de Iemanjá y con el novio casado que le pide que le haga cosas–. Cuando mi abuelo se murió, mi abuela estaba preocupada de que no fuera a ir al Cielo, porque él había sido pícaro.

Micaela me mira sin comprender. –Pero ser pícaro no es algo tan malo– dice–. No es algo como para no ir al Cielo.

Frunzo las cejas. Es verdad. “Pícaro” es la palabra que utiliza la abuela cuando relata esa historia. Yo nunca me había preguntado por qué ser pícaro era tan malo. Pícaros son los niños chicos que hacen travesuras, o los varones de la clase que aflojan los tornillos de la silla del profesor para que se caiga de culo al piso. Tampoco es como para merecer el Infierno. Aunque –y de golpe comprendo la cuestión– tal vez sea como para una estadía más o menos larga en el Purgatorio, si la persona sigue haciendo picardías cuando ya es grande y tiene edad para saber que no están bien.

–No, para no ir al Cielo no. Pero sí para quedar en el Purgatorio, capaz que bastante tiempo si había hecho muchas picardías. Ella tenía miedo de que mi abuelo demorara en llegar al Cielo. Entonces, una noche que estaba muy angustiada, le rezó a la Virgen: “María, por favor, yo quiero enterarme cuando Atilio entre en el Cielo. Por favor, dame un signo, porque necesito saber”. Y un par de semanas después estaba durmiendo y soñó con una luz blanca, muy brillante, una luz que le daba como paz, y en medio de esa luz estaba la cara de mi abuelo, sonriente. Y así supo que mi abuelo estaba por fin en el Cielo.

–¿Pero él no le dijo nada?

–No hacía falta decir nada. Con la sonrisa bastaba. El abuelo había salido del Purgatorio y entrado al Cielo. La Virgen cumplió el deseo de mi abuela y le mandó un signo.

A partir de ese día, Micaela me pesetea a diario con que quiere conocer a mi abuela. Yo no estoy segura de que sea una buena idea. No me imagino a Micaela, con sus muslos tostados y el soutien rojo que se transparenta bajo la camisa del uniforme, entre el pesado mobiliario de la casa. Sus uñas postizas doradas y el talco “Menina” pertenecen a dos universos diferentes, opuestos casi. No sé qué pensará mi abuela de que yo tenga una mejor amiga como Micaela.

Una mañana, cuando me quedo sin excusas creíbles para dar, llamo a mi abuela desde el colegio y le digo que al mediodía, después de clase, voy a ir a visitarla con una amiga. Hay un silencio, como si se hubiera cortado la comunicación. Me doy cuenta de que ella está sorprendida. Es lógico. Salvo en los cumpleaños y Navidad, no recuerdo haberla visto una sola vez en un día que no fuera domingo.

–¿Sabés cómo llegar hasta acá desde el colegio?– pregunta finalmente, y me explica qué ómnibus tomar y dónde bajarme.

Micaela habla sin parar durante todo el trayecto. Tiene las piernas cruzadas y el guarda no le saca los ojos de encima. Cuando nos bajamos, la agarro del brazo y le advierto: –Prohibido decirle que te conté lo de los sueños.

Mi abuela está diferente, y demoro un instante en comprender que, por primera vez en mi vida, la veo vestida con algo distinto del vestidito negro de crêpe que usa tanto para Navidad como para mi cumpleaños en junio como para todos los domingos del año, invierno o verano. Caigo en la cuenta de que ese vestido debe ser su atuendo de las grandes ocasiones. Hoy lleva un pantalón a cuadros y una blusa blanca. Parece otra persona.

El menú, sin embargo, no ha variado. Ravioles con tuco. Micaela, como yo había previsto, desentona en el living abarrotado y oscuro. Su esfuerzo por mostrarse educada es evidente: come despacio, se toca apenas los labios con la servilleta. Pero sigue siendo irremediablemente extranjera, demasiado colorida e intensa, como un papagayo en un confesionario.

Cuando terminamos de comer, la abuela dice: –Lo lamento, chicas, pero no hay postre. No tuve tiempo de ir a comprar nada.

Me siento avergonzada: tendría que haber traído algo. Ella se da cuenta y agrega: –Pero, si les gusta, creo que me queda algo de fruta.

Micaela pela su manzana con gran concentración, como si estuviera cumpliendo una tarea delicada. Cuando alza la cara hacia mi abuela, los ojos le brillan.

–Elma, me gustaría contarle algo– susurra.

Mi abuela alza las cejas en un gesto de curiosidad. Hace un ademán que quiere decir “sí, claro”, o “adelante”. Esto es suficiente para Micaela, que arremete con su historia, el novio de treinta años que trabaja en un cambio y tiene esposa y dos hijos que promete que va a dejar, pero no lo hace, y mientras tanto Micaela sólo puede verlo en horas robadas, en hotelitos deprimentes donde hacen las cosas que a él le gustan, y no es que a ella no le gusten, ojo, pero cada tanto le gustaría también ir con él a bailar, o a tomar un helado, o incluso presentárselo a sus amigas.

Yo miro mis manos apoyadas sobre la madera negra de la mesa. El corazón me late desesperado. No me atrevo a moverme. Por fin Micaela hace una pausa, como para ordenar sus ideas, y remata: –Y lo que quería saber, entonces, era si usted podía ver algo. Si está enamorado de mí o no. Si va a dejar a la mujer. Esas cosas. Qué puede decirme del futuro, de mi futuro con él, o si ve algún signo.

Levanto la vista. Mi abuela está inmóvil, más pálida de lo que jamás la he visto. Su boca es una línea horizontal, casi invisible de tan delgada. La nariz se le ha vuelto filosa como un cuchillo.

–El único signo que veo– dice, con una voz que sale de sus labios apretados como una fuga de aire– es el de tu pésima educación y falta de valores. Una chica de quince años no tiene nada que hacer con un hombre de treinta, mucho menos si al hacerlo destruye una familia. Futuro con él no tenés, y sin él probablemente tampoco. No hace falta ser adivina para verlo.

Al domingo siguiente, me tapo la cabeza con la sábana y me quejo de un insoportable dolor de cabeza. El termómetro desmiente la fiebre, y mi padre insiste en que tengo que ir.

–Dejémosla descansar, Juan Carlos. Se siente mal– insiste mi madre.

Pero mi padre es un hombre de rituales, y el almuerzo dominical es uno de ellos. No tengo fiebre. El dolor de cabeza se arregla con aspirina. Vamos, que ya son las doce. Las llaves del auto tintinean, ominosas.

Mi abuela sale a la puerta a recibirnos, como siempre, pero no me mira ni me da la mano para hacerme entrar. Los ravioles parecen de goma, se me atascan en la garganta, y tengo que contenerme para no llorar. Apretada contra la pared, quisiera salir corriendo. Bajo la mesa mi pierna se mueve sola, agitada por un tic incontenible.

Cuando mi madre se ofrece, por fórmula, a lavar los platos, mi abuela hace un gesto de asentimiento.

–Sí, por favor– dice, aplastando la colilla en el cenicero y levantándose–, sí, Vivián, me vendría muy bien que me ayudaras.

 

Laura Chalar (Montevideo,1976), es abogada, crítica literaria, traductora y escritora. En 2005 publicó Por así decirlo (poesía) con la editorial Artefato y en 2007 su colección de cuentos El discreto encanto de la abogacía. En 2009 publicó El vuelo del Pterodáctilo (Fin de siglo) Es co-editora de la revista literaria Versal, editada en Amsterdam Ha traducido al inglés a varios poetas uruguayos, entre ellos Líber Falco. Cedió este cuento especialmente para Delicatessen.uy

Ilustración: http://printonic.ru/raskraski/obshchestvo/zdaniya/

Foto de la autora: Facebook de la autora